
El retorno de los Estados Unidos a la Luna a través de la misión Artemis II (programada para febrero de 2026) representa mucho más que un hito tecnológico, es el eje central de una nueva arquitectura de poder global. La misión Artemis II con una tripulación de 3 estadounidenses y 1 canadiense, una duración aproximada de 10 días, cuyo objetivo es el sobrevuelo orbital lunar y la prueba de sistemas de soporte vital, mediante la nave Orion y el cohete SLS, representa un hito geopolítico trascendente ya que es la primera misión estadounidense tripulada al espacio profundo en más de 50 años.
En la administración Trump, esta misión se ha consolidado como el primer disparo de una estrategia de supremacía espacial que fusiona el nacionalismo económico, la seguridad nacional y la expansión comercial del NewSpace. A continuación, les presento el análisis de su importancia estratégica y sus implicaciones:
- Importancia estratégica: geopolítica y seguridad
En el actual escenario de 2026, la Luna ya no es solo un objetivo científico, sino el “terreno elevado” (high ground) de la seguridad global, en el que destacan los siguientes aspectos:
-La competencia con China. La misión Artemis II es la respuesta directa al avance del programa lunar chino (misión Chang’e 7). El éxito de los EE. UU. busca reafirmar el liderazgo occidental y validar los Acuerdos Artemis, un marco jurídico liderado por los EE. UU. (con más de 60 naciones firmantes) que busca establecer normas de comportamiento en el espacio, anteponiéndose a la Estación Internacional de Investigación Lunar / International Lunar Research Station (ILRS) que lidera la alianza China-Rusia.
-Seguridad en el espacio cislunar, a través de la nueva orden ejecutiva de Trump “Ensuring American Space Superiority” (diciembre de 2025), el control del espacio entre la Tierra y la Luna (cislunar) se considera vital. Artemis II demuestra la capacidad de proyectar presencia humana y vigilancia en una zona donde se podrían desplegar infraestructuras críticas, desde satélites de comunicación lunar hasta sistemas de defensa antimisiles.
-Alianzas y Soft power. En la administración actual, las alianzas se han vuelto más transaccionales. El mensaje de los EE. UU. hacia los aliados es claro: “Quien invierte en hardware estadounidense o aporta tecnología crítica, tiene un lugar en la Luna”; priorizando alianzas basadas en resultados y contribuciones, la participación de los países se divide en dos vertientes: el suministro de tecnología crítica y el desarrollo de ciencia robótica pionera. Esto ha acelerado las contribuciones de algunos de los socios, quienes temen quedarse fuera de la “economía del dólar lunar” que está cimentando el programa Artemis de la NASA.
La composición de las tripulaciones del programa Artemis no es aleatoria, es una herramienta de diplomacia espacial diseñada para consolidar el bloque liderado por los EE. UU. frente a la alianza China-Rusia. En este 2026, la tripulación de Artemis II es el ejemplo más claro de cómo el “asiento” en la nave es la moneda de cambio en la nueva geopolítica cislunar. Así se reflejan estas alianzas en la selección de astronautas:
- Canadá, el aliado incondicional
Al incluir a un astronauta canadiense en la tripulación, Artemis II refuerza la red de aliados estratégicos, consolidando un bloque tecnológico y político que asegura que las reglas de la “economía lunar” sean dictadas por EE. UU. y sus socios. La presencia de Jeremy Hansen, el primer astronauta no estadounidense en viajar a la Luna en la misión Artemis II, es el resultado directo de un acuerdo estratégico:
El intercambio, Canadá se aseguró este asiento a cambio de desarrollar el Canadarm3, el sistema robótico crítico para la futura estación Gateway.
Importancia estratégica. Refuerza la alianza en defensa y tecnología del bloque norteamericano (NORAD), asegurando que el aliado más cercano de EE. UU. sea el primero en compartir el hito histórico.
- El bloque europeo (ESA), el motor de la misión
Aunque no hay un astronauta europeo en Artemis II, la Agencia Espacial Europea (ESA) ya tiene garantizados tres asientos en misiones posteriores (Artemis IV y V).
Por qué es clave: La ESA fabrica el Módulo de Servicio Europeo / European Service Module (ESM), que proporciona aire, agua y propulsión a la cápsula Orion. Es decir, sin Europa, la nave Orion no puede funcionar.
