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Home Opinión Café Espacial

Normalizar el espacio, retos y oportunidades para la política espacial de México

Fermín Romero by Fermín Romero
22 mayo, 2026
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En los diversos artículos de opinión publicados en esta columna, Café Espacial en Aviación 21, he insistido en que el sector espacial mexicano se encuentra en una etapa decisiva. El diagnóstico que he delineado es claro, México posee talento, mercado y necesidad de articular y desarrollar el sector espacial (estratégico y transversal) como catalizador para otras industrias y motor de desarrollo nacional, pero carece de una política espacial que trascienda coyunturas y ciclos políticos. También he subrayado que el verdadero reto no es técnico, sino institucional, pasar de administrar excepciones a construir normalidad. Administrar excepciones o «gestión por excepción» es gestionar la «excepción a la regla» para mantener el flujo operativo funcionando correctamente, sin necesidad de supervisar minuciosamente la norma.

Para ello, he propuesto la construcción de los cimientos que se requieren para fortalecer al sector, a saber, la Política Espacial de México (PEM), una política de Estado orientada a desarrollar capacidades espaciales propias que garanticen la soberanía tecnológica, apoyen la seguridad nacional, impulsen el desarrollo económico y científico, la innovación (es decir, dejar de ser usuario y pasar a ser desarrollador, integrador y proveedor de capacidades espaciales, alineadas al desarrollo nacional), utilizando el espacio como infraestructura estratégica al servicio de la sociedad y habilitador de soluciones a grandes los retos que enfrenta la nación; la Ley Nacional de Desarrollo Espacial (una vez aprobada la Reforma constitucional en materia espacial, actualmente congelada en el Senado), que genere marcos jurídicos más sólidos, reglas claras y estándares previsibles que permitan operar con certidumbre, atraer inversión (nacional y extranjera); formar capital humano especializado; el Plan Estratégico de Desarrollo Espacial (civil y militar), México y sus fuerzas armadas deben desarrollar capacidades espaciales nacionales, para no depender de tecnología y constelaciones extranjeras para necesidades nacionales de lanzamiento, sistemas ISR, PNT, entre otras que permitirán salvaguardar la seguridad nacional; el Sistema Nacional de Innovación Espacial, un marco permanente de coordinación, financiamiento y ejecución que articule a gobierno, industria, academia y sociedad para desarrollar capacidades espaciales propias, convertirlas en valor económico y usar el espacio como palanca de desarrollo nacional; y el Programa Espacial Mexicano, el conjunto articulado de misiones, proyectos y capacidades (infraestructura y servicios) que permitan al país diseñar, operar y aprovechar sistemas espaciales propios al servicio del desarrollo nacional.

Asimismo, he enfatizado que el espacio debe ser entendido como lo que es, una infraestructura estratégica-transversal y no como promesa recurrente del futuro. En mis diferentes colaboraciones, he advertido que la falta de comprensión del sector, de continuidad y visión de largo plazo ha limitado la capacidad de México para consolidar proyectos espaciales propios. La política espacial, reitero, no puede depender únicamente de la cooperación internacional o de casos aislados de éxito académico, sino que debe articularse como política de Estado, vinculada con la industria, academia, sociedad civil organizada en el ámbito espacial, la seguridad -a cargo de las fuerzas armadas- y la innovación tecnológica. Para ello, se requiere de voluntad institucional, marcos jurídicos sólidos y visión estratégica para que México deje de administrar excepciones y construya normalidad en su política espacial.

