
Al elaborar este texto pienso nuevamente en mi héroe aeronáutico, Charles Lindbergh, norteamericano conservador y si estuviese vivo, desgraciadamente seguro trumpista que afortunadamente se olvidó de la política privilegiando al final de su vida el bienestar de las aves sobre la construcción de aeronaves, dedicando cualquier ejercicio mediático que realizase a cuidar la naturaleza. Y es que la salida de los Estados Unidos del Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cancelando su financiamiento, a iniciativa del actual presidente de ese país es una muy mala noticia para los aeronáuticos globales —que espero haya muchos, a los que nos preocupa el cambio climático en el planeta. Estados Unidos, potencia industrial de la mayor magnitud es la soberanía que de manera histórica ha emitido más gases de efecto invernadero y es la segunda que más emite en la actualidad, solamente después de China, lo cual habla de la relevancia de su involucramiento en los esfuerzos preventivos. Tampoco hay que olvidar que la norteamericana sigue siendo la principal industria aeronáutica global y que, por lo tanto, la calidad medioambiental de aquello que emane de ella repercutirá a su vez en la calidad ecológica de las operaciones aéreas en todo el mundo, ¿o no es así Boeing y Pratt & Whitney?La pregunta es obligada: En este contexto, ¿qué incentivos van a tener los industriales aeronáuticos norteamericanos para contribuir a preservar el entorno natural si su gobierno, que en muchos casos su principal cliente, desprecia, tal y como es el caso de la administración hoy manda en Washington, D.C., todo aquello que tenga que ver con la protección de nuestro hogar común?
Afortunadamente, la aeronáutica es una actividad global y por ello los productos y sus operadores norteamericanos se venden y vuelan a lo largo y ancho de la geografía, incluyendo países y gobiernos conscientes de la importancia de cuidar los mares, suelos y atmósfera terrestre, que además han impuesto crecientemente restrictivas reglamentaciones medioambientales, impactando en la operación en sus espacios aéreos de equipos de vuelo fabricados en donde sea, se desprecie ahí o no a la Convención en comento. No en balde la propia comunidad aeronáutica internacional reunida entorno a la Organización de Aviación Internacional (OACI) en su momento adoptó el Anexo 16 “Protección del Medio Ambiente” a su norma esencial, el Convenio de Chicago sobre Aviación Civil Internacional.
Quizás sea tiempo de perfeccionar o profundizar en estas normas, de ahí que no me voy a cansar de reiterar el llamado a la comunidad aeronáutica, comenzando por mis cercanos, a sumarse a la sana, y hay que decirlo, imprescindible visión ecologista de algunos líderes de opinión, científicos, humanistas y políticos que comprenden que la Tierra ya no soporta el daño que le estamos causando los humanos, entre otras cosas con sus contaminantes, para hacer presión ante quien sea necesario hacerla, nos hagan o no caso, pero que no quede por nosotros, tal y como intento con esta columna.
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