El factor geopolítico. Al integrar a Europa en el “núcleo” de la nave, EE. UU. asegura que las potencias tecnológicas del viejo continente (Alemania, Francia, Italia) permanezcan alineadas con los Acuerdos Artemis y no se vean tentadas por la estación lunar ILRS de China.
- Japón (JAXA) y la economía lunar
Por su parte, Japón ha negociado una posición privilegiada, será un japonés el primer no estadounidense en caminar sobre la Luna (probablemente en Artemis IV o V).
El trato. A cambio, Japón está construyendo el Lunar Cruiser, un Rover presurizado que permitirá a los astronautas vivir y trabajar en la superficie por semanas.
Reflejo geopolítico. En el contexto de la política espacial estadounidense, fortalecer a Japón es vital para contener la influencia espacial de China en el Pacífico y en la órbita lunar.
- Un socio emergente
Los Emiratos Árabes Unidos (EAU), son candidatos a futuras misiones que contribuirán con los módulos de esclusa para la Gateway.
- Diversidad interna: soft power global
La tripulación de Artemis II (que incluye a Christina Koch, la primera mujer en una misión lunar, y Victor Glover, el primer afroamericano) también tiene una función política externa. El mensaje, los EE. UU. proyectan un modelo de exploración inclusivo y democrático, contrastándolo con el modelo de China, que suele ser percibido como más cerrado y exclusivamente militar/estatal. Es una batalla por la narrativa de “quién representa mejor a la humanidad” en el espacio.
En este escenario, la competencia no es solo tecnológica, sino geopolítica entre bloques internacionales o alianzas, en la que destacan:
-Los Acuerdos Artemis (liderados por EE. UU.), que al 26 de enero de 2026 agrupan a 61 países (incluyendo a 28 europeos, 15 asiáticos, 12 del continente americano -México incluido-, cuatro africanos y dos de Oceanía), establecen principios como la transparencia, interoperabilidad, asistencia de emergencia, registro de objetos espaciales, divulgación de datos científicos, zonas de seguridad y derechos de propiedad sobre recursos lunares bajo valores occidentales. Hasta ahora representan el liderazgo multilateral en diplomacia espacial civil más relevante, ya que reúnen a un conjunto diverso de naciones con una visión compartida de cooperación espacial pacífica. Aunque la NASA lidera el programa, la colaboración internacional es fundamental e involucra a agencias como la ESA (Europa), JAXA (Japón) y CSA (Canadá), entre otras.
-La ILRS, liderada por China (CNSA) y Rusia (Roscosmos), a la que se han sumado 12 países: Rusia, Venezuela, Bielorrusia, Pakistán, Azerbaiyán, Sudáfrica, Egipto, Nicaragua, Tailandia, Serbia, Senegal y Kazajistán. Turquía es el único miembro de la OTAN que expresó (abril 2024) su intención de unirse a la ILRS. Su objetivo es construir una base lunar permanente en el polo sur para 2035, compitiendo directamente con la estación de la NASA.
- El impulso al NewSpace y la economía espacial
En el escenario de 2026, la posición de las empresas privadas frente a los recursos lunares ha pasado de la ciencia ficción a un modelo de negocio pragmático. La política espacial estadounidense busca detonar el desarrollo comercial (Orden Ejecutiva de 2025), SpaceX y Blue Origin han dejado de ser meros transportistas para convertirse en los arquitectos de una economía de suministro in situ (ISRU). A continuación, analizo las posturas estratégicas de estos dos gigantes:
SpaceX, el enfoque de “volumen y velocidad”
Para Elon Musk, los recursos lunares (especialmente el agua/hielo) son el propelente (combustible para Marte) necesario para su visión multi planetaria.
-El agua como combustible, SpaceX ve el hielo del polo sur no solo como agua, sino como hidrógeno y oxígeno para reabastecer la Starship. Su estrategia depende de convertir la Luna en una “estación de servicio” para reducir la cantidad de lanzamientos de reabastecimiento necesarios desde la Tierra.
-Dominio por la infraestructura y logística orbital, SpaceX apuesta por la capacidad bruta. Si la Starship logra aterrizar 100 toneladas de carga, puede llevar maquinaria minera masiva que ninguna otra empresa o nación puede transportar.
