
Mientras no se localicen los restos del vuelo 370 de Malaysia y se determinen las causas de su desaparición, en opinión de este columnista, cada 8 de marzo deberá ser recordado como el día en el que un incidente reveló que, en el sentido estricto, por lo menos el Boeing 777, los cielos del sudeste asiático comenzando por el malayo, además de su aerolínea bandera y sus pilotos, son potencialmente peligrosos. Por lo anterior, cualquier esfuerzo que se haga en ese sentido me parece totalmente justificado.Nuevamente me vienen a la mente las palabras que escuché en primera persona unos días después del evento en marzo del año 2014 del entonces presidente del Consejo de la Organización de Aviación Civil Internacional, por sus siglas OACI, el nigeriano Olumuyiwa Bernard Aliu: “El Malaysia 370 nos hace ver como estúpidos a los integrantes de la comunidad aeronáutica internacional, quienes deberíamos estar en condiciones de dar una explicación sólida a lo que ocurrió a este vuelo.”
Entre otras obligaciones, los historiadores aeronáuticos, incluyendo los que a veces nos convertimos en opinólogos, debemos emplear las oportunidades que se nos presentan para hacer uso de la palabra, ya sea en forma de voz o texto, con el fin de llamar la atención del público hacia temas que, como el MH 370, tienen la mayor importancia en las operaciones aéreas. En este caso hay demasiado en juego, comenzando, insisto, deje usted temas de geopolítica, sino más bien temas de seguridad. Los restos del Boeing 777-200 con matrícula 9M-MRO que operaba el vuelo en comento tienen mucho que contar; estoy hablando de datos que a su vez se pueden convertir en valiosas lecciones que en lo posible contribuyan a evitar que una vida humana se pierda por las mismas razones.
¿Llegará el día en el que ese avión nos pueda contar su verdadera historia? Debo confesar que con el paso de los años desde la desaparición sumo dudas de que ello finalmente ocurra o que yo esté en condiciones de enterarme de ello, algo que seguramente me daría mucho material para comentar en los espacios editoriales que me privilegian al albergar mis columnas. Es más, no concibo un mejor empleo de ellos que abordar temas como este.
Sirva entonces nuevamente esta lamentable efeméride aeronáutica para recordar que en cuestión de seguridad, simple y sencillamente no podemos darnos, como en México, el lujo de bajar la guardia.
Que descansen en paz las 239 almas que volaban en este avión y algo importante: que aquello que dio origen a su sacrificio y al sufrimiento de sus familiares y amigos, alguna vez sea del conocimiento de quien puede darle el mejor uso.
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