
Durante el primer semestre del 2026 tuve la oportunidad de conocer y hasta saludar de mano a algunas de las personalidades más importantes del fútbol mundial, comenzando por el siempre amable Presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), el hoy sumamente conocido y polémico Gianni Infantino, cuya influencia global trasciende ese deporte, alcanzando altísimos niveles en ámbitos como la mercadotecnia, los medios de prensa y comunicación y, de manera destacada, la política. Y es que para nadie es un secreto que ni Donald Trump se niega a tomarle una llamada. ¿Qué decir de los grandes líderes en la península arábiga?
Sumo a Infantino a una lista de famosos con los que he tenido el privilegio de interactuar a lo largo de los años, —muy poco, es cierto, pero al final de cuentas interactuar, entre los cuales puedo destacar a Neil Armstrong (comandante del Apollo XI de 1969) y a Paul Tibbets (piloto del bombardero B-29 del que cayó la bomba atómica en Hiroshima, Japón en 1945), ambos en mi opinión figuras históricas de primer nivel, nos guste o no lo que hizo el segundo.
Todo un caso este de las figuras públicas, tema que he podido de abordar y analizar, en especial, conforme me he relacionado con la vida y obra de algunos héroes aeronáuticos, de manera destacada con la de Charles Lindbergh, al que se considera el primer héroe mediático mundial y quien irónicamente es uno de los casos más representativos de la fobia que algunos personajes le tienen precisamente a la fama.
Desde que se hizo extremadamente popular a comienzos del año 1927 al anunciar su intención de contender por el Premio Orteig, ofrecido a quien lograste volar sin escalas entre Nueva York y París o las costas de Europa o desde París a Nueva York o las costas de América del Norte, y hasta su muerte en 1974, Lindbergh luchó vehemente por conservar su anonimato, manteniéndose lo más alejado posible de los reflectores y las cámaras. Es más, el también llamado “Águila Solitaria” atribuyó el secuestro y asesinato de su primogénito en el año 1932 a la fama y al acoso de la prensa hacia él y a su familia por lo que reconocerle en un espacio público, saludarle y peor aún pedirle un autógrafo lo consideraba algo más que una molestia, reaccionando de maneras poco amables, —a veces demasiado, debo admitir. Soy de la idea de que, si bien Lindbergh tenía el derecho de ser dejado en paz en la calle, también debió haber hecho conciencia de lo que su vuelo a París representó para una opinión pública siempre ávida de tener héroes, y mire usted estimado lector que Lindbergh lo fue.
Quienes hemos desempeñado alguna función en un aeropuerto frecuentemente nos encontramos en sus instalaciones con algún personaje de la cultura, el deporte, el espectáculo, el empresariado, la religión o la política, muchas veces idolatrados en extremo, con los que podemos llegar a tener cierto trato, oportunidad que, por lo menos a quien firma esta columna, le ha permitido conocerlos un tanto en su faceta “terrenal”, por ejemplo, cuando uno de ellos, muy pero muy importante, bajó corriendo de un auto en un FBO, urgido de “hacer una escala técnica” en un baño, que por cierto estaba en obras de remodelación, antes de que abordase un jet ejecutivo, para comprender que, por más icónicos que nos parezcan, esos hombres y mujeres al final de cuentas muchas veces nuestros clientes o pasajeros, son seres humanos con todo lo que ello significa, aunque la mayoría no los vea así.
Quizás sea tiempo de tratarlos de una manera más “normal”, en una de esas nos lo agradecen.
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