
¡Que me lo destruyen!
Así titulé una entrega que envié a publicación el 28 de febrero del año 2022, es decir unos días después del comienzo de la invasión rusa que dio origen a lo que hoy día conocemos como “Guerra en Ucrania” y apenas un día después de que el gigantesco e irrepetible avión carguero Antonov 225 “Myria”, matrícula UR-82060, se viese envuelto en llamas dentro de su hangar en el aeródromo de Hostómel, cercano a Kiev, donde nació e irónicamente también murió producto de la ofensiva militar rusa.
El conflicto en Ucrania ya cumplió cuatro años. Tal y como ha sucedido, está sucediendo y seguramente sucederá con otras desgracias humanas, el paso del tiempo aleja a la mayor parte de la opinión pública aún más que la geografía de desgracias como las que sufre la tierra de mi admirado Ígor Sikorski, uno de los grandes diseñadores y constructores aeronáuticos al que por lo menos este columnista le otorga el título del padre del helicóptero práctico. No creo que la vida eterna, pero si Sikorski pudiera ser testigo de lo que está pasando en su patria seguramente lloraría de tristeza. Y pensar que todo este sufrimiento en el sentido estricto obedece a los intereses financieros y estratégicos de quienes en realidad mandan en el mundo, comenzando por los de un sionismo del que es cuna y que insisto, tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo ahí.
Pero volvamos al An 225…
Para comenzar, no debemos olvidar que dadas sus prestaciones y por tratarse de ejemplar único, este carguero era considerado como un activo estratégico para la logística global. Contrario a lo que se piensa, el “Myria” no era el avión más grande del mundo jamás construido, honor que ya expliqué en alguna columna corresponde, si aceptamos al volumen como referencia (alto por largo por ancho) al Airbus A380. Bajo estos mismos parámetros los zeppelines alemanes gemelos “Hindenburg” de 1936 y “Graff Zeppelin” han sido las aeronaves más grandes jamás fabricadas. Con sus 250 toneladas de capacidad de carga el hexareactor Antonov 225 rompió muchos récords; más de 240 se afirma, entre ellos el haber sido el avión más pesado jamás operado y el que transportó la carga individual más pesada (189.98 toneladas) y la más larga (42 metros). No en balde era todo un espectáculo verlo, privilegio que no me tocó y lamento, especialmente debido a que, a diferencia de otra aeronave, por cierto también producto de la era soviética que no he visto, me refiero al supersónico de pasajeros Tupolev 144, el “Myria”, insisto, por ser único, no tiene ejemplares íntegros preservados en algún museo o siquiera abandonados en algún aeródromo. Lo que queda de él seguramente justificaría alguna visita a futura a Hostómel, pero no en estos momentos en los que la sangre sigue corriendo a ríos en Ucrania ante la indiferencia de una opinión pública mundial que morbosamente está atenta a las visitas del presidente ucraniano Volodímir Zelenski a otros jefes de estado rogando ayuda para seguir defendiéndose de las fuerzas de Vladímir Putin, mientras, como que siempre ha sucedido en la historia, ciertos empresarios se hacen cada día más ricos a costa de la guerra y por ende el dolor de otros.
Va entonces mi pensamiento hacia el pueblo de Ucrania, para el recuerdo de sus víctimas y el del mágico e impresionante An 225, evocando en ello a uno de mis grandes héroes: Ígor Sikorski.
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