
Reemplace la letra “S” del código IATA “SXM” del Aeropuerto Internacional “Princess Juliana” de St. Maarten por una “P” y dará como resultado “PXM”, es decir, el Aeropuerto crecientemente internacional del mágico Puerto Escondido, Oaxaca, por cierto en plena y muy, pero muy necesaria expansión, que no está como el primero junto a la playa, pero tiene vista al mar, concretamente al Océano Pacífico, hacia el cual los aviones despegan a la hora de emplear su pista 27 o sobrevolándolo espectacularmente al hacer una aproximación a su cabecera 09.
Hace años tuve el privilegio de visitar por primera vez Puerto Escondido, destino turístico oaxaqueño, hoy día con justicia de moda, y que por mis tiempos universitarios y sin aún conocerlo llamaba poderosamente mi atención, tanto que consideré elaborar la tesis profesional para titularme de mi licenciatura con base a un estudio para justificar y para que eventualmente alguna aerolínea estableciese servicios aéreos regulares directos de pasajeros entre la Ciudad de México y un Puerto Escondido, entonces más bien famoso por los hongos alucinógenos, la marihuana, el surf, los hippies y el nudismo en playas locales o cercanas como Mazunte, Zicatela y Zipolite, investigación académica que seguramente habría dado como resultado una primera visita al destino a no ser porque se me atravesaron Charles Lindbergh y Atlántico del Norte, a los que coloqué en el centro de mi examen profesional.
Unos cuantos años después Mexicana de Aviación abrió la ruta con vuelos en Boeing 727-200, que fueron eventualmente reemplazados por los Douglas DC-9-30 de su subsidiaria Aerocaribe, la cual emplee para finalmente trasladarme a esas fascinantes costas, notando en el aterrizaje que la cabecera 27 de la pista del aeropuerto estaba muy cerca de una transitada vialidad, asumiendo, ahora entiendo que con razón, que desde ahí se podrían ver muy padre los aviones.
Lo cierto es que tuvieron que transcurrir varios años y visitas antes de decidirme finalmente a olvidarme un rato de la playa y acudir al punto a confirmar o desmentir mi hipótesis. Quizás esta vez influyó el hecho de que habiéndome hospedado en la zona de Bacocho el aeropuerto me quedaba muy cerca y que además viajé sin compañía, es decir sin alguien a quien no le agradase en lo más mínimo la idea de caminar un kilómetro en pendiente ascendente bajo un sol de 30 grados hasta llegar a la mentada cabecera 27 en el exterior del perímetro aeroportuario, la cual efectivamente estaba a una distancia de menos de cien metros del lugar, en el que inicialmente me posicioné para ver las operaciones que estaban por tener lugar protagonizadas por aeronaves de Aeroméxico (Boeing 737-800), Viva (Airbus A321) y Volaris (Airbus A320), a las que eventualmente se sumaron atractivos despegues de jets ejecutivos.
Pero no todo era “miel sobre hojuelas”; el mejor punto de observación justo en la malla perimetral estaba unos metros por debajo de la pista lo que sin duda limitaba la calidad del spoteo, complicado además por la maleza, basura y polvo propios de las márgenes de una carretera mexicana. Insatisfecho, miré alrededor y noté dos estructuras justo cruzando la vialidad cuyos techos seguramente permitían ver mejor aquello que sucedía al interior del predio federal. Uno de ellos, por más que la dueña aceptó que yo subiese a su azotea, carecía de una escalera para acceder, no así una funeraria cuyos encargados parecían hasta complacidos con mi petición, mostrándome un cómodo acceso para subir al techo, en el que para mi sorpresa me encontré con un par de pequeñas sombras y con una vieja, sucia y abandonada silla de plástico pero aun en condiciones de soportar mi peso corporal y algo muy importante para mi comodidad, me informaron que en esa instalación no hacían cremaciones, por lo que no corría el riesgo de exponerme a humos verdaderamente desagradables emanados de esa chimenea que noté en el lugar. Afortunadamente la acción en el aeropuerto no tardó y de pronto el 737 de Aeroméxico se dejó venir aterrizando hacia la cabecera 27, dejando a su paso y sobre mi persona una turbulencia de estela lo suficientemente fuerte como para desestabilizarme un tanto, confirmando la cercanía del punto con las operaciones aéreas, como lo hicieron los “Jet Wash” de los motores que dejaban tras de sí, con fuerte olor a turbosina, los jets que despegaron de la misma pista en dirección al Pacífico. ¡Sólo faltaba que por ello terminase siendo cliente del establecimiento luego de perder el equilibrio y caer del techo!
Debo confesar que si bien el “St. Maarten mixteco-zapoteco” me dejó un grato sabor de boca, la verdad es que extrañé eso de complementar la experiencia siquiera con unas papas fritas o una bebida como suelo hacerlo en el “Skyline Coffee” que los de la Escuela de Vuelo Aeronacional nos han regalado en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. ¿No todo se puede, verdad?
El hecho es que me queda claro que si bien eso de subirse al techo de una funeraria sobre la carretera que comunica a Puerto Escondido con la capital del Estado para ver un 737 o un A320 hacer lo suyo puede resultar una aventura digna de vivirse, hay que reconocer que la misma no es para todos los aeronáuticos, por más que amen lo aéreo, sino más bien para unos cuantos que cual “Lobos Esteparios” por ahí tienen una dimensión de más de las cosas, por no decir “rara” y llegan a hacer actos como el que escenifiqué el pasado 26 de diciembre en los linderos del aeropuerto de mi destino turístico de playa favorito, en especial cuando viajan solos o en compañía de verdaderamente tolerantes familiares, parejas o amigos, debido a que no cualquiera se apunta para acompañarle a uno a hacer cosas así. ¡La verdad no los culpo!
¿Conoce usted otro “St. Maarten mexicano” estimado lector? ¡Cuénteme por favor!Por lo pronto aquí le dejo un par de imágenes que tomé en mi experiencia.
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