
Eliseo Llamazares
La percepción general suele apuntar al incremento del precio del combustible como el principal reto que enfrenta hoy la aviación en México y en América Latina. Si bien el aumento del Brent —por encima de los 100 dólares el barril— es un factor determinante, esta visión simplifica en exceso la complejidad del momento que vive el sector. La industria atraviesa un entorno particularmente volátil, moldeado por elementos geopolíticos, regulatorios, tecnológicos y operativos que impactan en toda la cadena de valor.
En los últimos meses, por ejemplo, se ha observado una reducción del flujo de pasajeros entre Estados Unidos y destinos tradicionalmente catalogados como “migratorios”, motivada por la incertidumbre asociada a cambios en la política migratoria estadounidense. Países como Colombia han resentido esta situación, registrando en 2025 una disminución de viajeros procedentes de EE. UU. en comparación con años anteriores.
A este fenómeno se suma la paralización temporal de vuelos internacionales desde y hacia Venezuela, resultado de operaciones militares en su zona costera. Varias aerolíneas, dependientes de rutas hacia el país sudamericano, se vieron obligadas a suspender completamente sus operaciones durante meses, afectando la conectividad regional y los ingresos asociados.
En el plano tecnológico y operativo, los problemas recientes en los motores de los aviones más eficientes han dejado en tierra a flotas completas, generando un efecto dominó en la disponibilidad de aeronaves. Como contrapartida, el mercado de wet-lease vive uno de los mejores momentos de su historia, actuando como válvula de escape para cubrir capacidad de manera inmediata ante estas disrupciones.
Paralelamente, el avión llamado a transformar los vuelos de largo recorrido, el Boeing 777X, continúa en fase de certificación, pese a que su entrada en servicio estaba prevista para el año pasado. Este retraso prolonga la presión sobre las flotas de largo alcance y limita la capacidad de las aerolíneas para planificar crecimiento.
En materia geopolítica, los conflictos activos han tenido un impacto directo en la utilización del espacio aéreo. Rutas históricas que unen Oriente y Occidente permanecen restringidas o vacías debido a sanciones y riesgos operativos asociados a regiones en guerra, como Rusia o Medio Oriente.
Más allá de estos elementos, el incremento del combustible representa un desafío transversal. La mayoría de las aerolíneas se verán obligadas a trasladar este sobrecoste al cliente final, lo que anticipa tarifas más elevadas para el verano. El contraste con Europa es notable: mientras allí el tráfico se concentra en la temporada alta y la mayoría de las aerolíneas han asegurado coberturas de combustible significativas para 2026 y 2027 —como Ryanair, con cerca del 77% y 13%, respectivamente—, en América la estrategia predominante ha sido mantener posiciones descubiertas ante años de precios estables e incluso favorables, incluso en momentos de tensión como los conflictos en Gaza y el sur del Líbano.
Ante este conjunto de factores, es evidente que la industria enfrenta un periodo de elevada incertidumbre que no afecta únicamente a las aerolíneas, sino también a aeropuertos, destinos turísticos y todo el ecosistema relacionado. Esta coyuntura vuelve a poner a prueba la reconocida resiliencia del sector aéreo, que ya demostró su capacidad de adaptación durante la pandemia. Sin embargo, será indispensable reforzar los mecanismos de colaboración público-privada y promover sinergias entre actores del ámbito privado para apuntalar el crecimiento y fomentar la consolidación en un mercado donde aún operan numerosos jugadores vulnerables.
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







