
En el contexto de la Guerra Fría, cuyos protagonistas fueron Estados Unidos y la Unión Soviética, en 1952 el Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica (NACA), precursor de la NASA, se dio a la tarea de estudiar algo que parecía ciencia ficción: buscar una aeronave que fuera capaz de realizar vuelos entre 19 y 80 kilómetros de altitud y que fuera capaz de desarrollar velocidades entre Mach 4 y Mach 10; de ahí surgió la idea de crear el X-15.
En aquellos tiempos, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y la Marina buscaban cómo explorar los límites de la atmósfera y probar las tecnologías pensadas teniendo en cuenta futuros viajes espaciales. Lo que faltaba era involucrar a las empresas que se encargaran del proyecto para firmar un contrato; en 1954 se firmó un acuerdo para construir un prototipo experimental. Las empresas que concursaron fueron Bell, Douglas, North American Aviation y Republic. Finalmente, quien se llevó el contrato fue la NAA (North American Aviation), con un diseño muy ambicioso y arriesgado, y en junio de 1956 se formalizó el contrato después de vivir las clásicas luchas internas con otros programas militares. Poco después, en 1958, fue creada la NASA. El programa dejó de ser solo una aeronave militar experimental para convertirse en una auténtica plataforma de investigación al servicio de la ciencia y de la futura exploración espacial.
Pilotos que escribieron la historia.
Entre 1959 y 1968 el X-15 realizó ciento noventa y nueve vuelos. El piloto de la North American, Scott Crossfield, abrió la serie con un planeo sin motor en junio de 1959 y unos meses después alcanzó el récord de volar a una velocidad de Mach 2.11 a una altitud de 15,800 metros. Llegó el momento de la NASA: Joseph A. Walker logró volar en dos ocasiones a 100 kilómetros de altitud; normalmente, a esta altitud se marca el inicio del espacio. En 1963 llevó al X-15 hasta unos 107,600 metros de altitud, récord casi insuperable. Robert M. White, veterano de la Segunda Guerra Mundial, fue quien superó las marcas de los 30,000 y 60,000 metros de altitud y fue rompiendo las barreras de Mach 4, Mach 5 y hasta 6.04. John B. McKay se acercó a Mach 5.65 cerca de 90,000 metros. William J. “Pete” Knight, el 3 de octubre de 1967, al mando de un prototipo X-15A-2 alcanzó una velocidad de Mach 6.7, alrededor de 7,274 km/h, estableciendo un récord de velocidad de aeronaves aladas tripuladas que aún sigue en pie. El único inconveniente fue que el aparato mostró daños por calor muy superiores a lo previsto; la piel del fuselaje había sufrido más del doble del estrés térmico esperado.
Posteriormente, ocho jóvenes pilotos, entre ellos Neil Armstrong y Joe H. Engle, cruzaron los 80 kilómetros de altitud, lo que les valió recibir las “alas de astronauta”. El X-15 los convirtió en pioneros entre piloto de pruebas y astronauta, justo en el puente que unía la aviación de alta velocidad con el espacio. Recordemos que el primero, Neil Armstrong, fue el comandante del proyecto Apolo 11 que lo llevó a ser el primer ser humano en dar el primer paso en la superficie lunar. Pero el programa también tuvo su cara más dura: en 1967, Michael J. Adams falleció cuando el X-15-3 entró en una pérdida de control a gran altitud y se destruyó. Su muerte recordó que cada vuelo del programa se hacía en el filo del riesgo. El X-15 se retiró en diciembre de 1968, justo cuando el Apolo 8 se preparaba para orbitar la Luna. El programa del X-15 sirvió para muchos proyectos posteriores; sus datos sobre aerodinámica hipersónica, materiales resistentes al calor y fisiología en condiciones extremas fueron fundamentales para el desarrollo del transbordador espacial.
Los X-15 que sobrevivieron descansan en museos, pero su espíritu se reconoce en cada intento de ir más rápido y más alto. Es digno de reconocimiento que ya en los años sesenta se volaba a 7,000 km/h con un piloto al mando con la tecnología del momento. El X-15 fue un laboratorio volador que adelantó décadas el futuro. Demostró que la humanidad podía desafiar los límites de la velocidad y usar ese riesgo para aprender, mejorar y, en última instancia, salir definitivamente de la atmósfera terrestre.
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