
Después de años de volar en patrón de espera, finalmente parece que en los altos mandos castrenses alguien encendió el radar.
La Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa), a cargo de RICARDO TREVILLA TREJO, analiza la compra de una nueva generación de aviones de combate para relevar a los veteranos F-5 Tiger II, de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM), a cargo de ROMÁN CARMONA LANDA. Esos cazas que llegaron a México en 1982 cuando RONALD REAGAN ocupaba la Casa Blanca, los teléfonos eran de disco y nadie imaginaba que algún día existirían las “mañaneras”.
La noticia es positiva. Ya era hora.
Porque la realidad operativa de la FAM no admite maquillaje de cabina.
De los 10 F-5 adquiridos originalmente, en la época de JOSÉ LÓPEZ PORTILLO, apenas tres permanecen en condiciones de vuelo.
Eso significa que nuestro principal escuadrón de defensa aérea opera prácticamente con una formación mínima de supervivencia.
Y aunque los Tiger han sido nobles guerreros, que hasta salieron en un vídeo de LUIS MIGUEL, también han vivido momentos de fuerte turbulencia.
El más dramático fue el 16 de septiembre de 1995.
Durante el desfile militar sobre la Ciudad de México, un F-5E colisionó con una formación de aviones T-33 provocando una reacción en cadena que terminó con cuatro aeronaves destruidas y la muerte de cinco aviadores militares.
Aquella mañana quedó claro que incluso las máquinas más admiradas pueden convertirse en estadísticas cuando la coordinación de vuelo falla.
Como si fuera poco, hace apenas un año otro F-5 protagonizó un despiste durante maniobras de aterrizaje. Sin víctimas que lamentar, afortunadamente, pero sí, cómo consecuencia de la “austeridad republicana” y con un mensaje inequívoco para los estrategas: los Tigres están llegando al límite de su vida operativa.
Lo preocupante no es que los F-5 envejezcan. Eso es inevitable.
Lo grave es que México haya tardado tanto en planear su reemplazo.
Resulta difícil explicar cómo un país con la segunda economía de América Latina sigue defendiendo su espacio aéreo con una flota nacida en plena Guerra Fría, mientras naciones mucho más pequeñas han modernizado sus capacidades de combate y vigilancia aérea.
No se trata de jugar a la guerra ni de alimentar delirios armamentistas.
Se trata de soberanía, disuasión y capacidad de respuesta.
Porque si algo enseña la doctrina aérea moderna es que un espacio aéreo sin dientes termina dependiendo de los dientes de otros.
Entre las opciones aparecen el F-16 estadounidense, el FA-50 surcoreano, el M-346 italiano y el Gripen sueco. Este último parece particularmente atractivo por su costo operativo, versatilidad y capacidad para operar desde pistas con infraestructura limitada.
En otras palabras, un avión diseñado para países que sí hacen cuentas antes de despegar.
Claro que detrás vienen simuladores, armamento inteligente, centros de mantenimiento, logística, entrenamiento, refacciones y décadas de soporte técnico.
El cheque apenas es el comienzo del vuelo.
Ahora bien, conociendo las ocurrencias ideológicas que de vez en cuando sobrevuelan ciertos sectores del poder, existe una preocupación legítima.
Esperemos que a algún genio de la Cuarta Transformación no se le ocurra aparecer un día con la brillante idea de comprar Sukhoi rusos únicamente para hacer enojar al señor DONALD TRUMP o para presumir una independencia geopolítica de utilería.
Porque una cosa es modernizar la FAM y otra muy distinta convertir al Escuadrón 401 en una sucursal aérea de las nostalgias soviéticas.
La defensa nacional no puede elaborarse con criterios de campaña electoral ni con berrinches diplomáticos.
Los cazas no están para enviar mensajes políticos; están para interceptar amenazas, proteger el espacio aéreo y garantizar la soberanía nacional.
Los viejos Tigres ya cumplieron su misión.Ahora falta que quienes manejan el presupuesto mantengan el rumbo y aterricen una decisión basada en estrategia militar.
Porque cuando la política intenta pilotar un avión de combate, normalmente termina activando el asiento eyectable.
Y México lleva demasiado tiempo volando con combustible prestado.
¡Queda Dicho!
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