-Posición ante el Helio-3, aunque Elon Musk está enfocado en Marte, SpaceX se posiciona como el “camión de carga” para cualquier empresa (como Interlune) que quiera traer Helio-3 a la Tierra. Su modelo de negocio es cobrar por el flete, no necesariamente minarlo ellos mismos.
Blue Origin, el enfoque de “infraestructura y manufactura”
Jeff Bezos tiene una visión más orientada a la industria pesada espacial. Su eslogan “Para el beneficio de la Tierra” se traduce en mover la industria contaminante fuera de nuestro planeta. Su interés se centra en el Regolito (metales/silicio) y la construcción de colonias (asentamientos) y paneles solares utilizando tecnología de procesamiento in-situ (ISRU). Al mismo tiempo avanza con las siguientes validaciones.
-Proyecto Blue Alchemist. En 2025-2026, Blue Origin ha probado tecnología para fabricar células solares y cables de transmisión directamente del regolito lunar (suelo). Su objetivo es construir infraestructura energética en la Luna sin traer materiales de la Tierra.
-Misión Oasis-1, iniciada en colaboración con Luxemburgo, esta misión busca mapear con precisión depósitos de agua y Helio-3. Blue Origin no solo quiere el recurso, quiere el mapa de los derechos de propiedad bajo los Acuerdos Artemis.
-Simplicidad estratégica, a diferencia de la compleja recarga en órbita de SpaceX, Blue Origin promueve alunizadores que usan propulsores almacenables, buscando ser el socio “fiable y predecible” para el gobierno estadounidense.
Otras startups como Interlune se interesan en el Helio-3, es decir en el modelo de negocio de venta de energía limpia a la Tierra, mediante la especialización extrema en minería.
El marco político, “Primero en llegar, primero en derechos”
La administración Trump ha reforzado la idea de que los recursos lunares no son “patrimonio común de la humanidad” en el sentido restrictivo, los considera recursos abiertos a la libre empresa, sobre la base “first come, first served”.
-Seguridad jurídica, las empresas privadas ahora operan bajo la premisa de que pueden extraer y poseer lo que minen. Esto ha atraído capital de riesgo masivo en 2025 para startups como Interlune, que ya prueba prototipos de cosechadoras de Helio-3 que procesan 100 toneladas de suelo por hora.
-Zonas de seguridad, bajo los Acuerdos Artemis, si SpaceX establece una operación minera, se crea una “zona de seguridad” que impide que China o competidores operen cerca, creando de facto un sistema de concesiones mineras espaciales.
Adicionalmente, la política espacial estadounidense ha acelerado la transición de la NASA de ser un “operador” a ser un “cliente”, lo que ha transformado la misión en un motor económico apoyado en:
-Contratos de precio fijo. Se ha profundizado el uso de modelos de negocio donde empresas como SpaceX, Blue Origin y Lockheed Martin asumen riesgos de desarrollo a cambio de contratos de servicio. Esto ha inyectado eficiencia y reducido los costes de lanzamiento.
-Infraestructura permanente, Artemis II no es un fin, sino la validación de la nave Orion y el cohete SLS para construir la Plataforma Orbital Lunar / Lunar Orbital Platform Gateway (LOP-G), primera estación espacial lunar orbital y, eventualmente, sitios permanentes. Esto abre la puerta a la minería de recursos in situ (ISRU), como el Helio-3 o el agua en forma de hielo y, a la creación de una “estación de servicio espacial” para las misiones a Marte.
-Dominio del espectro y estándares. La misión Artemis II sienta las bases para el despliegue de redes 4G/5G lunares y sistemas de navegación (GPS lunar). La potencia que establezca estos estándares primero dominará el mercado de las telecomunicaciones espaciales y lunares.
El impacto económico global, el “Oro Lunar”
El Helio-3 es un isótopo ligero que, en teoría, podría utilizarse como combustible en reactores de fusión nuclear. A diferencia de la fisión actual, la fusión de Helio-3 no produciría desechos radiactivos peligrosos por lo que se examina como solución definitiva a la crisis energética. A continuación, analizo el impacto económico de estos recursos Helio-3 y Agua:
-Valor de mercado, se estima que el Helio-3 tiene un valor potencial de 5,000 millones de dólares por tonelada. Unas cuantas misiones de carga podrían, teóricamente, abastecer la demanda energética mundial por un año.
