
No cabe duda, volar es todo un arte que no cualquiera domina; inclusive hay sesenta especies de aves que simple y sencillamente no logran hacerlo, caso notable de los pingüinos, lo que confirma que aun cuerpos supuestamente dotados de aquello que se requiere para volar, comenzando por las alas, característica anatómica fundamental para ello, a veces no lo consiguen por sus propios medios.
El ser humano definitivamente no entra en la categoría de las especies que cuentan de forma natural con elementos que les permitan alzar el vuelo sin el apoyo de algo externo —para nosotros una aeronave. Aun así, no todos logran dominar el arte de estar al mando de una.
En cualquier caso, ya sea capaces de hacerlo por sí mismos o empleando a otros o a una máquina, el que una especie vuele me parece una verdadera maravilla, lo que no puedo dejar de definir como una obra de arte producto, ya sea de naturaleza o del ingenio humano.
¿Volar es un arte?
Si aceptamos que el arte es algo propio de un ser humano que aplica su habilidad o destreza para expresar una visión sensible y emocional de su mundo, comunicando, conmoviendo, provocando una reflexión o generando una experiencia estética, es decir, propia del estudio de la belleza y la percepción de las cualidades sensibles, entonces debemos reconocer que volar es todo un arte.
No en balde el vuelo, en especial el humano, funciona como uno de los símbolos universales más poderosos de nuestra creatividad, inspirada desde el origen de sus tiempos en el deseo físico y espiritual de superar límites materiales como su incapacidad natural de volar sin emplear medios de apoyo.
El vuelo es visto como metáfora de libertad y trascendencia y por ende como material artístico, muchas veces íntimamente ligado a un esfuerzo científico, caso de un Leonardo da Vinci cuyo “Códice sobre el vuelo de los pájaros” del año 1505, manuscrito que este columnista no pudo ver de otra manera que como una gran obra de arte con enorme valor científico cuando lo tuvo ante sí al ser expuesto en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México en el año 2015.
Volar es un arte y eso lo reconocen los artistas que comprenden que ello rompe la perspectiva humana tradicional, cautivándose sólo para terminar cautivando a su vez a los demás con su obra luego de mirar al mundo —y a los propios humanos, desde una plataforma tecnológica paradójicamente tan mágica como es una aeronave.
En mi opinión, uno de los creadores que mejor lo reflejan es el ya fallecido artista plástico mexicano Leonardo Nierman para el que el vuelo no era un tema cualquiera, sino una obsesión formar, mística y hasta musical, tanto que definió el eje de su producción, abordándolo desde el expresionismo mágico y abstracto.
La aviación civil mexicana le compró la idea y su obra decora frecuentemente sus espacios, caso recuerdo yo de alguna oficina corporativa de Aeroméxico o de áreas públicas de atención a pasajeros y tripulaciones en los aeropuertos como el “Mariano Escobedo” de Monterrey, Nuevo León y el “Felipe Ángeles” de Santa Lucía, Estado de México en cuyos FBOs se exhibe y se vende arte de alto nivel y valor, no solamente de Nierman, sino de otros grandes creadores mexicanos y extranjeros.
Lo cierto es que para mi volar es un arte y no solo en un sentido poético por la profunda destreza, sensibilidad y pasión que exige, asemejándose al proceso de generación artística, sino porque representa la culminación de un sueño humano de transformar la física en poesía, el movimiento en libertad y el espacio en una experiencia que conmueve el espíritu humano, bueno, el de algunos.
Así lo dejo…
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”