Como lo he reiterado en varias columnas, la inversión en el desarrollo espacial ofrece amplios beneficios, que van más allá del simple interés por la exploración científica, se trata de una apuesta por el futuro, que permite a las naciones con capacidades espaciales consolidar su posición en el escenario global, impulsar el desarrollo tecnológico y económico, y garantizar su seguridad. Por ello, cada vez más naciones -en el mundo- apuestan por invertir en el estratégico sector espacial para su desarrollo, China (si bien su actividad espacial inició hace 70 años en conjunto con la Unión Soviética, la CNSA se creó apenas en 1993) es el caso más paradigmático, que ha logrado consolidar un ambicioso programa espacial que busca la paridad con los Estados Unidos (la competencia Artemis – ILRS, la he abordado en múltiples ocasiones en esta columna), pero también podemos revisar las experiencias del sector espacial de la India, Corea del Sur, España, Turquía, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Perú y Uruguay, cada uno con sus propios intereses y particularidades, que por supuesto incluyen marcadas asimetrías, en algunos casos.

A este respecto, el análisis comparativo entre los Estados Unidos y México es obligado, particularmente en materia aeronáutica y de drones, pero extrapolado al sector espacial, que se complementa con la visión crítica que he reiterado en múltiples colaboraciones relacionadas al sector espacial en México. Mientras EE. UU. convirtió la normalización en plataforma de escala, México sigue atrapado en la lógica de la excepción. La propuesta que presentado en colaboraciones anteriores y que aquí reformulo (actualizo) coincide con la lección estadounidense, la regulación debe ser motor de competitividad y no un obstáculo burocrático. La política espacial mexicana, reitero, requiere de voluntad política institucional para dejar de improvisar y comenzar a construir un marco sólido que permita operar a escala, atraer capital y generar innovación.

El análisis del desarrollo de los EE. UU. en materia aeronáutica y de drones ofrece un espejo útil para diseñar el futuro del sector espacial mexicano. La experiencia estadounidense muestra que la clave no está únicamente en el talento o en la existencia de mercado, sino en la capacidad institucional de normalizar procesos, generar certidumbre regulatoria y convertir la regulación en plataforma de escala. México, por su parte, enfrenta un dilema similar en el sector espacial, cuenta con talento, necesidades estratégicas y un entorno geográfico que justifica el uso intensivo de tecnologías espaciales, pero carece de un marco institucional sólido que le permita transformar las condiciones de la incipiente industria en un ecosistema sostenible y competitivo.

En los EE. UU., la normalización del uso de drones no se limitó a la aviación civil. Se trató de un esfuerzo transversal que involucró seguridad, defensa, logística, manufactura y política industrial. El dron dejó de ser visto como un artefacto aislado, pasó a considerarse infraestructura operativa y pieza estratégica de poder económico. La regulación se convirtió en un mecanismo para atraer inversión, talento y proveedores, generando un círculo virtuoso donde la claridad normativa impulsó la expansión del mercado. México, en contraste, ha administrado el tema de manera fragmentada, con autorizaciones caso por caso y sin un marco que le permita operar a escala. Esta diferencia es crucial, mientras EE. UU. convirtió la regulación en motor de competitividad, México sigue atrapado en la lógica de la excepción, por ello, requiere urgentemente articular la política industrial y espacial que impulse la competencia estratégica y soberanía tecnológica hacia la competitividad global. Es fundamental superar estas lecciones y desafíos para asegurar el futuro del sector espacial mexicano.

En la extrapolación al sector espacial mexicano es evidente que la pregunta no es si México tiene talento, mercado o necesidades específicas en materia de desarrollo de su sector espacial: las tres condiciones existen. La pregunta real es si el gobierno entiende la importancia del sector en su dimensión estratégica y transversal para el desarrollo nacional (reitero, cada vez más países -en todo el mundo- apuestan por desarrollar su sector espacial -civil y militar- y crear una agencia espacial, dependiente directamente de la presidencia de la república), así como, si existe voluntad institucional para dejar de administrar excepciones y comenzar a construir la normalidad. Normalizar el espacio no significa abrir indiscriminadamente el acceso a órbitas o frecuencias, sino diseñar reglas claras, estándares previsibles y responsabilidades bien repartidas que permitan operar con seguridad y eficiencia. Un satélite normalizado no es un satélite sin control; es un satélite cuyo control no depende de trámites improvisados, sino de un marco regulatorio sólido que otorga certeza jurídica a operadores, inversionistas y usuarios.