-El efecto geoeconómico, si los EE. UU. o China logran el monopolio de su extracción, la nación líder se convertiría en una suerte de “OPEP del siglo XXI”. Esto causaría una caída en el valor de los combustibles fósiles y de las renovables terrestres, desplazando el eje del poder económico de Oriente Medio y las potencias petroleras hacia quien controle el Mar de la Tranquilidad o el Polo Sur lunar. Si China logra establecer su base ILRS antes de que el programa Artemis de la NASA sea sostenible económicamente, los términos comerciales del Helio-3 y el agua lunar podrían escribirse en yuanes, en lugar de dólares.
-El agua (hielo) es el recurso (el petróleo del espacio) más valioso para la infraestructura espacial. Al separarla en hidrógeno (combustible) y oxígeno (oxidante y aire respirable), la Luna se convierte en una “estación de servicio espacial”.
-Reducción de costos, actualmente, enviar un kilo de agua desde la Tierra a la Luna cuesta decenas de miles de dólares. Extraerla allí permitiría que las misiones a Marte y más allá sean económicamente viables.
-Turismo y colonización, la abundancia de agua permitiría la creación de una economía de servicios (hoteles espaciales, centros de investigación) que generaría un nuevo PIB “espacial”, atrayendo inversión privada masiva del sector NewSpace.
- Posibilidades de éxito y alcances
A principios de 2026, la misión Artemis II enfrenta un optimismo cauteloso debido a los siguientes factores de éxito:
-Madurez tecnológica. Luego del éxito de la misión Artemis I (sin tripulación), los sistemas básicos han sido probados. La integración del SLS y Orion en el Centro Espacial Kennedy se completó con éxito a finales de 2025.
-Prioridad política. La administración Trump ha blindado el presupuesto de la misión, viéndola como un símbolo de la “grandeza estadounidense”, lo que ha minimizado los retrasos burocráticos.
Retos y riesgos críticos
-Escudo térmico. El desgaste inesperado del escudo de la Orion en la misión Artemis I sigue siendo la principal preocupación técnica. La seguridad de los cuatro astronautas de la misión lunar orbital depende de que las modificaciones realizadas funcionen durante la reentrada atmosférica a 11km/s (∼40,000 km/h).
-Soporte vital. A diferencia de las misiones en la Estación Espacial Internacional (EEI/ISS), en Artemis II no hay “retorno rápido” si falla el sistema de reciclaje de aire o agua en el espacio profundo.
Detalles técnicos del Space Launch System (SLS)
En la política de “supremacía espacial” actual, el SLS es el activo más potente de los EE. UU., aunque también el más debatido por su alto costo. De acuerdo con las especificaciones de la NASA, que pueden consultarse en Artemis II Reference Guide, disponible en: https://www.nasa.gov/wp-content/uploads/2026/01/a2-reference-guide-012825.pdf?emrc=979554 a continuación, analizo el impacto y los detalles técnicos que hacen del SLS el pilar actual de esta ambición:
- Gran potencia de empuje. El SLS (en su versión Block 1, usada en Artemis II) genera 3,9 millones de kilogramos de empuje en el despegue, un 15% más que el Saturno V de las misiones Apolo. Utiliza cuatro motores RS-25 en su etapa central, los mismos que usaba el Transbordador Espacial, pero optimizados para funcionar a un nivel de potencia superior (109% de su capacidad original). Además de dos cohetes laterales (boosters de sólido) de 5 segmentos que proporcionan el 75% del empuje total durante los primeros dos minutos de vuelo.
- La etapa central (core stage). Es la estructura de una sola pieza más grande jamás construida por la NASA (65 metros de altura), actúa como un gigantesco termo que almacena hidrógeno líquido (LH2) a -252°C y oxígeno Líquido (LOX) a -183°C. Su diseño permite que el cohete alcance la órbita terrestre antes de desprenderse, dejando a la etapa superior la tarea de la Inyección Trans-Lunar (TLI).
- Versatilidad de carga (Block 1B). Mientras que Artemis II usa el Block 1, la ruta crítica hacia Artemis IV y posteriores integrará la Exploration Upper Stage (EUS). Esto permitirá al SLS llevar no solo a la tripulación en la cápsula Orion, sino también módulos pesados para la estación Gateway en un solo lanzamiento. China aún está trabajando para igualar esta capacidad de “carga compartida” con su cohete Long March 10.
