
El espacio ya no es solo exploración. Ahora va por el silicio. Cada vez más, la inteligencia artificial necesita más poder de cómputo y energía y las empresas están buscando soluciones en órbita. Proyectos como Starmind de SpaceX marcan el rumbo, pero los obstáculos son grandes: radiación, cambios de temperatura y dificultad de reparaciones. Es por esto que quien controle el silicio espacial ganará ventaja estratégica. México y Latinoamérica pueden participar, y no es una fantasía. Es una oportunidad real.
Llevar centros de datos a órbita es complicado. Por eso el avance principal está en desarrollar nuevos chips. Procesadores que operen en el borde (edge computing). Sistemas autónomos que decidan sin conexión constante a Tierra. Empresas como AMD ya ofrecen soluciones como sistemas completos en un chip (SoC) tolerantes a radiación, con motores de IA para inferencia, lógica programable y núcleos ARM calificados para vuelo espacial.
La industria se está moviendo. STMicroelectronics proyecta más de 3 mil millones de dólares en ingresos acumulados de su negocio espacial entre 2026 y 2028. Solo en 2026 espera cerca de 1 mil millones de dólares, impulsado por constelaciones LEO. La empresa ya suministra componentes a proyectos como Starlink. China, por su lado, lanzó en mayo de 2025 los primeros 12 satélites de la constelación Three-Body Computing. Estos satélites procesan datos con IA directamente en órbita y alcanzan 5 petaoperaciones por segundo en la fase inicial. El plan es llegar a miles de satélites.
¿Qué podemos hacer en México y Latinoamérica?
México tiene ventajas concretas: El nearshoring atrae inversión al sector aeroespacial. Fábricas en Jalisco, Querétaro y Nuevo León ya producen componentes. Si avanzamos hacia chips resistentes a radiación y sistemas de bajo consumo, subimos en la cadena. Estos componentes servirían para desarrollar satélites que monitoreen cultivos en Sinaloa, sequías en el norte o huracanes en el Golfo. Crearían empleos de ingeniería y reducirían la dependencia de importaciones.
En Latinoamérica el panorama es similar. Brasil, Argentina y otros países operan satélites propios. Necesitan herramientas para agricultura de precisión, conectividad rural y monitoreo climático. La economía espacial global puede alcanzar 1.8 billones de dólares para 2035. La región tiene territorio grande, biodiversidad y demanda real, por lo que tiene la oportunidad de especializarse en nichos como software autónomo o integración de sistemas, además de trabajar en conjunto.El cómputo orbital permite operar satélites que actúan solos, procesan imágenes, detectan cambios y toman decisiones locales. Eso ayuda en zonas con poca cobertura o durante emergencias. Un huracán en el Caribe. Un incendio en la Amazonia. Una falla en una red eléctrica. Empresas locales podrían desarrollar aplicaciones específicas y generar empleos mejor pagados.
Sin embargo, nada es fácil. Necesitamos invertir más en talento técnico, coordinar la colaboración entre industria, universidades y gobierno, y asegurar el acceso a minerales críticos para semiconductores. La competencia entre Estados Unidos y China avanza rápido, por lo que quedarnos solo como compradores no nos conviene.
El espacio viene por el silicio y es hora de elegir: comprar la tecnología o participar en su desarrollo. La segunda ruta ofrece crecimiento económico, empleos calificados y mayor control estratégico. Es imperativo invertir y coordinarse ahora. De lo contrario, seguiremos dependiendo del exterior. ¿Tú qué opinas?
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