La experiencia estadounidense con drones ofrece varias lecciones aplicables al sector espacial mexicano. La primera es la necesidad de una autoridad que genere certidumbre regulatoria. En México, la Agencia Espacial Mexicana (AEM) -de origen- ha carecido de recursos y facultades suficientes para desempeñar este papel de manera plena. Sin un marco jurídico robusto y una autoridad con capacidad de decisión (la Junta de Gobierno de la AEM y la propia Agencia, deben depender directamente de la presidencia de la República), el sector espacial seguirá dependiendo de voluntades políticas coyunturales y de la lamentable improvisación administrativa puesta en práctica en el sector. La segunda lección es la coordinación interinstitucional, una Junta de Gobierno interinstitucional, dependiente de la presidencia de la República -por tratarse de asuntos estratégicos y transversales- garantiza una articulación expedita y eficiente del sector espacial nacional. En EE. UU., la normalización de drones implicó articular aviación civil, defensa, seguridad y autoridades locales. En México, el sector espacial requiere una coordinación similar entre presidencia, economía, ciencia, tecnología e innovación, defensa, marina, seguridad nacional, comunicaciones, así como gobiernos locales, universidades, industria y sociedad civil organizada en el ámbito espacial. La tercera lección es la importancia de los datos operativos. EE. UU. avanzó hacia decisiones basadas en evidencia, reduciendo la incertidumbre a lo desconocido, México necesita construir sistemas de innovación e información espacial que permitan evaluar riesgos y oportunidades con mayor precisión.

Pero quizá la lección más incómoda es que la normalización no es solo un asunto técnico, sino estratégico. En Estados Unidos, la discusión sobre los drones incluyó manufactura, cadenas de suministro, exportación y autonomía tecnológica. El dron fue concebido como pieza de poder económico. México debe entender que el espacio no es únicamente un tema científico o de soberanía, sino también un componente de política industrial y de competitividad global. Los países que convierten sus reglas en plataformas de escala atraen capital, talento y clientes; los que no lo hacen terminan consumiendo tecnología ajena y operando tarde.

El país cuenta con vastas oportunidades, una geografía compleja, sectores intensivos en monitoreo, costas extensas, nodos energéticos, polos turísticos, zonas agrícolas y áreas donde la conectividad es costosa; por ello urge una política de Estado en materia espacial. Pocos entornos justifican tanto el uso inteligente de sistemas espaciales como México, satélites de observación (cuyos beneficios cubren un amplio espectro de soluciones a industrias, sectores y grupos sociales), constelaciones de comunicaciones y sistemas de navegación pueden transformar la gestión ambiental, la seguridad, la logística y el desarrollo económico. Sin embargo, en este momento el diálogo y el discurso público no están a la altura del potencial del sector estratégico. La actual administración sigue pensando que el desarrollo llegará por acumulación de casos de uso, cuando en realidad llegará por decisión explícita de tratar al espacio como infraestructura estratégico – operativa del presente.

El error ha sido concebir el espacio como una promesa recurrente del futuro. La normalización exige cambiar la pregunta de “qué se puede autorizar” a “qué condiciones hacen posible operar a escala con seguridad”. En el ámbito espacial, esto significa pasar de discutir permisos aislados para proyectos universitarios o privados a diseñar un marco que permita la operación sistemática de constelaciones, estaciones terrenas, el desarrollo de plataformas de lanzamiento (puertos espaciales) y vehículos lanzadores nacionales, además de la integración de México en cadenas globales de valor.

La comparación con los EE. UU., muestra que el espacio debe ser tratado como un sector transversal de competencia estratégica. Esto implica reconocer que la política espacial no puede depender únicamente de la cooperación internacional, sino que debe articularse con una política industrial nacional sólida. México necesita vincular su sector espacial con manufactura avanzada, cadenas de suministro regionales (ejerciendo el liderazgo en la ALCE) y programas robustos de exportación, aprovechando el nivel adquirido por el sector aeronáutico nacional. La autonomía tecnológica no significa aislamiento, sino capacidad de negociar desde una posición de fortaleza económica, diplomática y científica.