- El talón de Aquiles (no reutilizable). A diferencia del Starship de SpaceX, el SLS es desechable. Cada vez que despega, se pierden miles de millones de dólares en hardware al océano. Esta es la razón por la que la administración Trump presiona para que, una vez que el SLS certifique la seguridad humana (Artemis II), el sector privado tome el control con vehículos reutilizables.
En suma, el SLS es la herramienta de fuerza bruta que garantiza que EE. UU. llegue primero a los depósitos de recursos. Sin embargo, el impacto económico global real no vendrá de quién tenga el cohete más grande, sino de quién logre establecer primero una cadena de suministro industrial en la Luna.
- Implicaciones en el futuro inmediato (2026-2030)
En este escenario, el éxito de la misión Artemis II en 2026 desencadenará una reacción en cadena con los siguientes aspectos:
- Aceleración de Artemis III. Un éxito rotundo permitiría mantener la meta de poner humanos en la superficie lunar para 2027 o 2028, utilizando el Starship de SpaceX como alunizador.
- Militarización del espacio. Es probable que veamos un aumento en el presupuesto de la US Space Force (USSF) para proteger las rutas comerciales cislunares que Artemis empiece a trazar.
- Hito hacia Marte. La administración Trump ha dejado claro que la Luna es la “base de entrenamiento”. Artemis II valida las operaciones de larga duración necesarias para el salto definitivo al planeta rojo en la década de 2030.
La comparación entre el programa Artemis de los EE. UU. y el programa lunar de la Administración Espacial Nacional de China (CNSA) en este 2026 revela dos filosofías opuestas para un mismo fin: el dominio del polo sur lunar. Mientras EE. UU. apuesta por la velocidad y la innovación disruptiva del NewSpace, China avanza con una constancia metódica que ha puesto nerviosa a la administración Trump.
El duelo de misiones, 2026 año clave
Este año es el epicentro de la competencia y ambos países tienen hitos críticos:
-Artemis II (EE. UU.), una misión tripulada cuyo éxito expondrá que los EE. UU. han recuperado la capacidad de llevar seres humanos al espacio profundo, se trata de una demostración de capacidad, fuerza y presencia en la órbita lunar.
-Chang’e 7 (China), programada también para 2026, es una misión robótica de extrema complejidad. Su objetivo es aterrizar en el polo sur, desplegar un Rover y una mini-sonda voladora (hopper), para buscar agua directamente en los cráteres en sombra perpetua.
Diferencia estratégica. Los EE. UU. priorizan llevar personas para reafirmar su liderazgo; mientras que China prioriza la prospección de recursos (agua/hielo) para asegurar la viabilidad de una base permanente futura.
Comparativo de capacidades tecnológico-operativas
Programa Artemis (EE. UU.). Cohete principal, SLS (Space Launch System), probado y potente, pero extremadamente caro ($2,000 Millones por lanzamiento). Alunizador lunar, Starship HLS (SpaceX), gigantesco, reutilizable, pero tecnológicamente complejo (requiere múltiples repostajes en órbita). Arquitectura de vuelo, un solo lanzamiento gigante (SLS) para llevar a la tripulación. Modelo de gestión, NewSpace, dependencia total de empresas privadas (SpaceX, Blue Origin), con riesgo potencial de retrasos comerciales
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Programa Chino de Exploración Lunar / Chinese Lunar Exploration Program (CLEP). Cohete principal, Long March 10, en fase de pruebas intensivas (2025-26). Menos potente que el SLS, pero diseñado para ser más eficiente. Alunizador, Lanyue, un módulo de aterrizaje más tradicional, similar al Apolo, pero modernizado, menos ambicioso, pero más predecible. Arquitectura de vuelo, dos lanzamientos del Long March 10 que se acoplan en órbita lunar (estrategia de “doble disparo”). Modelo de gestión estatal, control centralizado del gobierno chino, implica menor innovación, pero calendarios muy estables.
¿Quién va ganando?
La percepción generalizada en 2026 entre los expertos, académicos y comunidad internacional es de un empate técnico con distintas ventajas:
-EE. UU. tiene la ventaja de la experiencia y la capacidad de carga. Si Artemis II tiene éxito, EE. UU. estará a solo un paso (Artemis III) de tener presencia en la Luna nuevamente. Sin embargo, los retrasos en el alunizador de SpaceX son el “talón de Aquiles” que Trump ha criticado, exigiendo resultados inmediatos.
