
Hay fechas que marcan un antes y un después en la historia. A veces nos han tocado a nosotros mismos por lo que representan en el concierto geopolítico o por la manera como las experimentamos.
¿Qué estaba haciendo usted esa mañana del 11 de septiembre del año 2001 cuando se enteró que un avión se había estrellado contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York? ¿Le tocó presenciar por medio de la televisión el impacto de la segunda aeronave? Los que hace veinticinco años ya éramos todos unos adultos seguramente tenemos algo que contar respecto a esa tristemente recordada fecha.
Aunque no suene muy congruente con mi perfil, este amigo suyo y analista aeronáutico esa mañana se encontraba aprendiendo de cerraduras en una fábrica en Maulding, Carolina del Sur en los Estados Unidos en lugar de deambular por alguna terminal aérea. Y es que debo ser honesto, una parte importante de mi vida profesional la he dedicado a las ventas industriales y al servicio al cliente, actividades que siempre he procurado combinar con alguna componente aeronáutica, principalmente relacionada con la formación y la divulgación.
En el momento en el que una compañera me explicaba el proceso de fabricación de una pieza, otra colega se acercó alarmada a nosotros para comentarnos que un avión de aerolínea se había estrellado en Nueva York, concretamente en Wall Street. ¿Un avión comercial se estrelló en pleno Manhattan? ¿Cómo es posible? —pensé; la idea me parecía alarmante y desencadenó tan súbito resurgimiento de mi parte aeronáutica que abandoné la línea de producción cerraduras y me encaminarme hacia el área de oficinas con el objetivo de obtener detalles de lo ocurrido.
Tal y como la historia registra no hubo tal accidente aéreo concretamente en Wall Street, sino por lo menos cuatro atentados en Estados Unidos empleando aeronaves como instrumento de terror, incluyendo de manera destacada los impactos de dos Boeing 767-200s de pasajeros, uno de American Airlines y otro de United contra las icónicas torres en el sur de Manhattan, lo que obligó a las autoridades norteamericanas a hacer algo inédito y hasta ahora irrepetible: cerrar completamente su espacio aéreo, forzando a todas las aeronaves civiles en vuelo dentro de él a aterrizar en el primer aeropuerto que encontrasen.
Pegado a un televisor compartí con los presentes la consternación que generaban los eventos. De pronto una compañera hizo uso de la palabra para declarar que literalmente “había que matar todos los iraquíes” ¿A mujeres, niños y ancianos también? —le pregunté, a lo que respondió con un contundente: “A todos, dentro y fuera de Iraq”. ¡Hay que erradicar a los árabes!” —enfatizó. ¡Vaya! entonces más me vale esconderme toda vez que soy nieto de iraquíes, —le dije. Jamás se esperó una respuesta así…
Debo de hacer un paréntesis: Este columnista no se traga el cuento de que el gobierno de Bush no sabía que los ataques iban a tener lugar, como no acepta los cuentos de que el gobierno de Roosevelt no había sido informado con anterioridad de la intención de los japoneses de atacar Pearl Harbour en 1941 o que el gobierno de Netanyahu desconocida que los de Hamas harían su carnicería en Israel en octubre del 2026. Me parece que los tres lamentables casos, a los cuales sin duda veo como crueles eventos, dos de ellos terroristas y uno de guerra, se convirtieron en el mejor pretexto que algunos políticos justificadamente o no necesitaban para atacar a otras naciones y meter a su país en sendas y devastadoras guerras.
Pero volvamos al 11 de septiembre y a Carolina del Sur:
Total, la empresa suspendió labores y nos mandó a todos a nuestros hogares, en mi caso a mi hotel, camino al cual noté que las calles estaban semivacías y quienes circulaban por ellas lo hacían con el rostro verdaderamente descompuesto. ¡Parece un escenario de guerra!, comentó el chofer que me transportaba. Fue cuando comprendí que había concluido mi vista a Maulding y que ahora debía regresar a México tan pronto como me fuese posible, ¡no vaya a ser que se arme la grande!
