
Es un hecho que un buen gobierno debe estar bien preparado para poder servir al pueblo. No se puede avanzar si nuestros representantes no saben leer, escribir o siquiera expresarse. Un legislador que afirma que Kuwait está en México, otra que la NASA está en Veracruz y preparan todo para llevar café a otro planeta, no se diga el que ni siquiera puede leer de corrido; todo esto nos demuestra la necesidad de empezar a cuidar el nivel de nuestros legisladores y, como cualquier empresa, poner las condiciones para emplearlos.
En cualquier trabajo te piden experiencia, certificados, otros idiomas, y no solo eso: te hacen exámenes de competencia físicos y psicológicos constantemente.
El ser representante de una nación como México conlleva una gran responsabilidad que no se le puede dar a personas que no demuestren su valía.
México es un gran país; para que prospere necesitamos profesionales y personal que realmente sea leal y dedicado, que le tenga amor a la patria y no al dinero.
Pero aquí no termina todo, porque reconocer lo que falta es ya el primer paso hacia la transformación.
La esperanza no es ingenua: es exigente.
Por eso, así como hemos alzado la voz para señalar las carencias, tenemos también la fuerza y la razón para construir el camino contrario.
Imaginemos por un momento un México donde cada servidor público —desde el legislador hasta el más pequeño funcionario municipal— haya pasado por procesos rigurosos de capacitación, evaluación ética y certificación de conocimientos. Donde no se llegue al cargo por influencias, sino por méritos. Donde quien nos gobierne entienda que su trabajo es servir, no servirse. Ese México no es un sueño lejano: es el resultado de una exigencia ciudadana constante, organizada y llena de esperanza activa.
Profesionalizar a nuestros gobernantes es el cimiento de una verdadera democracia. Es invertir en certeza, en dignidad y en futuro. Porque cuando quienes toman las decisiones están verdaderamente preparados, las políticas públicas dejan de ser ocurrencias para convertirse en soluciones duraderas. La preparación no quita el corazón al servicio público: lo potencia. Un gobernante capaz y con vocación puede transformar la realidad porque entiende lo que hace, sabe por qué lo hace y lo hace pensando en el bien común.La esperanza, entonces, no está en esperar a que llegue una persona virtuosa por casualidad, sino en construir un sistema que forme, seleccione y respalde a las mejores. Eso está en nuestras manos como sociedad. Exigir perfiles, respaldar reformas que fortalezcan el servicio profesional de carrera, participar en los procesos de vigilancia ciudadana y, sobre todo, no normalizar la ignorancia en el poder. Cada voz que pide preparación es un ladrillo más en el edificio de un México con gobierno de altura.
Sí, hemos visto ejemplos bochornosos. Pero esos episodios no definen nuestro destino: nos definen las decisiones que tomamos para que no se vuelvan a repetir. Profesionalizar a quienes nos gobiernan es un acto de justicia social, de amor por nuestra tierra y de fe en lo que podemos llegar a ser. Porque un país que exige excelencia a sus gobernantes es un país que se respeta a sí mismo y que camina con paso firme hacia un futuro donde la esperanza deje de ser un consuelo y se convierta en realidad cotidiana.
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