
El Consejo de Paz / Board of Peace y el Escudo de las Américas / Shield of the Americas son las dos piezas más visibles de la estrategia geopolítica, andamiaje de seguridad y poder que Trump impulsa desde 2025 para reordenar la arquitectura internacional y reafirmar un liderazgo estadounidense transaccional y de resultados; el complemento de MAGA (Make America Great Again), movimiento político nacionalista y populista de derecha, centrado en Trump, que busca priorizar los intereses de EE. UU.
El Consejo de Paz busca posicionarse como plataforma minilateral (el minilateralismo es un enfoque de cooperación internacional en el que un grupo reducido de países colabora de manera flexible para abordar desafíos específicos. A diferencia del multilateralismo tradicional, busca mayor rapidez y eficiencia en la toma de decisiones, centrándose en intereses comunes compartidos) para arbitrar conflictos -iniciando en Gaza y potencialmente más allá- con una fuerte personalización del mando en Trump. El Escudo de las Américas, iniciativa de cooperación militar multinacional, es su instrumento hemisférico para “erradicar cárteles” y contener la migración e influencias extra hemisféricas con el uso explícito de poder militar y coaliciones afines a los EE. UU.
Para este análisis, el denominador común en ambos casos (Consejo de Paz y Escudo de las Américas) es el espacio que funge como sistema nervioso de ambas iniciativas que dependen críticamente de la ventaja espacial estadounidense (ISR, SATCOM, PNT/GPS y alerta temprana) y se insertan en una estrategia de seguridad espacial que prioriza -como lo he señalado en diversas colaboraciones previas- asegurar la superioridad (American Space Superiority), acelerar defensa antimisiles y empujar hitos lunares como símbolos de liderazgo tecnológico y disuasión estratégica. El vínculo de estas nuevas iniciativas de Trump con su política exterior global y regional, sus promesas de campaña, y el papel de los activos orbitales y la política espacial de EE. UU., hace evidente sus propósitos.
Marco doctrinal y promesas de campaña: America First 2.0 y Peace Through Strength
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS 2025) reubica al hemisferio occidental como escenario prioritario, endurece el tono hacia los aliados europeos (carga de defensa) y reclama un mayor burdensharing (distribución equitativa de costos, responsabilidades y riesgos entre los miembros de una alianza o coalición -como la OTAN- para alcanzar un objetivo común; implica dividir contribuciones financieras, defensa militar o la gestión de los refugiados para evitar sobrecargar a una sola entidad) en el IndoPacífico, alineado con la retórica de campaña de “que otros paguen más” y usar el poder de EE. UU. sin las ataduras de la burocracia multilateral tradicional.
En la estrategia comunicacional, la Casa Blanca sintetiza su guion mediante la Paz a través de la fuerza / Peace Through Strength (doctrina de política exterior -asociada a Ronald Reagan- que postula que se puede preservar la paz y evitar conflictos mediante la creación de un poderoso ejército que disuada a los posibles agresores de atacar, el uso de la fuerza militar para terminar guerras, golpear amenazas, rearmar la base industrialmilitar y presionar a los aliados), una narrativa directamente relacionada con las promesas trumpianas de restaurar el orden por la fuerza y “ganar” negociando desde la coerción. Las coberturas mediáticas de amplio alcance describen el primer año de regreso como el gran negociador, coerción económica y disposición al uso unilateral de la fuerza para conseguir concesiones (entiéndase Venezuela, Irán y próximamente Cuba), lo que se ajusta a la identidad de campaña de mano dura y obtención de resultados rápidos.
El Consejo de Paz, reingeniería institucional del minilateralismo
Es una nueva organización -por invitación- presidida por Trump, con poderes extraordinarios: aprueba agenda, tiene veto y voto de desempate, puede revocar miembros y designar a su sucesor; se trata de una membresía ordinaria de tres años o permanente mediante aportes de USD$1,000 millones en efectivo el primer año. En su diseño, es una estructura ejecutiva presidencializada y financiada para la “consolidación de la paz”.
El lanzamiento se realizó el 22 de enero en Davos (véase mi colaboración: El espacio y el nuevo orden global, febrero 6, 2026) con 19 firmantes y 26 fundadores (sobrerrepresentación de la región MENA -Middle East and North Africa, Oriente Medio y Norte de África- /Asia; algunos latinoamericanos y europeos). La primera reunión se celebró en Washington (febrero 19, 2026) con la participación de 30–40 países entre miembros y observadores (como la Comisión Europea, Italia, Rumanía, Chequia, Grecia, Chipre), confirmando su lógica de coalición variable.
