
Con esto de que “se me da” hablar con la gente y hacer migas con ella, más aun cuando forman parte del sector en el que me manejo que es el aerotransporte, no me cuesta trabajo verme comentando con terceros diversos temas que en una de esas terminan siendo el eje de alguna columna, caso de lo que me ocurrió recientemente en un importante aeropuerto internacional del oriente mexicano, en el que tuve el privilegio de charlar por un rato con una amable integrante de los cuerpos de seguridad privada contratados por esa terminal aérea para hacer labores de “security” en sus instalaciones, es decir, vitales y complejos procesos que inciden en algo tan importante como es la integridad de cosas y personas en esos inmuebles.
Debido a que durante la interacción la noté cansada, es más, podría decir que agotada, me atreví a preguntarle si se sentía bien. Su respuesta me dejó frío: “Llevo cuatro turnos de nueve horas seguidos sin descansar…”
Las preguntas son obligadas:
¿A quién se le ocurre pensar que un elemento de seguridad va a estar en condiciones de realizar, tal y como se requiere, sus labores de prevención de actos de interferencia ilícita luego de más de cuarenta horas sin dormir?
¿Será que nadie se ha puesto a pensar en el riesgo que supone para esta persona exponerse a amenazas de seguridad dentro y fuera del aeropuerto en esas condiciones?
¿Qué clase de controles tiene el administrador aeroportuario sobre sus proveedores de esta clase de servicios que contribuyan a evitar violaciones tan grandes a los derechos humanos y a los protocolos de seguridad?
¿Qué opinaría de ello una entidad extranjera con derecho a hacerlo por haber aerolíneas de ese país operando o vuelos de aerolíneas mexicanas con destino a esa nación en ese aeropuerto, caso de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA) de los Estados Unidos?
¿Dónde está la labor de supervisión del cumplimiento de la normatividad por parte de la autoridad aeronáutica representada por el Comandante de Aeródromo?
Insisto, estamos hablando de guardias que están destacados, por ejemplo, en esos infames filtros de seguridad en los aeropuertos, destinados a evitar que quien no debe o lo que no debe ingresen a áreas restringidas (salas de última espera y plataformas, etc.), que desde mi perspectiva además de contar con la debida capacitación uno supondría están en condiciones físicas y mentales de realizar, no bien, sino muy bien, su crucial labor, algo que me parece no es el caso de una persona que voluntaria o involuntariamente se fleta cuatro turnos de nueve horas de trabajo sin descansar.
Nadie debe ser obligado a trabajar tiempo extra más allá de lo que la normatividad aplicable establezca, como tampoco debe permitirse que alguien, con tal de ganar más dinero, lo haga.
Sobra decir que en este contexto, más allá de darme coraje el tener que someterme inconsistentes, abusivas y por lo visto incompetentes revisiones al pasar por los filtros de seguridad para abordar un vuelo, me parece ilusorio pensar que por lo menos en ese aeropuerto, la premisa de la seguridad se está cumpliendo y lo que es peor, me temo que no es la única terminal aérea en el orbe en la que violaciones tan graves como estas tienen lugar algo que estoy seguro debería ser considerado como totalmente inaceptable.
Lo he dicho una y otra vez: En la medida en la que sigamos teniendo autoridades aeronáuticas tan débiles como las que despachan en México, la seguridad de las operaciones aéreas, sea la propia del hecho de volar o la que intenta prever que en torno a ella se cometan delitos, no está ni remotamente garantizada tal y como la comunidad aeronáutica internacional con la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) al frente, pero en especial el público usuario, merece y espera.
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