
En un mundo donde la exploración espacial se ha convertido en sinónimo de innovación y poderío tecnológico, México ha demostrado que su capital humano no solo compite, sino que destaca en escenarios internacionales. Basta con ver los aportes recientes de ingenieros y científicos mexicanos en proyectos de la NASA y otras agencias para entender que nuestro país posee una reserva de talento capaz de impulsar proyectos espaciales de envergadura. Sin embargo, mientras estos profesionales brillan en el extranjero, en casa enfrentamos el reto de canalizar ese potencial hacia iniciativas propias. Es momento de reflexionar sobre cómo transformar esta diáspora de conocimiento en un motor de desarrollo nacional.
Tomemos el caso de Arlette Pamela Silva Hernández, ingeniera bioquímica de Guerrero, quien lideró contribuciones clave en el proyecto MCB-1 (Mecanismo Biomimético Compatible-1). Este experimento, lanzado a la Estación Espacial Internacional (ISS) en noviembre de 2024 a bordo de la misión CRS-31 de SpaceX, prueba un “material inteligente” inspirado en fibras musculares, capaz de resistir temperaturas de -100°C a 120°C y cambiar de forma gracias a su memoria térmica. Desarrollado por el grupo MatXSpace, el MCB-1 representa un avance en biomimética aplicada al espacio, con potencial para satélites, exploración lunar y operaciones orbitales. Silva Hernández se convirtió en la primera mujer de Guerrero en participar en una misión de NASA y SpaceX, un hito que resalta el rol de las científicas mexicanas en la vanguardia tecnológica. Proyectos como este ilustran cómo la juventud mexicana —muchos menores de 35 años— está generando innovaciones que atraen la atención internacional.
Otro ejemplo inspirador es el Encuentro Mexicano de Ingeniería en Cohetería Experimental (ENMICE), una agrupación que convoca y reúne al talento emergente de la nueva generación aeroespacial mexicana. Integrado por jóvenes ingenieros mexicanos apasionados por la cohetería, ENMICE fomenta el desarrollo de proyectos científico-tecnológicos en cohetería experimental a través de conferencias, presentaciones y lanzamientos de cohetes. En su primera edición, participaron 12 equipos que construyeron y lanzaron cohetes de hasta 1.8 metros, logrando más de 20 lanzamientos exitosos en Laguna Salada, Baja California. Equipos ganadores, como el del Club de Investigación Universitario de Desarrollo en Sistemas Espaciales de la UABC, el “Acatl” de la Universidad Aeronáutica en Querétaro (UNAQ) y el “Phoenix” del Instituto Politécnico Nacional (IPN), obtuvieron certificaciones internacionales de la Tripoli Rocketry Association. Esta iniciativa no solo resalta la capacidad de jóvenes ingenieros mexicanos para innovar en tecnologías espaciales, sino que promueve alianzas internacionales, preparando el terreno para contribuciones en proyectos globales como los de la NASA.
No podemos olvidar a Andrés Martínez, un mexicano directivo de alto nivel en la NASA con más de 26 años de experiencia en ingeniería. Martínez, quien se unió al Centro de Investigación Ames de la NASA en 2007, ha sido clave en el apoyo a proyectos colaborativos con México, como el AzTechSat-1. Como ejecutivo de sistemas de exploración avanzados, coordinó este nanosatélite desarrollado por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), lanzado en diciembre de 2019 a bordo de la misión CRS-19 de SpaceX y desplegado desde la ISS en febrero de 2020. AzTechSat-1 demostró por primera vez comunicaciones intersatelitales entre un CubeSat y la constelación Globalstar, un hito que abrió puertas para misiones de bajo costo. Actualmente, como Ejecutivo del Programa de Operaciones Independientes de la Tierra en la Oficina de la Campaña de Marte, Martínez resalta el potencial mexicano en el espacio, recordando el éxito de AzTechSat-1 como un paso inicial hacia una presencia más fuerte de México en la exploración espacial. Su trayectoria ejemplifica cómo profesionales de ascendencia mexicana en posiciones de liderazgo pueden fomentar alianzas que beneficien al país de origen. Además, México ha contribuido a programas emblemáticos como Artemis de la NASA, con microrobots lunares desarrollados por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), lanzados en enero de 2024 como parte de la misión Peregrine —aunque esta no aterrizó, los robots representaron un paso crucial en la generación de energía y medición de plasma en la Luna.
Estos casos demuestran el potencial del capital humano mexicano para proyectos especiales: ingenieros y científicos que aportan soluciones innovadoras en materiales, biomimética, cohetería y misiones satelitales, colaborando con gigantes como NASA y SpaceX. México es signatario de los Acuerdos Artemis desde 2020, lo que facilita alianzas, pero también resalta una paradoja: mientras nuestro talento impulsa avances en el extranjero, el sector espacial enfrenta limitaciones presupuestales. En 2025, se impulsaron iniciativas como el programa Misión Ixtli para satélites nacionales y colaboraciones educativas con universidades como la UPAEP, que es punta de lanza en desarrollo de nanosatélites. Sin embargo, el presupuesto para el sector espacial se ha visto reducido en años recientes, lo que contrasta con el crecimiento del sector aeroespacial mexicano, que ha aumentado un 14% en las últimas dos décadas.
Para aprovechar este talento y impulsar proyectos en México, es esencial una estrategia integral. Primero, incrementar la inversión en el sector espacial y en educación STEM, fomentando becas y programas de retorno para profesionales como Silva Hernández o Martínez, y apoyando iniciativas como ENMICE. Universidades como la UNAM, UPAEP y UABC ya forman ingenieros, pero necesitan más fondos para laboratorios y alianzas internacionales. Segundo, promover asociaciones público-privadas: el gobierno podría incentivar empresas como MatXSpace o eventos como ENMICE para desarrollar satélites y cohetes nacionales. Tercero, reformar leyes para atraer inversiones extranjeras, permitiendo bases de lanzamiento y regulaciones flexibles. Finalmente, inspirar a la juventud: eventos como el Congreso Nacional de Actividades Espaciales 2024 (CONACES) y ENMICE muestran que la divulgación puede motivar a generaciones futuras.
Imaginemos un México que no solo envíe materiales a la ISS, sino que lance misiones propias a la Luna o Marte. Con un talento probado en el extranjero y agrupaciones como ENMICE, el país tiene el potencial para convertirse en un jugador clave en la economía del espacio. Pero esto requiere visión política: priorizar el espacio como pilar de desarrollo, no como lujo. Si invertimos ahora, el legado de Silva Hernández, ENMICE y Martínez no será solo orgullo nacional, sino el fundamento de una Era Espacial mexicana. El espacio nos espera; es hora de que México lo conquiste desde casa.
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