
Mi relación con el Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” de la Ciudad de México es personal, profunda, extensa, apasionante y a veces dolorosa. Data del año 1964 cuando hice desde ahí mi primer vuelo como pasajero a los tres años de edad. Comenzó a madurar hacia 1978 cuando obtuve en una de las escuelas en sus instalaciones mi licencia de piloto privado; es más, llegué a hacer un aterrizaje y un despegue como estudiante de vuelo al mando de un Piper PA-28 en su pista 05 izquierda, algo que ya no muchos en vida pueden presumir haber hecho en su formación de vuelo.
Sin duda se consolidó a partir de que comencé a prestar mis servicios en sus instalaciones en diversas organizaciones públicas y privadas, mexicanas y extranjeras, primero en su administración, entonces a cargo de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA), desarrollando y operando en el año 1985 el primer sistema propiamente dicho de supervisión de calidad en el aeropuerto, integrado además de por este columnista, por un equipo de doce “supervisores de piso” entre los cuales conté con toda clase de perfiles; desde un humilde pero dedicado y capaz trabajador de rampa que con justicia aspiraba a más en su carrera aeroportuaria, hasta un brillante y ambicioso profesional del turismo que con el paso del tiempo llegó nada menos que a la dirección general del propio aeropuerto, pasando por supervisores con clara vocación por la administración pública. Entre ellos destaca para efectos personales un joven médico que la verdad no entiendo qué hacía en la Terminal de Aviación General del AICM en lugar de estar en un consultorio, en el que sin duda hubiese hecho un gran labor y quien a lo largo del tiempo se hizo de la que considero es una de las más prestigiadas y memorables carreras en el aeropuerto, si es que no la más, luego de acumular más de 53 años prestando sus servicios en diversas áreas en esa terminal aérea, en especial en las relacionadas con su operación, área en la que es considerado todo un experto inclusive a nivel internacional.
No cabe duda que el AICM ha sido y seguramente seguirá siendo campo fértil para el ejercicio profesional, y por ahí para el brillo (para bien o para mal) de miles de hombres y mujeres contratados ya sea por el propio concesionario aeroportuario como por las diversas autoridades y prestadores de servicios en el. Algunas biografías resultan icónicas, mientras que otras, en mi opinión son propias de casos de estudio, si es que no hasta de obscuras novelas.
Pero no voy a mencionar otro nombre que no sea el del que funge como eje de esta entrega; me refiero al doctor Luis Antonio Aragón Lozano, que me entero acaba de dejar la gerencia del Centro de Control Operativo (CCO) del AICM, infraestructura que por ello pierde a un elemento que no puedo definir de otra manera —y no soy el único en hacerlo, que como “todo un grande”, si no indispensable, sin duda extremadamente valioso, que le va a hacer mucha falta al aeropuerto en ese momento en el que la operación requiera, tal y como ha sucedido tantas veces, de su experiencia y capacidad para atender algún asunto particularmente complejo.
Por respeto a mi amigo, al que me une una relación verdaderamente fraternal, tanto que hasta un finado hijo mío se llamaba Luis Antonio, nombre al que llegué con mi pareja inspirado entre otros factores más allá de ese “Antonio” que nos une, en la calidad y profundidad de mi amistad con en el, no voy a caer en detalles del porqué de su salida de la infraestructura: Creo que a los aeroportuarios mexicanos nos queda claro que trabajar en el marco del morenismo, no solamente en el AICM, sino en cualquier entidad gubernamental y más en una otrora civil que ha pasado a ser administrada por los militares, no es tarea sencilla dado los absurdos que todos los mexicanos estamos constatando en tales gestiones.
Es así que me sumo a las decenas, si es que no centenares de personas, que enterados de la salida del doctor Aragón del AICM sentimos que el aeropuerto va a tener un gran reto al intentar reemplazarlo.
No tengo más que palabras de agradecimiento a la vida por haberlo puesto en mi camino personal y profesional, reconocimiento que si el AICM (al que bien pudo haber llegado a encabezar técnicamente hablando) pudiese hablar, no dudaría de expresar. Y es que le hizo mucho, pero mucho bien.
Disfruta tu involuntario y merecido “retiro” “Luisito” y disfruta también cuando visites nuevamente tu AICM, en el que estoy seguro siempre se te hará sentir como lo que es: tu casa. Muchos te vamos a extrañar y lamentaremos no poder visitarte ya en tu oficina “con vista al mar” en la antigua torre de control, lo que me pone a pensar en las decenas de jóvenes futuros aeronáuticos a los que les diste acceso a esas instalaciones, detonando en buena medida el inicio a varias carreras en la especialidad, y eso estimado galeno, habla muy bien de ti.
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