
La aceleración de la infraestructura aeroportuaria fue la que, de alguna manera, ayudó a que en los hechos acabaran conduciendo a los accidentes de los 737 MAX, pues la última generación de motores, al tener mayor diámetro, simplemente no cabía en un 737, que casi los iría arrastrando por el suelo. La situación de Boeing fue compleja, pues había un mercado de rutas medias y largas para aviones más pequeños; ya no tenía la opción de resucitar los B757, hacerlo era muy complejo, aunque pudo haberse habilitado para volar rutas transoceánicas. El proyecto se salía de todos los parámetros y resultaba muy costoso; además, rutas largas con aviones de un pasillo no eran cómodas para los pasajeros. Es por esa razón que Boeing necesitaba buscar una solución que pasara por presentarse bajo la etiqueta del 737, y es ahí donde nace el proyecto del B737 MAX.
La solución que encontró Boeing consistió en que, en lugar de colgar los motores del ala, los empotró en ella y los colocó en una posición un poco más adelantada; en principio, esa fue la solución al problema, pero esto trajo consigo otro. El comportamiento del avión cambiaba y, por lo tanto, ponía en peligro la posibilidad de certificarlo como una variante del 737 original. La solución que se encontró fue que fuera de la mano del software y, puesto que su legalidad era muy dudosa, la fábrica decidió callar y no mencionar que el avión llevaba un software que podía corregir las órdenes del piloto sin que este tuviera siquiera noticia de su existencia; este es el origen del MCAS. Si el MCAS hubiera estado mejor diseñado y Boeing hubiera introducido dos sensores en lugar de uno solo, algún fallo hubiera podido detectarse si ocurriese en alguno de ellos, y hubiera pasado mucho tiempo sin que alguien se hubiera percatado de una irregularidad grave que poco tiempo antes había causado un accidente grave en un avión SAAB.
En un avión que no es fly by wire se había introducido un sistema que alteraba las órdenes del piloto sin que este supiera de su existencia y sin que tuviera manera de desactivarlo. Las últimas versiones de la regulación prohíben de forma explícita este tipo de solución, pero Boeing se había excedido todavía más: quizá por un ahorro de costos había instalado un solo sensor y, si este fallaba, entraba en funcionamiento un dispositivo que el piloto no podía desactivar, entre otras cosas porque lo desconocía y este llevaba el avión directamente al suelo. Los dos accidentes sucedieron antes de lo que le habría gustado a Boeing, pero aun así, con 400 aviones modelo MAX volando y casi 5,000 en pedidos, resultaba muy difícil para cualquier regulador, como la FAA, adoptar una posición firme y exigir que este avión no volara nunca más.
Esa opción habría provocado un cataclismo de dimensiones macro en el sector porque Boeing simplemente hubiera quebrado; habría seguido la de todos aquellos operadores que hubieran comprado el avión y no pudieran recuperar su dinero de una compañía quebrada. No era posible para los reguladores aplicar soluciones más radicales y tuvieron que exigir que se añadieran medidas de seguridad a un sistema que, simplemente, no debería haber estado ahí.
Hasta ese momento, el CEO de Boeing, Dennis Muilenburg, gozaba de una gran credibilidad; sin embargo, alguien debía tener la culpa de privilegiar la reducción de costos y el abandono del diseño que había tenido en los últimos años. Muilenburg salió de Boeing recibiendo un pago millonario, aceptando ser el malo de la novela. El papel del fabricante fue claro, aunque no fue el único actor en esta película; no podemos dejar de pensar en el regulador norteamericano, la FAA, y cómo delegó la obligación de supervisión a la entidad supervisada, a saber, a los empleados de Boeing.
El asunto no terminó en el ámbito local, sino que se extendió por todo el mundo. Ya sabemos que el diseño de un avión es sumamente costoso, pero sería inviable si además el fabricante tuviera que certificar el avión desde cero en cada uno de los países en que iba a operar; esto se solventa por medio de acuerdos entre los principales reguladores: cuando uno de ellos acepta algo que le compete, es casi automáticamente aceptado por los firmantes del acuerdo. Este tipo de mecanismo fue lo que permitió que la colusión Boeing-FAA ampliara sus efectos a otros reguladores importantes como el europeo EASA, el chino CAAC y otros más pequeños. Eso es lo que hizo que, cuando se produjo el segundo accidente, ya hubiera 400 737 MAX volando y no solo en Estados Unidos. Una vez resuelto el problema de exigir a los operadores en el mundo tomar las medidas de seguridad específicas, podríamos afirmar: ¿el regulador “líder”, la FAA, es realmente confiable? ¿Qué pasa con los locales, se puede confiar en ellos también?
Sería conveniente acudir a algunos ejemplos de accidentes:
Durante la certificación del DC-10, antecesor del MD-11, cuando este todavía era fabricado por McDonnell Douglas, una vez adquirida esta por Boeing, entre otros asuntos hubo problemas con la operación de las puertas de los compartimentos de carga, porque el sistema de cerrado de estas puertas, por diseño, podía provocar un mal cierre y una despresurización explosiva.
Bueno, pues sucedió en un vuelo AA96, que no pasó a mayores debido a la buena actuación de los pilotos; Boeing “negoció” que al asunto no se le diera demasiada importancia como para exigir una revisión del diseño de la modificación de las puertas, y la FAA aceptó hacerlo de esa manera. Dos años más tarde, en la ciudad de París, en el vuelo TK981, por una situación con estas puertas se accidentó el avión, dejando 325 víctimas. En 1987, un MD-83 de la línea Northwest se estrelló en Detroit, provocando 154 víctimas fatales; al parecer, la configuración al despegue no era la correcta, el caso es que no se activó la alarma de despegue. Como en el caso del DC-10, no hubo una exigencia más firme de la autoridad; solo se dio una recomendación al operador. A los 21 años, en 2008, en Madrid se tuvo un accidente por la misma razón. ¿Fue necesario que hubiera otro accidente para reconocer abiertamente la falla en el primero?
Claramente, las agencias reguladoras tienen un conflicto de intereses: teóricamente, su interés está en garantizar la seguridad de la aviación, pero, especialmente si su ámbito de competencia coincide con la presencia de un gran fabricante, como es el caso de Estados Unidos, tienen como segundo objetivo promover la aviación en su ámbito y, como consecuencia, los fabricantes de su área disfrutarán de un trato especialmente comprensivo; es decir, la seguridad pasa a segundo término. Mientras los reguladores no sean más objetivos, no se puede reducir la brecha del riesgo de tener un accidente. Recuerdo que el caso de la recertificación del 737 MAX en México se dio casi de manera automática solo porque ya lo había aprobado Estados Unidos; hubo presión para que acá se aprobara casi de inmediato. Otro caso que me tocó vivir fue el del DC-10 de AA cuando se desprendió el motor tres en un despegue en Chicago; bueno, un accidente casi igual se dio en un MD-11. De no cuidarse esos aspectos, difícilmente se va a tener plena confianza en que la posibilidad de un accidente por la razón que ya se tuvo se evite con una mayor vigilancia.
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