
Seguramente usted, estimado lector (a) recuerda con cariño su paso por alguna empresa, tal y como puede ser el caso que su experiencia con cierta organización en la cual usted prestó sus servicios, cualquiera que sea la razón, no le haya resultado del todo grato.
A lo largo de una vida profesional que comenzó en el año 1983 en la entonces Dirección General de Aeronáutica Civil, dependiente de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes de México, es decir las famosas DGAC y SCT, este columnista ha pasado por la nómina decenas de entidades públicas y privadas, algunas de ellas de la mayor importancia inclusive a nivel global.Quienes hacemos las cosas con pasión y ahora sí que, aplicando el lenguaje de la mercadotecnia, tendemos a calificar nuestras vivencias ya sea como todos unos favorecedores, como neutrales (debo que admitir que las menos de las veces) o como verdaderos detractores de esas organizaciones.
He tenido la oportunidad de compartir en el pasado en textos publicados en los espacios editoriales que me ofrecen los medios del Grupo T21 algunas experiencias negativas que he experimentado, caso notable de la que transcurrió con mi paso, no hace mucho tiempo, por las filas de la que se considera es la operadora más grande el mundo de servicios de apoyo en tierra a las aeronaves, conocida como Swissport, como he comentado lo afortunado que me he sentido de haber sido parte del talento de empresas como Aeropuertos y Servicios Auxiliares y la carguera queretana RegionalCargo, ambas generándome enormes satisfacciones, y lo más importante, amistades.
En esta oportunidad me voy a dar el gusto de invocar el recuerdo de una aerolínea que dejó de volar en un mes de agosto como éste, pero del año 2010 y que, dada la frecuencia con la que es mencionada en las redes sociales, a quienes somos fans de esos medios de comunicación y de difusión de contenidos nos queda claro se mantiene positivamente en la memoria de muchas personas, en especial en la de aquellos que alguna vez portamos su uniforme; me refiero a la Compañía Mexicana de Aviación, es decir, la verdadera y no la que se nos ha estado intentando presentarnos como resurgida por parte del obradorato.
Y es que evocar a Mexicana, en particular a la de tiempos de Don Manuel Sosa de la Vega, equivale a sentir una profunda emoción, caracterizada, por lo menos en mi caso, por un enorme sentimiento de privilegio y agradecimiento, de ahí que no dudo darle “like” con todo y corazón rojo, cuando alguien postea algo que nos la recuerde.
Disfruto ver su memorabilia o las fotos que se comparten, por ejemplo de sus tripulaciones o de las aeronaves que volaban, incluyendo las de ese que bien puede terminar siendo el avión comercial más venerado de la historia (el Boeing 727), que no es el modelo de aerotransporte más vendido, ni el más grande o espectacular, sino que como Mexicana que tampoco fue la aerolínea más grande, son poseedores de una magia que me temo solamente podemos apreciar quienes volamos en el 727, en Mexicana o trabajamos y volamos como empleados en ese binomio.
Ojalá y uno pudiera decir lo mismo de todos sus patrones, algo que no siempre es posible; aun la misma Compañía Mexicana de Aviación tenía enormes deficiencias y retos, entre otros temas, en materia de gestión de su talento. Con todo y ello soy de los que piensan que era extraordinaria, al grado que se convirtió en una entrañable escuela, evaluación que siento comparten muchos de los lectores de este espacio, a los que les dedico esta entrega, sabedor de que, como su servidor, la extrañan y mucho.
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







