
Con mi burrito sabanero voy camino de Belén
Si me ven, si me ven voy camino de Belén…
Despega el 2026 y la aviación mexicana vuelve a hacer lo que mejor sabe: operar pese a todo.
Aviones llenos, aeropuertos rebasados, pasajeros resignados y autoridades que celebran que “todo está funcionando”.
Sí, funciona… pero al límite, como ese vuelo que despega con viento cruzado, pista corta y la luz de advertencia encendida desde hace rato.
El mensaje implícito con el que inicia el año es claro: la industria sigue creciendo, pero la estrategia no.
No hay un plan de vuelo integral, hay parches. No hay visión de largo alcance, hay decisiones reactivas.
Y mientras el discurso oficial presume normalidad, el costo real se le carga —otra vez— al pasajero.
El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), sigue siendo el mejor ejemplo del problema estructural.
Saturado, caro y operando como si la contingencia fuera permanente.
El director del AICM, JUAN JOSÉ PADILLA OLMOS ha salido a decir que hoy se están “arreglando” fallas que estuvieron desatendidas por más de 14 años.
La frase suena bien… hasta que uno recuerda que durante esos 14 años el aeropuerto nunca dejó de cobrar, nunca dejó de operar y nunca dejó de ser el principal hub del país.
Reconocer el abandono histórico no es un logro: es un acta de entrega tardía.
Y mientras se corrige lo que no se hizo, se pide al pasajero llegar antes, pagar más y tener paciencia.
Por su parte el AIFA, inicia el año con pista larga y agenda corta.
Capacidad de sobra, pero demanda insuficiente. Avanza en carga, sí, pero sigue lejos de consolidarse como solución real al sistema metropolitano.
No por falta de infraestructura, sino por falta de incentivos, conectividad y sentido de mercado. Un aeropuerto no despega por decreto.
Las aerolíneas entran a 2026 con el radar fijo en la eficiencia. Aeroméxico al mando de ANDRES CONESA LABASTIDA cuida cada ruta como si fuera combustible escaso.
Batman y Robin en Volaris y Viva siguen empujando volumen, pero con márgenes cada vez más delgados.
El modelo aguanta, pero empieza a crujir. Cuando el sistema no absorbe costos, los traslada, y eso ya lo siente el pasajero en tarifas, servicios y experiencia.
En el frente regulatorio, la sensación es de piloto automático.
La autoridad administra el día a día, pero evita decisiones de fondo. Falta una política aérea moderna, técnica y predecible.
Una que entienda que la aviación no es discurso político ni improvisación administrativa: es seguridad, planeación y confianza.
Y abajo, sosteniendo todo, el control de tráfico aéreo. Un sistema que funciona porque quienes están en la torre hacen más con menos.
Profesionalismo al límite, presión constante y cero margen para el error.
Cuando un sistema depende tanto del factor humano, la alerta no es amarilla: es preventiva.
Así despega 2026 para la aviación mexicana: con aviones llenos, aeropuertos cansados y un modelo que sigue volando… Pero sin ruta clara.
Porque crecer no es lo mismo que avanzar.
Y volar no siempre significa ir en la dirección correcta…
Apúrate, mi burrito, que ya vamos a llegar Tuki tuki tuki tuki, tuki tuki tuki tu…
¡Queda Dicho!
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