Resumiendo, mis diversas colaboraciones sobre el tema, el futuro del sector espacial mexicano dependerá de la capacidad de articular seis ejes estratégicos: autonomía tecnológica, marco jurídico sólido, formación de talento, cooperación internacional, aplicaciones sociales y económicas, e impulso a la innovación y el emprendimiento. La autonomía tecnológica es crucial para disminuir la dependencia de proveedores extranjeros y garantizar la continuidad de proyectos nacionales. Un marco jurídico actualizado permitirá regular las actividades espaciales con base en estándares internacionales, protegiendo los intereses nacionales. La formación de talento especializado y la vinculación con la industria son indispensables para crear una masa crítica de profesionales capaces de sostener el crecimiento del sector. La cooperación internacional debe orientarse hacia alianzas estratégicas que aporten transferencia de conocimiento y tecnología, mientras que las aplicaciones sociales y económicas aseguran que los beneficios del espacio se traduzcan en mejoras tangibles para la población. Finalmente, el fomento a la innovación y al emprendimiento abrirán espacio para la generación de startups y empresas emergentes que dinamicen el ecosistema espacial mexicano.

La lección de EE. UU. es clara, la normalización convierte la regulación en plataforma de escala. México debe dejar de administrar excepciones y comenzar a construir la normalidad en el sector espacial. Esto exige -como ya lo señalé- voluntad política, coordinación interinstitucional, infraestructura, datos operativos y visión estratégica. El espacio no debe seguir siendo tratado como promesa del futuro, debe ser asumido -de manera inaplazable- como infraestructura estratégica del presente.

México se encuentra en un punto de inflexión, en el que puede optar por mantener un papel periférico en el escenario espacial global o asumir el reto de construir un sector sólido, autónomo y competitivo. La clave está en transformar los desafíos actuales -limitaciones de recursos, dependencia tecnológica y marcos institucionales incipientes- en oportunidades estratégicas que impulsen el desarrollo nacional. Si logra consolidar una visión de largo plazo, el país no solo fortalecerá su soberanía, sino que también podrá posicionarse como líder regional en materia espacial.

El escenario prospectivo, que también he planteado (véase “El sector espacial de México, un escenario prospectivo”, marzo 20, 2026), no es únicamente una proyección de posibilidades, sino una invitación a la acción. Invertir en ciencia, tecnología y talento permitirá que el espacio se convierta en motor de desarrollo y bienestar para México. La experiencia estadounidense con drones demuestra que la normalización es el camino para convertir la regulación en ventaja competitiva. México debe aprender de esa lección y aplicarla al sector espacial, construyendo un marco sólido que permita operar a escala, atraer inversión y generar innovación. Estas reflexiones, derivadas del análisis del sector espacial nacional en las múltiples colaboraciones publicadas -a través de la columna semanal Café Espacial en Aviación 21- aportan un cierre contundente. México no carece de talento ni de mercado, sino de decisión política para transformar el espacio en infraestructura estratégica del presente. La experiencia estadounidense con drones demuestra que la normalización es el camino para convertir la regulación en ventaja competitiva. Si México logra -pronto- articular voluntad política institucional, coordinación interinstitucional y visión estratégica, podrá dejar de consumir tecnología ajena, desarrollar capacidades espaciales propias y comenzar a facturar su propio futuro espacial. El espacio, como lo he advertido reiteradamente, no debe seguir siendo tratado como promesa del futuro, sino asumido como motor de desarrollo nacional y regional.

“Los  artículos firmados  son  responsabilidad  exclusiva  de  sus  autores  y  pueden  o  no reflejar  el  criterio  de  A21”

Tags: Espacio

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