
Estimados lectores: Tres de mis grandes pasiones son la enología, la ópera y por supuesto…los aviones. En mi artículo de este mes, quiero “salir de la caja” y abusar de este espacio para hacer una analogía entre estas tres manifestaciones de arte, porque para mí son arte…
El vino es el único arte que se bebe, es la expresión de una tradición milenaria que combina ciencia, naturaleza y sensibilidad humana, resultado de un proceso que comienza en el viñedo, donde el clima, el suelo y el cuidado de la vid definen el carácter de la uva; la ópera es la más completa de todas las bellas artes, en donde confluyen en una sola expresión artística varias disciplinas: música, literatura, teatro, pintura, arquitectura y danza; y finalmente el arte de volar, del vuelo más puro de las aves, quienes dominan con suprema maestría técnicas, resultado de un delicado equilibrio entre conocimiento, disciplina, confianza y adaptación a su entorno, producto de miles de años de práctica y evolución de sus ancestros, símbolo de la libertad y que ha sido imitado por el ser humano a través de máquinas que llamamos aeronaves.
Estas tres manifestaciones, comparten una misma esencia: la búsqueda permanente de la excelencia a través del conocimiento, la disciplina y el trabajo en equipo.
Primer Acto.
La aeronave se prepara para su siguiente vuelo, cada actor en la plataforma debe conocer perfectamente su papel (oficial de operaciones, trabajadores generales, mecánicos, servicio al cliente, tripulantes, etc.), haberlo ensayado, ejecutar cada aria de acuerdo a los tiempos marcados por el director de la orquesta (supervisor, gerente del aeropuerto), siguiendo la partitura (manuales de operación y de seguridad), no adelantarse, ni mucho menos retrasarse, la sincronía entre la orquesta y el cantante debe ser perfecta. Preparar la aeronave antes del vuelo, es como abrir una botella de vino para degustarlo, descorcharlo, servirlo con estilo, apreciar su color, agitar la copa suavemente para admirar su cuerpo, deleitarse con sus aromas y finalmente beber un sorbo para paladearlo.
Segundo Acto.
La aeronave comienza su carrera de despegue, fase de ascenso y de crucero, la obra está en el clímax, es el acto principal, los y las cantantes imprimen la potencia, vibrato, tono y tesitura perfectos mediante el control de la respiración y el apoyo del diafragma, nada puede desafinar, el respetable observa y escucha, si de vino se tratase, se sirve en las copas una vez que se ha degustado, va madurando conforme respira, incrementando sus taninos y su intensidad, se estabiliza y se disfruta con cada sorbo, al igual que los pasajeros, leen, duermen, platican, juegan, ven películas etc., en lo que el vuelo sigue su curso.
Tercer Acto.
El más difícil, la fase de aproximación y aterrizaje, al igual que en la ópera, el cansancio de los y las cantantes, el desgaste vocal y físico, las arias más exigentes se encuentran al final, el esfuerzo es increíble, el público ya está inmerso en la trama de la obra, el pasajero ya quiere llegar a su destino, la botella de vino está por terminarse después de una buena tertulia. Los pilotos requieren máxima concentración, la cabina estéril se activa, el silencio en la sala es evidente, el drama está en el punto más alto, el avión aterriza con éxito, el aria final es ejecutada de manera extraordinaria, el público pide bisar con aplausos como sucede muchas veces, cuando los pasajeros aplauden un aterrizaje exitoso en condiciones complicadas, la botella de vino se ha terminado, pero aún persiste en el paladar el retrogusto, en el olfato, esos aromas a ciruela, cítricos, madera de barrica, especias, cuero y demás que envuelven su complejidad.
Se abren las puertas de la aeronave, se termina la ópera, el pasajero desembarca del avión, el espectador abandona la sala, algunos felices y complacidos, otros decepcionados, quizás molestos porque no cumplió sus expectativas el vuelo, la función o el vino, en el arte todo es subjetivo, es percepción, ese sentido de confianza en un enólogo, que nos da el beber una copa de vino, confianza en el talento del director, cantantes, músicos y actores en una ópera y confianza en todos aquellos profesionales que laboran en el aeropuerto fuera y dentro de bambalinas para hacer que nuestro vuelo sea seguro. En el fondo, el vino, la ópera y la aviación nos recuerdan una misma lección: las grandes obras no son producto del talento aislado, sino de la combinación de pasión, preparación, precisión y trabajo en equipo. Cuando estos elementos se unen, el resultado trasciende la técnica y se convierte en una experiencia capaz de inspirar, emocionar, generar confianza y por supuesto SEGURIDAD.
Me despido con mi máxima de cada mes… recuerden que en Seguridad de la Aviación Civil, el primer error es el último.
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