
En la aviación moderna, ahorrar combustible se ha convertido en una prioridad, especialmente hoy que el mundo se encuentra lidiando con una guerra que está poniendo en niveles nunca vistos los precios por barril de petróleo.
El precio del combustible, los costos de operación y la competencia entre aerolíneas obligan a buscar continuamente mayor eficiencia; sin embargo, existe una pregunta que debemos hacernos como profesionales de la aviación: ¿Hasta dónde puede un capitán llevar el ahorro del combustible sin comenzar a sacrificar los márgenes de seguridad?
El combustible de un avión no es simplemente un costo, es una reserva de seguridad, es tiempo para actuar a favor del piloto y también aumenta la capacidad de decisión ante la posibilidad de enfrentar una emergencia.
Por ley, todas las aeronaves del mundo salen con combustible perfectamente planificado de acuerdo con las reglas de la industria y, sin embargo, pueden encontrarse durante el vuelo con condiciones completamente inesperadas: meteorología adversa, congestión, esperas prolongadas, pistas cerradas, fallas técnicas, desvíos o aproximaciones frustradas.
Y es precisamente en esas circunstancias cuando un piloto descubre el verdadero valor del combustible que lleva a bordo.
Durante años, la aviación ha construido su extraordinario historial de seguridad sobre una filosofía fundamental: mantener márgenes suficientes para que la tripulación pueda tomar decisiones sin encontrarse contra el reloj.
El problema comienza cuando el ahorro de combustible se convierte en una presión operacional que en estos días parece ser ya una filosofía de operación por parte de los administradores de aerolíneas alrededor del mundo.
Cuando se pretende reducir cada kilogramo de combustible, cada minuto de vuelo y cada desviación, podemos terminar creando una operación aparentemente eficiente, pero con márgenes cada vez más pequeños.
Y ya hemos visto situaciones que deberían servirnos como advertencia.
Los sustos en la aviación casi nunca aparecen de la nada.
Generalmente son el resultado de una cadena de circunstancias: meteorología, tráfico, decisiones operacionales, presión comercial, errores humanos y, finalmente, un margen de combustible que ya no permite reaccionar con tranquilidad.
No debemos esperar a que ocurra un accidente para reconocer que existe un problema.
La seguridad aérea no consiste únicamente en cumplir con el mínimo reglamentario. Cumplir el mínimo es una obligación; administrar adecuadamente los márgenes de seguridad es responsabilidad profesional.
El comandante debe conservar siempre la autoridad para tomar la decisión que considere necesaria durante la carga de combustible para proteger a sus pasajeros, su tripulación y la aeronave.
Porque ninguna meta económica puede estar por encima de la seguridad.Una aerolínea puede recuperar el costo de combustible, puede recuperar el costo de un vuelo demorado, recuperar el costo de un desvío, pero lo que no puede recuperar es una vida humana y su buen nombre.
Por eso, hay que estar de acuerdo en ahorrar y optimizar la operación al mismo tiempo en que se reduce el desperdicio, pero nunca debemos permitir que la búsqueda de eficiencia mediante el ahorro en la carga inicial de combustible transforme una operación segura en una operación al límite.
En aviación existe una regla que nunca debería perder vigencia:Primero seguridad, después eficiencia.
Porque cuando la eficiencia comienza a competir con la seguridad, ya no estamos hablando simplemente de economía de riesgo.
Y en aviación, el riesgo que se puede evitar debe evitarse antes de que se convierta en una tragedia.
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