
Recientemente comenté en alguna columna que, ente sus acciones y resultados, estamos en una crisis de confianza en lo que toca a la capacidad del gobierno actual de hacer su labor de regular y supervisar a la aviación.
La confianza, nos dice el Diccionario de Lengua Española es la seguridad, esperanza firme o convicción que una persona tiene en que alguien o algo actúe de manera adecuada, en que algo funcione como se espera, o en las propias capacidades.
La confianza debe mediar en nuestras relaciones a nivel comercial, por ejemplo, ya sea como proveedor o cliente; a nivel profesional, ya sea a nivel laboral en temas de empleo o de prestación de servicios profesionales independientes, casos notables dado las consecuencias que un error en ellas puede generar las de los médicos, abogados, contadores, mecánicos o constructores; personal, por ejemplo con nuestras familias, pareja o amigos; y social con los integrantes de la comunidad en la que nos desenvolvemos comenzando por nuestros vecinos.
El escenario ideal, lo cual que decir en realidad rara vez se concretiza, es navegar siempre en los cielos de la vida de la mano de personas o empresas dignas de confianza, pero lo más importante, inspirando uno confianza a quienes interactúan con nosotros.
Esta variable es importante en sector del aerotransporte, en particular cuando se habla de poner la propia vida o la de terceros que amamos o colaboran con uno al abordar un vuelo en manos de uno no sabe quién. No hay que olvidar que por más avances técnicos que haya acumulado la aeronáutica mundial y que las cifras demuestran que volar es crecientemente seguro, lo cierto es que, subirse a un avión genera mucho temor a una parte importante del público. Es más, la confianza es considerada como el pilar fundamental que sostiene a toda la industria de la aviación global, que diferencia de otros medios de transporte, opera bajo una premisa de riesgo percibido muy alto, lo que la convierte en su activo intangible más valioso.
Por experiencia, puedo decir que cuesta mucho trabajo ganarse la confianza de algo o de alguien o que ese algo o alguien se gane la de uno. ¿Qué decir de perderla? ¡Eso que es fácil; basta un error o una mala interpretación de algo! ¿Quién no ha perdido la confianza de alguien o quién no la ha perdido en algo o en alguien? Insisto, a lo que debemos aspirar es a que ello ocurra la menor cantidad de veces. Entonces la pregunta es obligada: ¿Es posible recuperar la confianza perdida? La verdad es que lo veo muy, pero muy difícil, de ahí la importancia que debemos darle a cuidarla.
Es así que nuevamente hago un llamado al gobierno federal mexicano para que haga lo necesario a fin de que la autoridad aeronáutica nacional recupere esa confianza que alguna vez tuvo y que, entre recortes presupuestales, corrupción e incompetencia, ha ido perdiendo a pasos acelerados.
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