
La reciente visita del ministro de Ciencia y Tecnología de China, Yin Hejun, al Laboratorio de Instrumentación Espacial de la UNAM ha puesto de nuevo sobre la mesa una conversación inevitable: el futuro de la colaboración espacial mexicana en un escenario multipolar. Durante el encuentro, el funcionario conoció de cerca los avances de la Misión COLMENA-2, los microrrobots de COLMENA-1 y la nueva generación de vehículos diseñados para explorar y prospectar recursos en la superficie lunar. Expresó interés en apoyar la continuidad del proyecto y dejó abierta la puerta a posibles colaboraciones. Gustavo Medina Tanco, responsable de la misión, ya mantiene vínculos con institutos chinos y con la Academia de Ciencias de China.COLMENA-2, prevista para finales de esta década, busca dar un paso más ambicioso: desarrollar sistemas capaces de navegar de manera autónoma, comunicarse entre sí y realizar tareas de prospección mineral en condiciones extremas. Se trata de un proyecto gestado en la UNAM, impulsado por estudiantes e investigadores mexicanos, que continúa la línea iniciada con COLMENA-1. Aquella primera misión, embarcada en el módulo Peregrine, no logró alunizar, pero dejó capacidades técnicas, experiencia y una generación de jóvenes formados en ingeniería espacial de alta complejidad.Evaluar una eventual alianza más estrecha con China en este contexto requiere mirar con serenidad tanto las ventajas como los desafíos.Entre los aspectos positivos destaca el acceso a capacidades que China ha desarrollado de manera sostenida en exploración lunar. Una colaboración podría acelerar el desarrollo de sistemas más robustos para COLMENA-2, facilitar pruebas o componentes, y fortalecer la formación de especialistas mexicanos en robótica autónoma, sensores de prospección y supervivencia en ambientes extremos. Diversificar socios reduce la dependencia de un solo actor y abre espacios para que el talento nacional adquiera experiencia práctica. Como ha señalado Medina Tanco, el espacio no tiene fronteras y la ciencia tampoco debería tenerlas.Al mismo tiempo, existen consideraciones que no pueden ignorarse. La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China se extiende al dominio espacial. Una colaboración más visible con institutos chinos podría generar fricciones con socios tradicionales. Restricciones de exportación de tecnología de doble uso, preocupaciones sobre propiedad intelectual y posibles limitaciones en el intercambio de datos son elementos que cualquier acuerdo debería contemplar con claridad.Las repercusiones sobre la relación con la NASA no tienen por qué ser automáticas. La cooperación entre México y la agencia estadounidense tiene raíces profundas que se remontan a los años sesenta. Durante el programa Apolo, la estación de seguimiento de Guaymas, en Sonora, formó parte de la red mundial de comunicaciones de la NASA (Manned Space Flight Network). Operativa desde 1961, participó en el seguimiento de las misiones Mercury, Gemini y Apolo, con personal binacional que incluía a más de cuarenta técnicos mexicanos. En el mismo periodo, astronautas del programa Apolo realizaron ejercicios de entrenamiento geológico en el Pinacate, en el desierto de Sonora, aprovechando su paisaje volcánico de cráteres y flujos de lava que simulaba condiciones lunares.Décadas después, en 1985, Rodolfo Neri Vela se convirtió en el primer astronauta mexicano al volar a bordo del transbordador Atlantis en la misión STS-61-B. Como especialista de carga, participó en el despliegue del satélite Morelos-II y en experimentos mexicanos, consolidando un hito de colaboración directa. Más recientemente, el nanosatélite AztechSat-1, desarrollado con apoyo de la Agencia Espacial Mexicana y lanzado en colaboración con la NASA, demostró capacidades de comunicación intersatelital. La visita a México del entonces administrador de la NASA, Bill Nelson, en abril de 2024, reafirmó estos lazos al reunirse con autoridades, la UNAM, el IPN y la AEM para explorar oportunidades en ciencia de la Tierra, exploración y formación de talento.Esta trayectoria muestra que es posible mantener colaboraciones paralelas cuando se definen con precisión los ámbitos de trabajo y se respetan los marcos legales de cada parte. México podría optar por un enfoque de diplomacia científica cuidadosa: preservar los vínculos históricos con la NASA en áreas de interés compartido, al tiempo que explora cooperaciones puntuales y bien delimitadas con China en proyectos como COLMENA-2. La clave estaría en la transparencia, en la protección del conocimiento generado en México y en el mantenimiento de la autonomía de decisión.Más allá de las alianzas específicas, el verdadero activo de COLMENA sigue siendo el talento. El proyecto ha demostrado que es posible formar especialistas capaces de diseñar, construir y operar sistemas complejos con recursos limitados. Cualquier colaboración internacional debería evaluarse, en primer lugar, por su capacidad de potenciar esa formación, de generar conocimiento propio y de posicionar a México como un actor que aporta valor.El espacio del siglo XXI se está construyendo con múltiples vías de acceso. Para un país como México, la decisión estratégica no consiste en elegir un solo camino, sino en navegar con inteligencia entre ellos, cuidando tanto las oportunidades de aprendizaje como la consistencia de sus relaciones científicas de largo plazo. COLMENA-2 ofrece, en ese sentido, un laboratorio no solo de robótica lunar, sino también de diplomacia tecnológica.“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