-China tiene la ventaja de la precisión y el ritmo, no han fallado ninguna misión Chang’e. Su enfoque es “llegar para quedarse”. Mientras EE. UU. busca el hito histórico, China está mapeando el hielo lunar con una precisión que la NASA aún no ha igualado robóticamente.
La gran preocupación de la administración Trump es que China logre aterrizar en 2029-2030 (su fecha objetivo) y declare “zonas de exclusión” en las áreas con más agua, antes de que el programa Artemis logre establecer una base permanente.
En la ruta crítica del Programa Artemis, la misión Artemis II (cuyo lanzamiento está previsto para febrero de 2026) no es solo un paso intermedio, sino el punto de inflexión definitivo. Si Artemis I probó que el hardware podía volar, Artemis II debe probar que el ser humano puede sobrevivir y operar en el espacio profundo con la tecnología actual. Los siguientes aspectos dan cuenta de la importancia estratégica de la ruta crítica:
- Validación del sistema de control ambiental y soporte vital (ECLSS)
Esta es la misión donde la nave Orion deja de ser una cápsula automática para convertirse en un hogar.
El desafío, Artemis II probará por primera vez el sistema de control ambiental y soporte vital / Environmental Control and Life Support System (ECLSS).
Importancia estratégica, la validación debe demostrar que puede eliminar el CO2 y regular la temperatura y el oxígeno con cuatro personas a bordo durante 10 días. Un fallo en esta prueba detendría todo el programa, ya que las misiones posteriores (Artemis III y IV) dependen de estancias mucho más largas.
- La prueba del escudo térmico
Tras las anomalías detectadas en Artemis I (donde el material del escudo se desprendió de forma inesperada en la reentrada), Artemis II es la prueba de fuego para las correcciones de ingeniería aplicadas en 2024 y 2025.
Ruta crítica. No se puede autorizar un alunizaje (Artemis III) si no existe una confianza absoluta en que la tripulación regresará a salvo a través de la atmósfera terrestre a velocidades de 11 km/s.
- Revisión de operaciones de proximidad y control manual
Durante las primeras 24 horas, la tripulación realizará una maniobra de demostración de operaciones de proximidad. Lo que significa que utilizarán la etapa superior del cohete SLS (el ICPS) como objetivo para practicar maniobras de acercamiento manual.
Importancia estratégica, esta capacidad es esencial para las futuras misiones que deberán acoplarse con la estación Gateway o con el alunizador Starship de SpaceX en la órbita lunar.
- Trayectoria de retorno libre, la red de seguridad
La misión Artemis II utiliza una trayectoria de retorno libre (Free Return Trajectory). Lo que significa que una vez que la nave se impulsa hacia la Luna, la gravedad del satélite la “atrapará” y la lanzará de regreso a la Tierra de forma natural.
Importancia estratégica, es la validación de los protocolos de emergencia. Si los motores fallan tras el impulso inicial, la física garantiza que los astronautas volverán. Es el último “ensayo de seguridad” antes de comprometerse a entrar en una órbita lunar cerrada de la que es más difícil escapar en caso de crisis.
El impacto de los aspectos analizados en la ruta crítica del programa Artemis
Si Artemis II resulta un:
–Éxito total, Artemis III se mantiene para finales de 2027 o 2028, la política espacial de la actual administración se valida y se logra una aceleración de fondos.
–Éxito parcial, se genera un retraso de 12-18 meses para rediseñar los sistemas fallidos. Se registra un aumento de la presión crítica y posible desvío de fondos a favor de SpaceX/Blue Origin.
-Fallo crítico, se produciría una suspensión indefinida del programa tripulado y China tomaría la delantera definitiva para el primer alunizaje del siglo XXI.
En la actual administración, la ruta crítica ha sido despojada de experimentos científicos secundarios para centrarse exclusivamente en la velocidad operativa. Artemis II ha pasado de ser una misión de “exploración” a una misión estratégica de “certificación militar y comercial”. El nombramiento de figuras del sector privado en puestos clave de la NASA (Jared Isaacman) busca que esta misión sea el sello de aprobación para que las empresas privadas tomen el relevo en la logística lunar de Artemis III en adelante.
