
El muy querido y recordado periodista e historiador aeronáutico Manuel Ruiz Romero alguna vez me compartió un proverbio chino: “Un niño es un niño, dos son medio niño y tres no son en absoluto un niño”, lo cual me indica que, conforme más personas se suman a una misma tarea, hay posibilidades reales de que la productividad y la eficiencia disminuyan producto de distracciones, conflictos, bromas, egos impuestos o falta de coordinación.
Decía el hispano-mexicano que el día en el que desarrollase “en equipo” una de sus valiosas obras, simple y sencillamente no habría tal libro. Eso no quita que recurría a diseñadores, patrocinadores, entrevistas e impresores para publicar la que muchos seguimos considerando la mejor colección de textos de historia de la aviación mexicana. En lo que el autor, ahora sí que “volaba solo”, era en aquello que tenía que ver con la planeación, preparación, redacción y producción de sus materiales; es decir, él y nada más que él estaba al mando. Por cierto, Manuel nunca fue piloto y, conociéndolo un poco, bien podría decir que nunca tuvo la menor intención de serlo.
Sin embargo, soy de la idea de que la calidad de lo que generó confirma que le asistía alguna razón en su método de trabajo, tanto así que procuro imitarlo; es más, estoy convencido de que si decidiese o se me forzase a colaborar con alguien en la preparación de los materiales que semanalmente someto a la consideración de mis estimados editores, difícilmente cumpliría mis compromisos de entrega con ellos. Quizás por ahí tendrían mejor calidad, no así oportunidad.
¿Cuántas decisiones, actividades o entregas se demoran más de lo necesario por un exceso de voces autorizadas participando en ellas? Aun en el marco de los modernos conceptos laborales, como el muy aeronáutico CRM (Crew Resource Management), sistema concebido para mejorar la seguridad operativa optimizando el uso de todos los recursos en la cabina (personas, procedimientos y equipo), enfocándose en un liderazgo maduro, alguien debe tomar decisiones y las cosas se deben hacer, muchas veces sin demora y hasta de inmediato bajo la dirección de un actor competente.
¿Qué pensaría el individualista por excelencia Charles Lindbergh del CRM? Déjeme que le cuento que, cuando se le cuestionó por qué pretendía hacer su épico vuelo en solitario entre Nueva York y París en mayo de 1927, respondió que un acompañante, aun un copiloto, más que aportar a la seguridad o al logro del objetivo, se convertiría en una suerte de lastre, el cual, mis estimados lectores familiarizados con la logística y el transporte, saben que en la mayoría de los casos es prescindible. Aun así, quienes conocemos cómo transcurrió en realidad este memorable vuelo sabemos que no le hubiese hecho daño alguno al “Águila Solitaria” contar con alguien que lo alertase cuando se estaba quedando dormido en medio del Atlántico Norte. Como en todo, encontrar el justo medio es el verdadero reto.
Al final de cuentas, no puedo esconder la molestia que siento al constatar cómo aquello que puede ser atendido de manera expedita y efectiva en una organización o proceso se convierte con facilidad en una pesadilla de gestión conforme participan voces que, en lugar de contribuir a atender el pendiente, lo complican. Estoy hablando de jefes, colegas y subordinados en la propia entidad, y también de terceros que participan o son invitados a sumarse por perfiles con capacidad de decisión, atendiendo factores como la desconfianza en el actor principal, el pretender quedar bien, el miedo a la toma de decisiones, una mala interpretación de la transparencia o simplemente darle algo que hacer a alguien, sin tomar en cuenta el potencial impacto negativo que ello puede tener en el proceso.
Aclaro: no es que quien firma esta columna no aprecie o no sepa trabajar en equipo; por el contrario, como Lindbergh, que llegó al grado de titular su primer libro narrando su vuelo a París “We”, es decir “Nosotros”, refiriéndose no solamente a su Ryan y a él, sino también a sus socios de San Luis, Misuri, este servidor y amigo se precia de haber logrado grandes cosas “ala con ala” con profesionales que comprenden que volar en formación es contribuir productiva y eficientemente al recorrido, en lugar de participar en el proyecto cuestionándolo o demorándolo todo, tal y como ocurre en muchas organizaciones públicas y privadas del mundo entero.
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