Legitimidad, fricción con la ONU y geopolítica
Previo al lanzamiento se intentó obtener el mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) para la estabilización en Gaza, sin embargo, China y Rusia pidieron eliminar del borrador las referencias al “Board of Peace”, reflejando choque de legitimidades y la sospecha de que el Consejo de Paz compite con las Naciones Unidas, pese a la retórica de “colaboración”. En Europa varios gobiernos han manifestado su escepticismo por el pago de acceso y la concentración de poder en el presidente de los EE. UU.
El Consejo de Paz encarna el minilateralismo transaccional de la era Trump, menos normas universales, más capacidad de decisión rápida y alineamiento por incentivos (políticos, financieros, de seguridad). Su éxito depende de mostrar entregables (alto el fuego verificable, reconstrucción visible) que legitimen una “eficiencia alternativa” frente a las Naciones Unidas.
El Escudo de las Américas, la expresión hemisférica del neomonroísmo operativo
El sábado 7 de marzo, en Miami, Florida, tuvo lugar la cumbre Escudo de las Américas, convocada por Trump. El objetivo de la cumbre es constituir la coalición anti cárteles (Americas Counter-Cartel Coalition) y la proclamación para usar el poder militar conjunto contra narcoterrorismo, frenar la migración y bloquear injerencias extra hemisféricas, con los EE. UU. como el arquitecto operativo (Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guyana, Honduras Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago). La narrativa asume que la única forma de derrotar a estos enemigos es empleando ejércitos (poder duro), se institucionaliza la transición de interdicción marítima (esta nueva doctrina comenzó con el bombardeo contra lanchas rápidas en altamar) a operaciones en tierra (apoyo/acción conjunta) y la figura de “narcoterrorismo” para habilitar operaciones extraterritoriales y la denegación de territorio.
Las coberturas periodísticas destacan el carácter histórico y la representación monroísta de la coalición, con notorias ausencias (México, Colombia, Brasil y Venezuela), y el énfasis en erradicar cárteles criminales (ignorando a los propios en territorio americano) con un bloque de gobiernos afines. Esta iniciativa proyecta alineamiento ideológicooperativo, subordinación de soberanía nacional y condicionalidad en la cooperación.
En la lógica del poder y la geopolítica el Escudo es un cortafuegos regional que consolida un bloque de seguridad afín, subcontrata ejecución a socios entusiastas y condiciona la prioridad de inteligencia y apoyo a la sintonía política. La estrategia geopolítica de Trump en el Escudo de las Américas es la Doctrina Monroe reconfigurada con las tecnologías del siglo XXI (el rol de los activos espaciales de EE. UU. en esta iniciativa estratégica y de seguridad) y reglas de enfrentamiento ampliadas.
El articulador tecnológico, activos espaciales y la política espacial de los EE. UU.
Ambas iniciativas son inoperables sin la ventaja espacial de EE. UU. por ello el rol de los activos espaciales de EE. UU. en la estrategia del Escudo de las Américas es fundamental. Aunque la estrategia no menciona explícitamente los activos espaciales, su doctrina militarizada y continental depende completamente del ecosistema espacial estadounidense. La integración de capacidades espaciales es indispensable en los siguientes cinco niveles: 1. ISR satelital multi-órbita y verificación, Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (Intelligence, Surveillance & Reconnaissance) se refiere a la utilización conjunta y coordinada de satélites ópticos de alta resolución situados en diferentes órbitas terrestres -baja LEO, media MEO y geoestacionaria GEO-, imágenes ópticas/SAR/IR para detectar rutas logísticas, campamentos, artillería/lancha rápida, infraestructura y producir BDA (battle damage assessment); verificación de alto el fuego (Consejo de Paz) y trazabilidad de reconstrucción y flujos ilícitos (Escudo de las Américas). 2. Geolocalización y navegación militar (GPSM / PNT), componente central en la doctrina de neutralización preventiva y sincronización operativa, para coordinar fuerzas multinacionales, ventanas de tiempo, corredores humanitarios y operaciones martierra de alta precisión, reduciendo daños colaterales y aumentando efecto disuasivo. 3. Comunicaciones satelitales seguras Satellite Communications (SATCOM), comunicaciones que utilizan activos en órbita para transmitir datos, voz y señales de video, fundamentales para operaciones críticas, defensa y conectividad global segura y mandocontrol. Incluidos los enlaces satelitales encriptados que sostienen a centros de mando en los EE. UU. y nodos regionales para unidad de esfuerzo, ciclos de decisión cortos y compartición selectiva de inteligencia (clave para coaliciones minilaterales); la coalición anti cárteles requiere redes de inteligencia espacial, enlaces satelitales en tiempo real, flujos encriptados de inteligencia y comunicaciones resilientes para tropas aliadas, sobre redes satelitales estadounidenses, por lo tanto, el poder letal del Escudo es inseparable del dominio espacial. 4. Alerta temprana / defensa antimisiles (LEOcislunar). El énfasis de la Casa Blanca en asegurar la superioridad espacial, la defensa antimisiles y la conciencia situacional (SSA) hasta el espacio cislunar busca blindar el escalón estratégico que sostiene la diplomacia coercitiva y la proyección de fuerza de baja huella, y 5. Integración hemisférica y arquitectura espacial comercial, lo que crea un nuevo marco de dependencia tecnológica donde los países del Escudo dependen del ojo y oído espacial de EE.UU. para sostener sus operaciones y comparten la misma infraestructura orbital, cuyo propietario es EE. UU.