El impacto de la misión Artemis II a nivel multilateral
En este contexto, la NASA (y la actual administración) están pasando a ser reguladores y clientes. El descubrimiento de depósitos masivos de agua en 2026 por una sonda privada cambiaría las acciones de estas empresas de la noche a mañana, generando una “fiebre del oro” donde el éxito de Artemis II es el sello de seguridad necesario para que los inversores privados den el salto definitivo.
En el escenario de 2026, la Luna se ha convertido en el tablero más complejo de la diplomacia espacial internacional. El modelo de “propiedad privada” y “explotación comercial” impulsado por los EE.UU. y cristalizado en los Acuerdos Artemis ha chocado frontalmente con la visión de la Alianza China-Rusia (ILRS). Estas fricciones se manifiestan de manera crítica en la Comisión de las Naciones Unida sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos (COPUOS), en Viena, donde la batalla legal por el satélite (la Luna) ha llegado a un punto de parálisis diplomática en los siguientes aspectos.
a. El conflicto de interpretación: “apropiación” vs. “uso”
La principal fricción radica en cómo se interpreta el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 (OST), la “Carta Magna” del espacio.
-La postura de EE. UU. (Modelo Artemis/Trump): Argumentan que, si bien ningún Estado puede reclamar soberanía sobre la Luna (Art. II), la extracción de recursos para propiedad privada es legal, similar a la pesca en aguas internacionales. Trump ha reforzado esto con órdenes ejecutivas que incentivan a empresas como SpaceX a “poseer lo que extraen”.
-La postura de China y Rusia (Modelo ILRS): Acusan a EE. UU. de crear un “orden basado en reglas” fuera del marco de la ONU para eludir el principio de que el espacio es patrimonio común de la humanidad. Rusia ha calificado oficialmente en la COPUOS los intentos de privatización como una “toma de tierras” (land grab) ilegal.
b. Puntos de fricción directa en la COPUOS (2025-2026)
Las discusiones en la Subcomisión de Asuntos Jurídico de la COPUOS se han centrado fundamentalmente en tres puntos de ruptura:
- Las Zonas de Seguridad. Los Acuerdos de Artemis proponen zonas de exclusión alrededor de operaciones mineras o bases para evitar interferencias.
Punto de fricción: China y Rusia argumentan que estas zonas son una soberanía de facto. Sostienen que, si SpaceX establece una zona de seguridad de 5 km alrededor de un depósito de hielo, está impidiendo el acceso libre garantizado por el Tratado de 1967. En 2025, Rusia presentó resoluciones para prohibir cualquier zona que restrinja el movimiento o actividades de otros Estados.
- El Grupo de trabajo sobre recursos espaciales (OEWG). La COPUOS estableció un grupo de trabajo para crear reglas sobre minería lunar.
Punto de fricción: EE. UU. y sus aliados presionan para que las reglas -soft law- sean “guías voluntarias” que favorezcan al sector privado. China y Rusia, por el contrario, exigen un régimen internacional vinculante que incluya el reparto obligatorio de beneficios con los países en desarrollo, algo que la administración Trump rechaza tajantemente mediante la imposición arbitraria de su política “América primero”.
iii. Militarización de espacio encubierta. China y Rusia han utilizado el foro de la COPUOS para denunciar que la infraestructura comercial del NewSpace (como el Starship de SpaceX o los satélites de comunicaciones lunares) son en realidad activos militares de “uso dual”, un tema analizado recientemente a detalle en esta columna.
Punto de fricción: La delegación rusa ha propuesto un borrador de resolución sobre “Ciencia y Tecnología Espacial para la Paz” que busca restringir el uso de contratistas privados en misiones que puedan tener capacidades ofensivas o de vigilancia sobre las instalaciones de la ILRS china-rusa.
En 2026, la falta de consenso en la COPUOS ha llevado a una fragmentación del derecho espacial con las siguientes implicaciones en el futuro inmediato:
- Riesgo de colisión: Sin reglas claras de coordinación entre ambos bloques, aumenta la probabilidad de interferencias físicas o de radiofrecuencia en el Polo Sur lunar.
