
Próximamente, cuatro astronautas orbitarán la Luna en la misión Artemis II de la NASA. La nave Orion validará sistemas de soporte vital a 400 mil kilómetros de distancia, algo que no ocurre desde 1972. Por otra parte, México firmó los Acuerdos Artemis y forma parte del marco legal, pero sigue sin aportar tripulantes ni carga científica. Cuando observo este momento histórico, me detengo a reflexionar sobre lo que significa para nosotros: un país con talento probado que, sin embargo, permanece de observador.
Rodolfo Neri Vela voló en 1985 como el primer mexicano en una misión orbital. Cuarenta años después, ninguna persona nacida en México ha regresado a orbitar la Tierra, aunque destaca Katia Echazarreta, nacida en Guadalajara, que completó un vuelo suborbital en 2022. Esta ausencia me lleva a preguntarme: ¿por qué seguimos sin tener un programa de formación de astronautas en México?
Para quien diga que esto es un lujo, le respondo: Los vuelos tripulados generan beneficios que tocan la vida diaria. Las investigaciones en microgravedad producen cristales de proteínas más puros que aceleran el desarrollo de fármacos contra el cáncer y la osteoporosis. Los estudios sobre envejecimiento óseo y muscular ofrecen datos que ningún laboratorio terrestre puede replicar con la misma exactitud, mientras que las tecnologías de reciclaje de agua y aire mejoran sistemas de purificación en comunidades remotas. Cada hora de información recogida por astronautas multiplica aplicaciones prácticas aquí en la Tierra.
México enfrenta desafíos concretos en salud pública que el espacio puede ayudar a resolver. Una población que envejece necesita soluciones contra la pérdida ósea y los problemas cardiovasculares. Además, la presencia de un compatriota en órbita actúa como catalizador educativo: estudiantes que ven a alguien como ellos en el espacio eligen carreras STEM con mayor convicción, y las universidades registran aumentos en inscripciones en carreras científicas y técnicas cuando los proyectos nacionales ganan visibilidad. Este efecto se siente con más fuerza en comunidades donde las limitaciones socioeconómicas dificultan acceder a la educación universitaria.
Contamos con activos reales. El Laboratorio de Instrumentación Espacial de la UNAM, demostró capacidad en Colmena. Instituciones como el IPN y la UPAEP acumulan experiencia en instrumentación y nanosatélites. Ingenieros mexicanos ya fabrican trajes espaciales, sistemas de propulsión y software de navegación en programas internacionales. Nuestra posición geográfica favorece el seguimiento de misiones y abre puertas a lanzamientos futuros. Los Acuerdos Artemis ofrecen vías de colaboración en hábitats lunares y operaciones cislunares.
Sin embargo, la falta de acción cobra un precio que duele observar de cerca. En conversaciones con colegas y egresados, escucho historias repetidas. Egresados de la UNAM con doctorados en ingeniería aeroespacial desarrollan ahora tecnologías avanzadas en laboratorios de Japón. Egresados del IPN contribuyen en proyectos clave de la ESA y en SpaceX. Muchos de ellos me han confesado que quisieran regresar a México, aportar al país que los formó y educar a la siguiente generación, pero no encuentran oportunidades de empleo en temas espaciales aquí. Esta fuga de cerebros nos empobrece justo cuando más necesitamos ese talento.
Esta realidad adquiere mayor peso en la época actual. La inteligencia artificial avanza a pasos agigantados y redefine nuestra sociedad: desde la autonomía en sistemas hasta el análisis masivo de datos. El espacio tripulado se convierte en uno de los campos donde la IA se prueba en condiciones extremas —navegación autónoma en entornos hostiles, toma de decisiones sin comunicación en tiempo real con la Tierra—. Quienes dominan esta convergencia de IA y espacio definirán ventajas estratégicas en las próximas décadas. Perder a nuestros mejores ingenieros significa ceder terreno en esa frontera.
El gobierno, la academia y el sector privado deben actuar con urgencia. Se necesita un programa nacional de candidatos a astronautas con criterios claros de formación, aptitud física y experiencia en entornos extremos. Las alianzas con la NASA y la ESA pueden incluir entrenamiento conjunto y cargas útiles mexicanas en misiones Artemis. Las universidades requieren simuladores y laboratorios de fisiología espacial. Las empresas deben invertir en tecnologías de soporte vital que luego exporten.
Artemis II despegará pronto. Artemis III planea el alunizaje en el polo sur lunar. El calendario no espera. México puede aportar instrumentación para medir radiación o sistemas de comunicación para bases futuras, y al mismo tiempo preparar tripulantes para misiones posteriores. Cada mes de retraso estrecha el margen.
Me pregunto cómo nos juzgarán las próximas generaciones si seguimos como espectadores. La humanidad regresa a la Luna con planes de estancia prolongada. El talento mexicano existe —las instituciones lo han demostrado—. El momento de decidir es ahora. Subamos al espacio, ocupemos nuestro asiento en esa cabina y reclamemos el futuro que estamos dejando escapar.
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