La política espacial estadounidense como poder blandoduro. Las metas en la Luna 2028 y el puesto avanzado lunar 2030, junto con la energía nuclear espacial, son símbolos de liderazgo tecnológico y capacidad dual (civildefensa) que refuerzan la narrativa de primacía y la coalición industrial necesaria para sostener el ritmo de adquisiciones y resiliencia orbital. Sin embargo, la comunidad estratégica advierte que el auge ruso/chino en actividades contra espaciales (counterspace) y el riesgo de las armas anti satélite (ASAT, arma espacial diseñada para incapacitar o destruir satélites con fines estratégicos), incluso con dimensión nuclear exigen arquitecturas proliferadas y resiliencia ciberelectromagnética para no comprometer el andamiaje C4ISR de ambas iniciativas. Las capacidades espaciales son la columna vertebral del Consejo de Paz y el Escudo de las Américas, ya que permiten traducir la ambición de esas iniciativas en operación real. El Consejo de Paz depende considerablemente del C4ISR estadounidense, lo que refuerza el liderazgo de Washington y reduce la necesidad de consensos amplios. C4ISR es el acrónimo militar que define un sistema integrado de Comando, Control, Comunicaciones, Computación, Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento, que actúa como el sistema nervioso de las fuerzas armadas, unificando sensores y datos para proporcionar una imagen operativa común en tiempo real, lo que acelera la toma de decisiones y mejora la coordinación en tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio.
Riesgos y escenarios 2026–2028
-La doble legitimidad y litigiosidad, el Consejo de Paz puede chocar con la ONU y generar disputas de mandato, afectando a socios europeos y a la coordinación con agencias humanitarias.
-Efectos de desplazamiento (Escudo), la presión militar podría relocalizar rutas criminales y aumentar riesgos a civiles, elevando costos políticos para gobiernos aliados.
-Actividad contra espacial, los ciberataques, jamming, spoofing y amenazas ASAT podrían degradar ISR/SATCOM/PNT, abriendo ventanas de ceguera que minan la coerción diplomática y la precisión operativa. La creciente actividad contra espacial alerta sobre las tensiones y vulnerabilidad de las constelaciones estadounidenses frente a las ASAT rusos y chinos, incluidos desarrollos con potencial nuclear. Esto pone en riesgo el andamiaje operativo que hace funcional la doctrina Trump.
-Sostenibilidad presupuestaria y reputacional, la tensión entre los hitos espaciales y los recortes o repriorizaciones civiles puede afectar legitimidad tecnológica y cooperación internacional de los EE. UU. Simultáneamente, los recortes y reestructuraciones reportados en la NASA sugieren tensiones internas entre prioridades científicas y militares.
Implicaciones y recomendaciones
-Alinear reglas de juego: donde sea inevitable la cohabitación con las Naciones Unidas, propiciar co mandatos técnicos (desminado, corredores humanitarios, monitoreo satelital compartido) para reducir la fricción normativa.
-Blindar la resiliencia espacial: constelaciones proliferadas, multiproveedor, cyberhardening (proceso de proteger un sistema reduciendo su superficie de vulnerabilidad, normalmente eliminando software innecesario, desactivando servicios que no se utilizan, cerrando puertos abiertos y aplicando parches de seguridad) de estaciones espaciales y procedimientos de continuidad ante degradación de enlaces (Consejo/Escudo).
-El plan de transición en el Escudo, definir hitos de transferencia desde operaciones militares a capacidades civilesjudiciales, mitigando el riesgo de militarización permanente.
