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23/07/2018

El espíritu de San Luis a noventa años de distancia

Juan A. José / Miércoles, 31 Mayo 2017 - 10:10

Aquella madrugada del 20 de mayo de 1927, el ambiente en el Campo Aéreo Roosevelt de Long Island, en las cercanías de la ciudad de Nueva York, no era precisamente el más optimista, ni correspondía a lo que se podría pensar rodearía el inicio de una gesta heroica; por el contrario, había preocupación y hasta pesimismo. Y es que no eran pocos los que dudaban que Charles A. Lindbergh, lograría llevar con éxito su avión Ryan NYP “Espíritu de San Luis” hasta el Aeropuerto de Le Bourget, al norte de París Francia.

Los recientes accidentes mortales de los equipos del Keystone Pathfinder “American Legion” de Wooster y Davis y del Sikorsky S-35 del as francés René Fonk, también contendientes del Premio Orteig, ofrecido para quien logrará volar sin escalas entre Nueva York y París o las costas de Francia o entre París y Nueva York o las costas de los Estados Unidos, así como la desaparición del Breguet 19 “Oiseau Blanc” de los galos Nungesser y Colí, combinados con ese cielo gris y lluvioso sobre la pista, de por sí enlodada, desde la que estaba por despegar el joven capitán militar y piloto del correo aéreo norteamericano, no contribuían mucho que digamos a mejorar el ánimo entre las decenas de personas que se dieron cita para verle despegar, evento que adquirió tonos dramáticos conforme el avión comenzó a dar tumbos, antes de lograr precariamente alzarse al vuelo, sirviendo de preámbulo a esas 33 horas y media de vuelo que le siguieron, en las que el sueño terminó siendo el peor enemigo del joven originario de Detroit, Michigan durante su peligrosa travesía.

No me cuesta trabajo hablar de Charles A. Lindbergh; es más, llevo más de 30 años haciéndolo, luego de que un día, casi sin darme cuenta, esa aventura que fue su vida, llamó profundamente mi imaginación, tal y como le sucedió a miles y miles de personas. Al final de cuentas Lindbergh no deja de ser el piloto más famoso del mundo, la primera figura mediática global y un personaje fuera de lo común en diversos ámbitos.

Mi héroe ha sido generoso conmigo y creo que le conozco bien; desde esa su niñez y adolescencia independiente y solitaria bajo de la sombra de un estricto y poco afectivo padre abogado y político, protegido la neurosis de una madre que no podía ni consigo misma e impulsado hacia lo científico por el abuelo dentista, hasta esa austera vejez dedicada a viajar por el mundo entero intentando proteger el medio ambiente, los intereses de Pan American y a pasar un tiempo de tanto en tanto con alguna de las cinco familias que procreó, comenzando con la legítima que formó con Anne Morrow.

En el interim le conozco esa fase adulta en la que gracias a su gran habilidad mecánica, valentía, visión, perseverancia y encanto personal, le permitió transformarse de administrador de la granja familiar en piloto, luego en piloto de circos aéreos y después en piloto militar, antes de formar parte de los pioneros de los servicios del correo aéreo norteamericano, pasos previos a lo que sería su principal contribución aeronáutica: Capturar la imaginación del mundo entero y con ello revolucionar a la aviación civil con su vuelo transatlántico, atrayendo el interés y los recursos de inversionistas públicos y privados, detonando así el desarrollo del aerotransporte de pasajeros y carga, la infraestructura aeroportuaria y los servicios de navegación aérea. Un antes y un después en nuestra industria, sin duda.

Mi única recompensa será que el público emplee el correo aéreo…” anotó al autografiar una fotografía suya, poco tiempo después de aterrizar en París.

¡90 años! Pereciera ayer cuando me tocó celebrar en el Aeropuerto parisino de Le Bourget el sexagésimo aniversario del aterrizaje del “Jolie Lindbergh”, como le decían los franceses. Espero tener vida para celebrar en 10 años el centenario del vuelo, tanto como espero poder compartirlo con mis amables lectores, en este mismo espacio.

“No pedimos ser eternos, tan solo pedimos que nuestros actos no pierdan de repente su sentido” (Antoine de Saint-Exupéry)

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