
La crisis de combustible en la aviación, que incluye a México y que ya está presente, no es exagerada, pero tampoco quiere decir que el sistema vaya a colapsar de manera inmediata y, tal parece que, como en otras ocasiones, como en la era de COVID y otros momentos difíciles, estamos ante un escenario de tensión creciente con impactos que son graduales pero definitivos.
Una crisis global como la que estamos viviendo, desde luego que, de muchas maneras, va a afectar a la industria aérea en México. El conflicto en Medio Oriente (especialmente alrededor del estrecho de Ormuz) ha reducido el flujo de petróleo, lo que afecta directamente al combustible de aviación.
El precio del combustible para aviones casi se ha duplicado recientemente y pinta para seguir aumentando, con todas sus consecuencias, como el inminente aumento al precio de los boletos para viajar, además de existir un riesgo real de escasez de turbosina y no solo de encarecimiento, por lo que se podrían enfrentar cancelaciones de vuelos y reestructuración de rutas en cosa de días, afectando al mundo entero, empezando en regiones de Europa.La aviación depende totalmente de un suministro constante de combustible refinado y cualquier interrupción se transmite rápidamente a nivel mundial.
Obviamente, México no está aislado y tiene varios factores internos que lo hacen todavía más sensible a esta nueva crisis.
Aunque no en las cantidades que se requieren, nuestro país produce petróleo, pero no se refina suficiente combustible de aviación, por lo que dependemos de importaciones y de los precios internacionales y todas sus variaciones.
Aunque la crisis en Medio Oriente fuera resuelta hoy mismo, la situación podría tardar meses en estabilizarse y, durante este tiempo por venir, nuestras aerolíneas deberán encontrar la manera de sobrevivir para no arriesgar su estabilidad financiera y operativa.
Hay que recordar que México será sede del Mundial de futbol, por lo que habrá una mayor demanda de vuelos que puede ayudar a las finanzas, pero también habrá una mayor presión sobre el suministro de turbosina y tendremos precios de boletos más caros, porque el combustible representa el 30% del costo total de operación de las aerolíneas.
Seguramente veremos cancelación de rutas poco rentables y la reducción de vuelos a destinos secundarios, y las aerolíneas más débiles pueden llegar al paro de operaciones.
Algunas compañías pueden entrar en crisis y ya tenemos señales de esto en el sector mexicano, además de que otras podrían enfrentar problemas logísticos debido al racionamiento de combustible en ciertos aeropuertos, como ya ha sucedido en el pasado.
La industria aérea mundial sigue siendo extremadamente dependiente del petróleo y no se ven sustitutos inmediatos para la aviación a gran escala.
Quizá no es tarde para que México decida invertir más en refinación de combustibles para aviación y diversificar hacia combustibles más sostenibles como el etanol, biodiésel, hidrógeno verde, combustibles sintéticos y otros.
Para concluir, la crisis de combustible para la aviación no es un evento que se haya presentado repentinamente, sino que es un proceso todavía en desarrollo, por lo que lo más probable es ver precios más altos, ajustes en vuelos, presión financiera y operativa en aerolíneas. Esta es una lección que ya deberíamos haber aprendido muy bien y actuar en consecuencia.
Al final, tenemos una advertencia: la aviación moderna, el traslado de seres humanos, bienes de todo tipo y el turismo global siguen dependiendo de un recurso sumamente vulnerable a decisiones por capricho, conflictos políticos y tensiones internacionales.
Ojalá que nuestras aerolíneas nacionales tengan listas sus estrategias para pasar esta nueva crisis, que ya ha empezado a cobrar sus primeras víctimas.
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