El papel estructural de los activos espaciales estadounidenses
Quizá el componente menos visible, pero más determinante, de la estrategia global de Trump es la utilización del poder espacial para sostener al Consejo de Paz, al Escudo de las Américas, así como a la doctrina de diplomacia espacial en general. La superioridad espacial de EE. UU., expone al espacio como escenario geopolítico. La orden ejecutiva del 18 de diciembre de 2025 establece -como ya se mencionó previamente- metas ambiciosas: el regreso a la Luna en 2028, un puesto avanzado lunar en 2030, el uso de energía nuclear espacial y acelerar los sistemas de defensa antimisiles desde órbita baja a cislunar. Estos objetivos no son meramente científicos; son parte de una estrategia para asegurar ventaja militar, económica y simbólica frente a China y Rusia. Resumiendo, la estrategia geopolítica de Trump en 2026 se caracteriza por la construcción de una arquitectura paralela al sistema multilateral, personalista, flexible y transaccional, cuyo propósito es acelerar resultados y consolidar un orden internacional más manejable y conveniente para los EE. UU.
El Consejo de Paz encarna esta visión, es un mecanismo de acción directa que permite a los EE. UU. coordinar coaliciones sin las restricciones de las Naciones Unidas, atrae países mediante incentivos económicos y promesas de reconstrucción, y refuerza el liderazgo estadounidense en regiones clave. Sin embargo, nada de esto sería viable sin el poder espacial de EE. UU., que actúa como el sistema nervioso central de la iniciativa permitiendo ver, comunicar, disuadir, verificar y ejecutar. En esta coyuntura, el dominio espacial deja de ser simple superioridad, para convertirse en la infraestructura geoestratégica fundamental que sustenta la nueva diplomacia espacial de fuerza.
El resultado es un escenario global más fragmentado, más rápido, más tecnológico y más competitivo, donde la disputa por la legitimidad institucional y el control del espacio definirán las dinámicas de poder de la segunda mitad de la década de 2020; constituye un punto de inflexión en la política exterior estadounidense hacia América Latina. En este escenario, el Escudo de las Américas, iniciativa legítima de seguridad por el control hemisférico, revela una reorientación estratégica radical, caracterizada por cuatro elementos centrales: 1. Militarización plena de la política antidrogas; 2. Redefinición geopolítica del hemisferio, aliados útiles vs. Estados “problema”; 3. Concepto trumpiano de “narcoterrorismo”, el marco legal que abre la puerta a intervenciones y 4. Geopolítica hemisférica, contención de influencias extranjeras.
En conclusión, el Escudo de las Américas es la primera arquitectura militar hemisférica de la historia latinoamericana cuyo centro de gravedad no está en la tierra, sino en el espacio, como segmento geoestratégico hemisférico -basado en el poder espacial- revela que el Escudo de las Américas es la versión continental del “America First” militarizado (Trump consolida un bloque ideológico de gobiernos aliados y dispuestos a delegar parte de su soberanía en operaciones antidrogas dirigidas por los EE.UU.); es un instrumento de rediseño del orden hemisférico (los Estados afines se integran; los que no cooperan son marginados y redefinidos como riesgos o “Estados fallidos”); la doctrina del narcoterrorismo abre la puerta a la intervención directa (desde bombardeos navales hasta operaciones terrestres conjuntas, pasando por capturas extraterritoriales); donde lo más significativo es que ninguna de estas iniciativas podría ejecutarse sin el poder espacial estadounidense, incluida la fuerza espacial (USSF). La participación de los presidentes de Argentina, El Salvador, Ecuador, Paraguay y Chile (electo), crea un bloque ideológico conservador alineado con Trump, donde la exclusión de México, Colombia y Venezuela es una declaración geopolítica demoledora. Estos países -los casos más críticos en el mapa del narcotráfico- aparecen ahora retratados como Estados fallidos o insuficientes, incapaces de alinear su seguridad con los EE.UU.
En suma, el Consejo de Paz y el Escudo de las Américas son dos caras de una misma estrategia re centralizar el liderazgo de los EE. UU. mediante coaliciones a modo y capacidad de acción rápida -global y regional- soportadas por la ventaja espacial y una política espacial que busca asegurar la supremacía tecnológica y militar en el espacio ultraterrestre. Si el espacio provee el sistema nervioso (ver, comunicar, sincronizar, disuadir), la doctrina provee el cerebro político (decidir y proyectar). El reto para los EE. UU. y sus socios en estas dos iniciativas será entregar resultados sin quebrantar legitimidades internas y externas en un entorno de competencia estratégica y contienda contra espacial cada vez más intensa.
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