En el marco de la disrupción total en el aerotransporte nacional e internacional en los Estados Unidos me vi en la necesidad de encontrar medios alternativos para trasladarme hasta la Ciudad de México. En una primera instancia recurrí a un automóvil rentado que entregaría en Laredo, Texas, donde cruzaría la frontera mexicana. Ya en camino decidí hacer una pernocta en los alrededores del aeropuerto “Hartsfield” de Atlanta, Georgia. Por la mañana noté que la terminal aérea ya estaba operando. Hablé a Delta y se me informó que tenían planeado realizar un vuelo hacia el aeropuerto “Benito Juárez”, logrando que se me asignase un asiento en el. Desgraciadamente el vuelo terminó por cancelarse de último momento, pero conseguí que se me protegiese en uno con destino a San Antonio, Texas, lugar desde el cual pensé me sería mucho más fácil acceder a México, lo cual terminó siendo el caso luego de que poco antes de abordar el avión escuché a un caballero solicitar por teléfono a alguien que lo esperasen en el puente fronterizo de Nuevo Laredo, donde entregaría el auto que pretendía rentar en San Antonio. Ni raudo ni perezoso me le presenté pidiéndole ahora sí que un aventón, mismo que no finalizó en Laredo sino que hasta en el Aeropuerto “Mariano Escobedo” de Monterrey, Nuevo León, desde donde emprendí la última etapa de mi viaje a casa a bordo de un avión de Aeroméxico.
Esos dos primeros vuelos que hice tras los ataques, es decir el Atlanta-San Antonio y el Monterrey-México me dieron una primera probada de lo que los usuarios del aerotransporte habríamos de enfrentar a partir de ese momento a la hora de intentar acceder a un avión, medidas que no puedo definir de otra manera que como abusos contra el pasajero y como atentados contra los esfuerzos para facilitar el aerotransporte en el marco del Anexo 9 “Facilitación” al Convenio de Chicago sobre Aviación Civil Internacional. En nada ayudó a estas complicaciones que unos meses después del 11 de septiembre y antes de que concluyese el año 2001, un desgraciado e imbécil pasajero en un avión de American Airlines intentase detonar explosivos que había colocado en sus zapatos, lo que provocó que por años, quienes pasábamos por filtros de seguridad en los aeropuertos tuviésemos que quitarnos el calzado para su revisión, sumando retrasos, molestias en los procesos e incrementos en los costos.
Creo entonces que tanto a los aeronáuticos como a los favorecedores del aerotransporte mundial nos queda claro que la herencia del 11 de septiembre del 2001, independientemente de algunos blindajes de seguridad que no estoy seguro sean realmente efectivos, ha sido una de retroceso en la calidad del servicio en el aerotransporte y por ende en detrimento de su competitividad, de ahí que la fecha resulte sumamente importante en las efemérides del sector.
Con esta entrega, además de honrar la memoria de las víctimas de los ataques, ya fuesen ocupantes inocentes de las aeronaves o personas en tierra, deseo nuevamente alertar sobre el impacto negativo en el aerotransporte global producto de la imposición, bajo el pretexto que sea, de onerosos lastres innecesarios como me quedan claro resultan algunas de las absurdas, inconsistentes o por lo menos mal entendidas medidas preventivas en los aeropuertos del mundo, aplicadas, principalmente contra los pasajeros a partir de esta tristemente recordada fecha que acaba de cumplir un cuarto de siglo, de la que hay que decirlo, ni el mundo, ni los familiares de las víctimas y claro está, nos guste o no, ni esa gran protagonista que fue la aviación, se han recuperado.
Dicho en otras palabras, me duele el 11 de septiembre y por ello nunca voy a estar en contra de cualquier medida que busque prevenir un acto de interferencia ilícita contra la aviación civil siempre y cuando la misma tenga sentido y se aplique de manera uniforme entre los Estados Contratantes de la Organización de Aviación Civil Internacional que hayan ratificado el Convenio de Chicago. A lo que siempre me voy a oponer es a que con el pretexto de la seguridad se abuse de los usuarios del aerotransporte, incluyendo quienes laboran en aire y tierra en el con revisiones sin sustento y sin uniformidad global aplicadas por personal sin la debida capacitación, tal y como me temo ocurre todavía, —es más crecientemente, en muchos aeropuertos, incluyendo la mayoría de los mexicanos.
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