
Debo confesar que aquel día 29 de diciembre de 2024 cuando vi en las redes sociales el video de ese Boeing 737-800 operando el vuelo 2216 de la aerolínea sudcoreana Jeju Air, arrastrándose a gran velocidad sin tren de aterrizaje sobre la pista del aeropuerto de Muan en esa nación asiática, sólo para impactar contra un terraplén, explotar y destruirse, causando la muerte a 179 personas, pensé que lo que se me presentaba no era la imagen de un evento real sino una producida como ficción o resultado de la inteligencia artificial. ¿Es neta? —pensé y de inmediato comencé a confirmar si lo era o no. Y es que me pareció además de dramática, surrealista. Como todos sabemos, la terrible desgracia efectivamente fue captada en video.
Pienso en ese material luego de haber escuchado al cineasta y guionista mexicano Alejandro González Iñarritu, cuestionar si en el futuro cercano, sí es que no desde ahorita, podremos distinguir lo real de lo imaginario en una pantalla.
Este analista aeronáutico cada vez con mayor frecuencia cae en ese “¿es neta?” cuando consume material en video, ya sea periodístico, cultural, educativo o de entretenimiento. La verdad es que, abrumado por tantas impactantes escenas y documentos presentados en tantas plataformas, mi materia gris ya no sabe qué creerle o qué no.
Antier, por ejemplo, cuando habiéndome despertado de madrugada chequé mi WhatsApp solo para enterarme que Donald Trump había capturado a Nicolás Maduro pregunté a quien hizo el favor de compartir la noticia en cierto grupo si a acaso la misma no era invención generada para atraer visitas a cierta fuente de información digital.
De pronto me entero por medio de un video que cierto fabricante aeronáutico está desarrollando una nueva e impresionante aeronave cuando no es el caso. Me siento expuesto, ya sea al abuso que los creadores de contenidos hacen de mis emociones como al fraude de ciertos informadores. Confieso que mi virtual adicción al celular y lo que me “regala” tiene mucho que ver en todo esto.
Es cierto, desde siempre la información ha sido manipulada; ¿cuántos novelistas, historiadores, juglares, periodistas, políticos, académicos, médicos o líderes de opinión no han jugado con nuestros cerebros?, pero nunca como ahora gracias no solamente a la capacidad de las herramientas que emplean, sino a la cantidad y poder de penetración que tienen.
Lo que me preocupa estimado lector es que como generador de contenidos en mi calidad ya sea de columnista —que entiendo es leído, no sé realmente por cuántas personas, de profesor que intenta ser escuchado con atención o como consultor que debe de aportar valor a sus clientes, no me puedo dar el lujo tanto aceptar como cierto lo que en realidad no lo es o de prescindir de incluir en mis conocimientos algo que a primera vista me parecería tan absurdo o increíble para ser cierto, cuando en realidad lo es. ¡Qué decir de las medias mentiras!
Además, ¿en qué momento la información deja de tener valor, por ejemplo, para emplearla para redactar un artículo, hacer un comentario editorial o para preparar e impartir una clase? Me da la impresión que esto llega cuando la misma es manipulada y el material es difundido para falsear la realidad, generar miedo, abusar de la ignorancia o la buena voluntad, orientar creencias, olvidándose de una objetividad que me parece ingrediente esencial de cualquier ejercicio divulgativo.
Al genial Walt Disney le encantaba la fantasía, tanto que la explotó en sus creaciones, pero desde mi punto de vista lo hacía si bien con cierto ánimo comercial, sin duda con una intención de maravillarnos sanamente, lo cual me lleva a otra inquietud que todo esto me genera y que es que, ahora sí, los humanos estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro; a las personas del 2026 ya no nos impresiona realmente nada y por ende, dicen los expertos, llevarnos a la apatía, el aburrimiento, a la superficialidad y yo agregaría a la ignorancia, toda vez que se nos apaga la creatividad, se nos complica la conexión emocional y se nos limita el aprendizaje, algo que en mi opinión tiene ver mucho con aquello que yo concibo como hacer conciencia, es decir, comprender lo que uno escucha, ve o siente para a partir de ello actuar de manera reflexiva y responsable, conectando la información que se recibe con lo que uno sabe, ya sea por educación o experiencia, antes de atreverse a compartir algo en base a todo ello. ¿Cómo podría yo pretender entonces sentarme a escribir o plantarme ante un micrófono sin validar las fuentes de información que empleo?
La cosa se complica aún más conforme la información nos llega en tiempos y formas que dificultan enormemente nuestra capacidad de validarla, más aún cuando voces “supuestamente autorizadas” ya la están dando “por buena”.
No cabe duda entre las distorsiones de la realidad propias de las capacidades de generación de contenidos de video y la poca profundidad o falta de calidad de la información que obtenemos de la inteligencia artificial, comunicadores, profesores y consultores nos las estamos viendo muy complicadas para asegurar entregas confiables a nuestras audiencias, lectores, alumnos y clientes, los cuales me temo, terminan siendo los verdaderamente afectados.
Me da la impresión que aquellos entre quienes nos dedicamos a este tipo de actividades que dispongan de la sensibilidad y por ende de la capacidad de discernir, en mi opinión a partir de lo básico, de la educación y de la experiencia, lo que es real de lo que no y tengan la motivación para invertir tiempo a fin de confirmar datos antes de compartirlos, serán los que sobrevivirán en ellas, eso sí, mediando algún tipo de acompañamiento que nos ayude a no sentirnos rebasados.
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