
Se acabó esa borrachera que nos duró 39 días que fue el Mundial de Futbol de la FIFA, fiesta en la que la aviación civil mexicana no solamente tuvo un papel protagónico, sino que además terminó beneficiada, en particular nuestra aerolínea bandera (Aeroméxico) que operó decenas de chárters nacionales e internacionales transportando a los equipos participantes a los juegos en las sedes mexicanas, dándole, según me entero, un muy bienvenido respiro temporal a sus atribuladas finanzas.
Atribuladas finanzas…
Las malas noticias en la aviación civil mexicana no solamente provienen de los retos monetarios que enfrentan las concesionarias, tema que por cierto ya he abordado con anterioridad en el contexto de esa integración accionaria que pretenden finalizar los de Viva con los de Volaris.
Los dolores de cabeza en los cielos mexicanos también tienen que ver entre otras cosas con las condiciones en las cuales se están prestando los servicios de control de tránsito aéreo, la reducción de la demanda proveniente del extranjero en una parte importante de los destinos turísticos de México, la inseguridad en las operaciones de algunos proveedores, la falta de oportunidades laborales o los bajos salarios, la saturación de algunos aeropuertos, la reducción de viajes a su tierra de los mexicanos residentes en el extranjero, las presiones arancelarias, migratorias y aeronáuticas emanadas de la Casa Blanca, los conflictos sindicales y claro está, de manera notable, los problemas de gestión en el seno de la autoridad aeronáutica nacional a la cual ya no se ve manera de cómo ayudarla o de que, en el fondo, se deje hacerlo.
En este contexto conozco decenas de hombres y mujeres que, desilusionados, están abandonando sus carreras en la aviación, ya sea en aire o en tierra, para buscar opciones en otras especialidades, por lo que me cayeron como refrescantes Coca Colas en el desierto dos generosos gestos promotores de la cultura de lo aéreo, emanados de un gran aviador regiomontano: el capitán José Ochoa González, que primero me regaló un juego de mesa estilo “Monopolio” inspirado en la legendaria Pan Am y hace unos días me compartió los títulos de unos libros aeronáuticos que le parecieron interesantes, surgiendo entre nosotros a partir de ello un breve intercambio sobre otras obras literarias que desde la visión de cada uno parecen particularmente valiosas.
¡Aviación y literatura!
Este tema lo he abordado varias veces, comenzando por invocar en especial a ese aviador que también sabía escribir, al que a veces se le tachaba de escritor que también volaba, llamado Antoine de Saint-Exupéry, que afirmaba que “para escribir hay que tener algo que decir”. No sé qué opine usted estimado lector, pero siento que pocas actividades nos dan algo que decir como lo hace la aeronáutica. No en balde, en el alma de cada aviador vuela un poeta; algunos no lo reconocen y sólo lo sienten, lo guardan en lo más profundo de su intimidad, pero lo saben. Otros lo aceptan y lo llevan consigo sin grandes alardes, pero para otros, la experiencia de enfrentar a la naturaleza y ser testigos de la belleza que rodea el vuelo humano, los obliga a convertirse en narradores, integrando así este atractivo capítulo en el arte de escribir, llamado literatura aeronáutica.
La pregunta es obligada: ¿Y dónde encuentro lo mejor de ella?
La oferta es amplia y además cada lector tiene sus gustos. En lo particular las obras de Manuel Ruiz Romero me parecen fascinantes e indispensables, y si bien resulta difícil encontrarlas a la venta el intento vale la pena, como me parece es el caso de hacer un esfuerzo en adquirir clásicos de talla mundial como los que nos regalaron las plumas de autores como Richard Bach, Ernest K. Gann, Charles Lindbergh, Tom Wolfe, Len Deighton, Wolfgang Langewiesche y la del propio Saint-Exupéry, que además de escribir llegaba a ilustrarlos.
Para fortuna de aquellos que como el capitán Ochoa y su servidor tendemos a refugiarnos “en lo bonito” de la aviación con tal de olvidarnos “de lo feo” en ella, una parte importante de lo más representativo de lo mejor de la literatura sobre el vuelo humano aún está a nuestro alcance si logramos adquirir tres libros que me parecen extraordinarios y por ende, altamente recomendables:
- “Slipping the Surly Bonds: Great Quotations on Flight” del año 1998 que reúne más de mil citas aeroespaciales, editado por David English y publicado por McGraw-Hill. ¡Toda una verdadera delicia para encontrar ese fascinante fragmento de algo verdaderamente grande!2. “The Armchair Aviator”, del año 1983; antología editada por John Thorn and David Reuther, publicada por Charles Scribner’s Sons, que reúne ensayos, textos breves, poemas y recuentos explorando la fascinación del ser humano con el vuelo.3. “Men in the Air: The Best Flight Stories of All Time from Greek Mythology to the Space Age”, otra valiosa antología de textos aeronáuticos, pero del año 1990, editada por Brandt Aymar y publicada por Crown.
Es más, sólo de pensar en ellos se me olvida, siquiera un rato, la triste realidad de la aviación moderna, invitándome a no dejar de estar cerca de otros aeronáuticos, caso de mi regio amigo, que me recuerdan que los aviones son algo más que máquinas voladoras. Debo presumir que poseo estos libros, que valoro tanto, que los conservo en mi buró de noche, se dice fácil, junto al “Principito” de mi amigo “Toño”.Bien dijo Richard Bach que el día en que dejemos de leer a los Gann, a los Lindbergh o a los Saint-Ex, los habremos abandonado y por ende los habremos, ahora sí que enterrado. Sobra decir que sumo a los Ruiz Romero y a cualquier otro autor aeronáutico a esta premisa.
A sacar entonces del librero, closet o caja esa obra literaria sobre el vuelo humano que podríamos tener en casa o en la oficina para dejar que lo aéreo nos siga inspirando, siquiera sólo por este día.
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