- Incertidumbre para inversores: Las empresas privadas temen que sus inversiones no sean reconocidas internacionalmente si operan solo bajo el paraguas de Artemis, lo que ha llevado a un intenso lobby para que la ONU llegue a un acuerdo mínimo de interoperabilidad.
El eventual éxito de Artemis II forzará a la ONU a tomar una decisión, o se acepta el modelo comercial liderado por EE. UU. como una realidad consumada, o el espacio se convertirá en un territorio de conflicto legal y físico permanente entre dos sistemas económicos incompatibles.
América Latina en el programa Artemis
La participación de los países hispanohablantes en el programa Artemis, y específicamente de España y México, ha evolucionado de un papel de “observadores” a finales del siglo XX a ser socios estratégicos y tecnológicos en este 2026. El papel de los países hispanohablantes es el de “habilitadores tecnológicos”. Mientras España garantiza que la nave Orion funcione (electrónica de potencia y control térmico, componentes para ESM/Gateway), Argentina (estaciones de seguimiento y software de misión), México está probando cómo extraer recursos (micro robótica de enjambre -Misión Colmena- y nanosatélites) estrategia que debe apuntalar mediante Inversión pública-privada enfocada en el nearshoring espacial para insertarse como proveedor a la industria espacial de EE. UU.; la participación de estos países es su boleto para no quedar fuera de la futura economía lunar.
España se adhirió a los Acuerdos de Artemis (mayo de 2023), es un pilar industrial de la ESA y su peso en el programa es tangible en el hardware que ya está volando. México fue uno de los primeros países latinoamericanos en adherirse a los Acuerdos (diciembre de 2021) y su enfoque es la democratización de la tecnología lunar.
España tiene una oportunidad histórica en posibilidad de acceder a la tripulación del programa Artemis de la NASA con los astronautas Pablo Álvarez Fernández y Sara García Alonso, seleccionados por la ESA en 2022. Al haber asegurado tres asientos en las misiones Artemis IV, V y VI (entre 2027 y 2030), Pablo Álvarez se perfila como un candidato sólido para una de estas misiones. La política espacial estadounidense favorece a socios que, como España, han aumentado su presupuesto espacial y albergan sedes estratégicas (como la Agencia Espacial Española -AEE- en Sevilla).
México tiene capacidades para desarrollar nanosatélites de nueva generación para la comunicación lunar y micro robótica para probar tecnología de minería y prospección (LINX ICN UNAM) que es de alto interés para la NASA. Aunque México -por falta de apoyo y visión gubernamental de largo plazo- no tiene un asiento garantizado a corto plazo (como lo tienen Canadá o Japón), su estrategia para obtenerlo debe centrarse en la especialización técnica desde las universidades; existe la posibilidad de que un especialista mexicano sea incluido en misiones comerciales de carga (vía NewSpace), para supervisar experimentos de robótica o minería de recursos. En este contexto, la formación de nuevos candidatos en programas de pasantías de la NASA debe ser la estrategia a largo plazo para asegurar un astronauta nacido en México, en las futuras misiones del programa Artemis. La NASA puede interesarse en que México sirva como centro logístico y de manufactura para componentes de bajo costo del programa Artemis, lo que puede abrir puertas para especialistas de misión mexicanos en la década de 2030.
En este 2026, la participación de España y México en el programa Artemis ha pasado de la firma de acuerdos diplomáticos a una integración industrial y científica profunda. Mientras España actúa como un proveedor de infraestructura crítica para la supervivencia de los astronautas, México puede posicionarse como un innovador en tecnología de bajo costo y micro robótica, además de ofrecer una base industrial cercana (nearshoring) que compite con los costos de China.
A la fecha, el bloque hispano es uno de los más activos dentro de los más de 60 firmantes de los Acuerdos Artemis. Argentina, Colombia, Chile y Ecuador han firmado, lo que les permite acceder a datos científicos de la NASA y participar en licitaciones comerciales para proveer servicios de software, telemetría o experimentos biológicos en la Luna. Respecto a la posibilidad de un asiento latino en las misiones de Artemis, la NASA utiliza a figuras como Frank Rubio (El Salvador) para inspirar a la región latinoamericana. En el contexto actual de abierta competencia EE. UU. – China, se espera que, para mantener la cohesión del bloque occidental frente a la oferta china, la NASA incluya a más astronautas de ascendencia hispana en las tripulaciones de superficie.
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