
Las desviaciones no aparecen de golpe: primero se toleran, luego se justifican y finalmente se normalizan.
En aviación, pocas cosas resultan tan peligrosas como aquello que una organización termina por considerar “normal”. Las prácticas, decisiones y silencios que se repiten con el tiempo pueden transformarse en paradigmas operativos que influyen directamente en la cultura de seguridad. En ese punto, la relación entre ética y paradigma se vuelve inevitable: mientras el paradigma define la forma en que una organización entiende su realidad, la ética establece los límites de lo aceptable dentro de ella. Bajo esa premisa, y en la búsqueda permanente de un Horizonte Seguro, vale la pena reflexionar sobre el papel que ambos conceptos desempeñan en las organizaciones de la aviación civil.
Como señalé este año en A21 en el artículo “Subestimar el riesgo reputacional también es asumir riesgo operacional”, “no resulta difícil inferir que determinadas organizaciones han normalizado desviaciones en sus procesos, abarcando desde lo técnico y operacional hasta lo estrictamente administrativo y de gestión” (Sánchez, 9 de enero de 2026). Con el paso del tiempo, estas desviaciones pueden integrarse silenciosamente a la cultura organizacional hasta convertirse en prácticas toleradas o incluso normalizadas.
Una mirada a la historia reciente de la aviación mexicana -en la que algunos hemos sido testigos de la desaparición de aerolíneas- permite comprender que existe una línea muy delgada entre actuar con ética o permanecer atrapados en paradigmas organizacionales que terminan siendo destructivos.
La historia de la aviación demuestra que muchas crisis no surgen por falta de procedimientos, sino por culturas organizacionales que aprendieron a convivir con las desviaciones.
En la práctica, persisten conductas que ilustran este problema: transportar personal en cabina de carga; asumir responsabilidades sin la preparación adecuada por compadrazgo; omitir acciones correctivas frente a desviaciones por paternalismo; privilegiar la producción inmediata para generar ingresos por sobre la capacitación del personal técnico; incurrir en prácticas de nepotismo o, simplemente, evitar la toma de decisiones ejecutivas necesarias. Son ejemplos de paradigmas que aún sobreviven en algunas estructuras organizacionales y que, tarde o temprano, terminan afectando la seguridad, la eficiencia o la reputación institucional con la salida del personal altamente calificado rumbo a su desaparición.
La ética, en esencia, constituye una concepción evaluativa de la vida basada en valores compartidos que sustentan la organización institucional de una sociedad. En la aviación civil, estos principios suelen expresarse a través de distintos enfoques: el positivista, centrado en la neutralidad de la ciencia y en hechos medibles; el deontológico, basado en reglas, deberes y códigos de conducta; y el humanista o del bien común, enfocado en la dignidad humana y en el bienestar colectivo.
Desde esta perspectiva, el paradigma ético define el marco desde el cual una organización determina qué es correcto o justo en un momento determinado. En ese sentido, la Cultura Justa promovida por la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) constituye un referente fundamental, aunque con frecuencia sea malinterpretada. La Cultura Justa no implica ausencia de responsabilidad. Si bien fomenta el reporte de errores y desviaciones sin temor a represalias injustificadas, también establece que cuando existe dolo o negligencia, los responsables deben enfrentar las consecuencias correspondientes.
Persistir en paradigmas tradicionales bajo la lógica de que “aquí siempre se ha hecho así” conduce inevitablemente a prácticas alejadas de la ética. Cuando estas conductas son conocidas -o toleradas- por los niveles directivos, el riesgo no solo es operativo, sino también reputacional. Y ambos, en la aviación, suelen ir de la mano.
Avanzar hacia un auténtico Horizonte Seguro exige algo más que procedimientos y manuales. Requiere una cultura organizacional genuinamente ética, donde la voz técnica sea escuchada, respetada y protegida.
En la aviación, levantar la voz no es un acto de rebeldía. Es, simplemente, una obligación profesional.
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