
¿Se acuerdan cuando Katya Echazarreta subió al espacio en la cápsula de Blue Origin en 2022? Yo me quedé pegado a la pantalla viendo cómo una joven ingeniera nacida en Guadalajara flotaba allá arriba, a 100 km de altura, y sonreía como si estuviera en su casa. Fue la primera mujer mexicana en cruzar la línea de Kármán, y aunque el vuelo duró solo unos minutos, para mí representó algo mucho más grande: una puerta que se abre de golpe y deja entrar luz a un espacio que parecía reservado para otros.
Desde entonces no dejo de pensar en cuántas mexicanas están haciendo trabajo serio en el espacio, pero sin tanto reflector. Katya misma, antes de ese vuelo, ya había contribuido como ingeniera en la NASA. Ella es un ejemplo vivo de que el talento mexicano está ahí, contribuyendo en cosas concretas como el brazo robótico de un rover o el soporte para naves que van a explorar lunas de Júpiter.
Pero no es solo ella. Ali Guarneros Luna, originaria de la Ciudad de México, es ingeniera aeroespacial en el Centro Ames de la NASA en Silicon Valley. Ha trabajado en el diseño y despliegue de CubeSats —esos satélites pequeños que abren el acceso a la investigación espacial para más gente— y en sistemas que ahorran tiempo y dinero en misiones. Su historia me impresiona porque llegó a California como inmigrante después del sismo del 85, crió familia y aún así se abrió camino en un lugar donde las latinas eran poquísimas.
Otra que siempre me viene a la mente es Dorothy Ruiz Martínez, de Matehuala, San Luis Potosí. Ingeniera aeroespacial graduada en Texas A&M, trabaja como operadora de vuelo para la Estación Espacial Internacional. Imagínate: sentada en control, guiando operaciones en órbita, asegurándose de que todo funcione mientras la estación da vueltas alrededor de la Tierra cada 90 minutos.
Y todavía hay más, como Nadia Zenteno, de Ciudad Juárez, que junto a su equipo MatXSpace desarrolló un material innovador que se lanzó desde el Kennedy Space Center para probarse en el espacio. Si pasa las pruebas, podría usarse en satélites o estructuras orbitales. Son historias de mujeres que no solo participan, sino que empujan límites: desde materiales resistentes al vacío hasta software que ayuda a rovers a decidir solos en Marte.
Lo que más me mueve cuando platico con gente del medio o veo estas trayectorias es cómo estas mujeres traen una perspectiva única. Han lidiado con dudas familiares, con entornos donde las cuestionan por ser mujeres en ingeniería, con horarios que chocan con la vida personal. Esa resiliencia se traduce en equipos más creativos, en soluciones que nadie más ve. Y cuando una niña en un pueblo de la sierra de Oaxaca ve a Katya o a Ali hablando de órbitas o de CubeSats, algo se enciende: la idea de que “esto también puede ser para mí”.
El espacio ya cambió. Ya no es solo cohetes enormes y astronautas con trajes blancos. Es diseño de antenas que captan señales débiles, código que predice fallas antes de que sucedan, materiales que aguantan temperaturas extremas. Las mexicanas están metidas en eso, aportando desde el control de misión hasta el laboratorio. Cada vez que una de ellas lidera un proyecto o resuelve un problema técnico, se rompe un poco más la idea de que el espacio es territorio exclusivo de unos cuantos países o perfiles.
Creo que estamos en un punto donde podemos elegir: seguir celebrando estas historias como excepciones hermosas o empezar a construir puentes para que más mexicanas suban desde aquí. Becas para posgrados espaciales, alianzas que traigan proyectos reales a universidades mexicanas, programas de mentoría que conecten a las que están afuera con las que quieren entrar, y sobre todo, comunicación que les diga a las adolescentes: “mira, ellas lo hicieron, tú también puedes”.
Katya ha repetido varias veces que no quiere ser la última. Yo creo que va más allá: no quiere que ninguna sea la única. Y mientras más veamos a mexicanas en roles clave —ya sea diseñando hardware para la Luna, operando la ISS o lanzando experimentos desde el Kennedy Space Center—, más normal se va a sentir que el espacio hable con acento mexicano.
Ojalá el siguiente gran avance no sea solo una nota aislada que aplaudamos y olvidemos. Ojalá sea el comienzo de una ola donde ellas suban, lideren y nos lleven a todos un poquito más cerca de las estrellas. Porque cuando ellas suben de verdad, el cielo se siente más nuestro.
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