
Desde la mesa redonda de la alta dirección, minimizar el riesgo reputacional equivale, en los hechos, a asumir un riesgo adicional para la seguridad operacional. Esta realidad queda nuevamente expuesta a partir de un video que circula en diversas plataformas digitales, en el cual quien ostenta -por mandato legal- la responsabilidad última de la seguridad del vuelo, evidencia públicamente las malas prácticas dentro de la organización que representa. Lamentablemente, el caso dista de ser un hecho aislado.
No resulta difícil inferir que determinadas organizaciones han normalizado desviaciones en sus procesos, abarcando desde lo técnico y operacional hasta lo estrictamente administrativo y de gestión. Estas conductas, lejos de corregirse mediante los canales institucionales previstos por los Sistemas de Gestión de la Seguridad Operacional (SMS), parecen formar parte de una cultura organizacional tolerante al incumplimiento.
El desenlace suele ser predecible. Tal como señala el propio protagonista del video, la consecuencia inmediata no es la corrección del desvío, sino el cese de labores del denunciante bajo argumentos recurrentes como: “no alinearse con la cultura corporativa”; “cambios organizacionales” o, en su forma más cínica, “por necesidades del servicio”. Estas últimas pueden traducirse en reasignaciones geográficas inviables como si de una pila se tratara, p.ej., trasladar a un colaborador de Mérida a Ensenada, ¿Recuedan Eveready? como si la vida personal, familiar y profesional fuese irrelevante y aún así la algarabía de implementar acciones como las de la docena sucia y mandar nuevamente a capacitación al personal en afán de proteccionismo, nepotismo o paternalismo escudándose en la “cultura justa”.
Lo verdaderamente alarmante es la reiterada carencia de ética directiva al encubrir malas prácticas. Se olvida con frecuencia que quienes hoy toman decisiones desde posiciones de poder también pueden verse mañana sometidos al mismo escrutinio público y legal. En aviación, la rueda de la fortuna gira con rapidez.
Exigir perfiles altamente especializados a cambio de salarios de nivel analista; tolerar golpes a las aeronaves sin reporte adecuado; trasladar personas en compartimientos de carga; instalar componentes sin trazabilidad documental. La lista es extensa y refleja no solo creatividad mal entendida, sino una peligrosa erosión de los principios básicos de la industria. Sin embargo, el foco no debe centrarse únicamente en el catálogo de irregularidades, sino en lo que el video pone de manifiesto: aún existen profesionales con un sólido compromiso ético, dispuestos a priorizar la seguridad aun cuando ello comprometa su estabilidad laboral.
En paralelo, proliferan discursos corporativos y memes sobre retención de talento, mejores prestaciones, jornadas laborales “flexibles” o incentivos triviales como pizzas y reconocimientos simbólicos. No obstante, tras la narrativa atractiva suele aparecer el desencanto, cuando la realidad operacional contradice los valores declarados.
La aviación civil es una disciplina construida sobre décadas de análisis, investigación y mejora continua. Cuenta con múltiples áreas de especialidad y marcos normativos robustos. Pero también, inevitablemente, convive con actores que erosionan su credibilidad desde dentro. Aun así, respaldar acciones como las evidenciadas en el video resulta imprescindible. Muchos profesionales compartimos la convicción de que la ética y el profesionalismo no son negociables.
Solo a través de una cultura organizacional verdaderamente ética, donde la voz técnica sea escuchada y protegida, será posible avanzar hacia un auténtico Horizonte Seguro. Levantar la voz no es un acto de rebeldía: es una obligación profesional.
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