
Al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), le quedan pocas semanas para rendir examen ante el mundo, pero el muelle luce aún en faena.
Mientras la cuenta regresiva rumbo al Mundial navega con reloj suizo, en la principal terminal aérea del país todavía se respira polvo de obra, pasillos cerrados, rutas improvisadas y esa vieja costumbre de confiar en que la marejada no nos alcance.
El director del AICM, JUAN JOSÉ PADILLA OLMOS, tiene una travesía complicada: mantener a flote un aeropuerto saturado mientras se le cambia la cubierta a toda prisa.
No es tarea menor. Pero una cosa es administrar infraestructura y otra gobernar la percepción pública.
Y hoy, la brújula ciudadana marca tormenta.
Porque el pasajero no revisa bitácoras ni contratos.
El pasajero vive la travesía. Y lo que encuentra son trayectos más largos, zonas acordonadas, señalización provisional, filas interminables y una terminal donde la comodidad parece haberse ido por la borda.
Eso sí, hay algo impecablemente terminado: la presencia institucional.
El AICM está forrado con logotipos, insignias y el ancla de la Secretaría de Marina.
Cada muro y cada acceso recuerdan que el aeropuerto es territorio de los hombres de la mar.
Lo que aún no queda claro es si también será puerto de eficiencia y buen servicio.
La estampa diaria deja escenas que no deberían verse en una terminal internacional: personal arreando flujos humanos con megáfonos, instrucciones gritadas entre ecos, pasajeros desplazados en bloque como romería, viajeros buscando puertas y filtros como quien busca salvavidas en cubierta.
Más que hub global, por momentos parece operativo de contingencia.
Y mientras tanto, varias obras estratégicas siguen navegando con retraso.
Equipaje, elevadores, accesibilidad y áreas sensibles continúan bajo presión de calendario.
Traducido al idioma del usuario: más espera, más desgaste y mayor riesgo reputacional justo cuando México abrirá sus puertas al planeta.
Porque el Mundial no solo traerá aficionados.
Traerá cámaras, comparativos y millones de ojos atentos al detalle.
El aeropuerto será la primera aduana emocional del país.
Ahí comenzará el verdadero partido de la imagen nacional.
Nadie discute que modernizar el AICM era indispensable.
Debió hacerse hace tiempo. Lo cuestionable es haber dejado avanzar la marea hasta convertir una renovación necesaria en maniobra de última llamada.
En aviación y en la mar hay una verdad elemental: no basta con zarpar, hay que llegar a tiempo.
Y hoy el AICM avanza entre oleaje, con el mundo mirando el puente de mando.
La pregunta final es inevitable:
¿Hasta cuándo harán cambios en el timón?
¡Queda Dicho!
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