
Hay momentos en la historia en que la tecnología deja de avanzar de forma gradual y da un salto que redefine todo a su alrededor. En el mundo de la aviación militar, ese salto ya ocurrió. Y lo estamos presenciando en tiempo real: los drones dejaron de ser periféricos, dejaron de ser “herramientas complementarias”, y ahora —en el aire y hasta bajo el mar— reclaman un nuevo protagonismo estratégico.
Un disparo que cambió el tablero
El ejemplo más claro llegó desde Australia hace apenas unos días. Un MQ-28A Ghost Bat, desarrollado por Boeing Defence Australia, disparó un misil aire-aire AIM-120 AMRAAM y derribó un blanco durante una prueba oficial. Ese momento, aparentemente técnico, aislado, rutinario, cambió las cosas. Tanto, que el gobierno australiano firmó inmediatamente un contrato por 1.4 mil millones de dólares australianos (unos usd 930 M) para adquirir seis de estos drones de combate.
No estamos hablando de un cuadricóptero sofisticado: el Ghost Bat mide más de once metros de envergadura, es stealth, carga sensores, armas y puede volar “hombro a hombro” con un F-35 o un Super Hornet. Pero lo que verdaderamente lo distingue es que está pensado para volar adelante del piloto humano, para ser su “alfil invisible”, su explorador, su señuelo, incluso su primer atacante. Es, literalmente, una pieza de combate autónoma.
Este paso revela algo más grande: la aviación militar está transitando hacia un esquema mixto donde los drones ya no sólo acompañan… sino que multiplican, protegen y potencian la efectividad de los aviones tripulados. El piloto deja de ser el único protagonista del aire; ahora es el director de una orquesta robótica.
La guerra desciende a las profundidades
Mientras los cielos se llenan de drones, también los mares se están poblando de vehículos no tripulados. Australia dio otro golpe estratégico con el programa Ghost Shark, una futura flota de submarinos autónomos de gran tamaño construidos por Anduril.
¿Por qué submarinos no tripulados?
Porque son más baratos, pueden operar en mayor número, no arriesgan vidas y pueden realizar misiones largas sin descanso. En un entorno como el Indo-Pacífico donde la competencia naval crece, estos drones subacuáticos ofrecen alcance, persistencia y sigilo.
Es un recordatorio de que la revolución no tripulada no solo transformará el cielo. También está reclamando el mar y la profundidad submarina. En otras palabras, los tres dominios estratégicos más sensibles ya no requieren de tripulación humana para ser vigilados, defendidos o atacados.
Hacia una nueva doctrina: volumen, saturación y autonomía
Lo más inquietante —y fascinante— es el cambio doctrinal que acompaña esta tecnología. Los ejércitos del futuro ya no dependen únicamente de plataformas caras, grandes y escasas. Hoy el valor militar empieza a medirse en capacidad de producción, escalabilidad, redundancia y saturación.
Muchas potencias están moviéndose hacia esquemas donde un solo operador, apoyado por sistemas de inteligencia artificial, controlará enjambres de drones capaces de vigilar, atacar o defender simultáneamente. Un concepto que hace apenas unos años parecía ciencia ficción ahora se está probando en campo real.
Esta lógica no sólo cambia la dinámica de la guerra moderna; también cambia la estructura industrial que la sostiene. Los drones permiten fabricar poder militar como quien fabrica electrónica: rápido, barato y en volumen.
El riesgo detrás del auge
Pero todo avance trae una sombra. La proliferación de drones —militares y comerciales— también está aumentando los riesgos:
- drones sobrevolando bases militares sensibles en Francia;
- interrupciones en aeropuertos europeos por aeronaves no identificadas;
- drones armados utilizados por grupos irregulares o criminales;
- la necesidad inminente de nuevas defensas aéreas, navales y digitales.
La frontera entre vigilancia legítima, espionaje, sabotaje o ataque se está volviendo difusa. Y las instituciones civiles y militares están corriendo para ponerse al día.
¿Y qué significa esto para nuestra región?
América Latina observa este fenómeno desde una distancia incómoda.
Por un lado, reconoce que los drones abren oportunidades enormes para vigilancia, protección fronteriza, logística, control marítimo y seguridad pública. Pero por otro, también enfrenta riesgos reales: proliferación no regulada, uso criminal, dependencia tecnológica externa y ausencia de marcos legales robustos.
Cuando los países con mayor poder invierten en capacidades autónomas aéreas, marítimas y submarinas, el resto del mundo no puede quedarse al margen. No se trata de entrar en una carrera armamentista, sino de entender que la discusión sobre los drones ya no es futurista ni teórica. Es actual. Es urgente. Y requiere visión estratégica.
Mirar hacia adelante con claridad
El avance de los drones —en el aire y en el mar— nos obliga a reconsiderar cómo entendemos la defensa, cómo definimos la soberanía y cómo protegemos nuestros espacios vitales. Porque hoy, la seguridad ya no se juega sólo en fronteras físicas, sino también en cielos invisibles, rutas submarinas y redes digitales.
Los Ghost Bat y los Ghost Shark no son solo máquinas: son símbolos. Representan la entrada formal del mundo a una nueva era donde la guerra, la seguridad y el poder se distribuyen en sistemas autónomos que operan, deciden y ejecutan sin tripulación.
Y frente a ese panorama, la pregunta no es si debemos prestarle atención.
La pregunta es si estaremos preparados para las consecuencias.
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