
La industria aérea ha sido, durante décadas, uno de los pilares fundamentales del comercio, el turismo y la conectividad dentro de nuestro país y desde luego a nivel global.
Debemos decir, sin embargo, que en los últimos años se han tomado malas decisiones —tanto empresariales como políticas— que han puesto en riesgo la estabilidad, seguridad y reputación de nuestra aviación.
La combinación y acumulación de errores por parte del Gobierno Federal y la autoridad aeronáutica, la falta de planificación y decisiones apresuradas y no consensuadas frente a las crisis en el interior y al exterior, están afectando de varias maneras la sostenibilidad del sector.
En primer lugar, las malas decisiones de gestión interna dentro de algunas aerolíneas en el pasado reciente han comprometido su salud financiera y las han llevado a su desaparición.
Algunos administradores de empresas aéreas del pasado priorizaron la reducción de costos operativos sin considerar las consecuencias a largo plazo, lo que trajo como consecuencia el deterioro del mantenimiento de aeronaves, la sobreexplotación del personal, la pérdida de confianza por parte de los pasajeros y quiebras, unas más dolorosas que otras.
A veces los casos de cancelaciones y fallas técnicas son síntomas de una gestión enfocada más en el ahorro inmediato que en la eficiencia operativa a largo plazo.
Por otra parte, las políticas gubernamentales erráticas y toma de decisiones a la vista equivocadas han contribuido a empeorar el problema.
Solo como ejemplo y quizá el más importante en décadas fue la cancelación del aeropuerto Internacional de Texcoco en enero del 2019, que ha desencadenado en México una inestabilidad financiera y operativa nunca antes vista.Por su parte, la falta de apoyo gubernamental durante crisis internas y globales y la ausencia de regulaciones coherentes o de competencia actualizadas y modernas han generado un entorno inestable.
Durante los últimos siete años el Gobierno Federal Mexicano ha tomado decisiones improvisadas que han afectado el sector aéreo, como el cierre del proyecto Texcoco que ya mencionamos con costos multimillonarios, el traslado forzoso de cargueras hacia el aeropuerto de Santa Lucía y la reducción del número de operaciones por hora en el Benito Juárez, sin olvidar el problema grave que por falta de presupuesto está enfrentando SENEAM y la falta de controladores de tráfico aéreo calificados.
El aeropuerto de Santa Lucía sigue estancado en sus etapas iniciales y se hizo sin visión de futuro, sin estudios serios de impacto adecuados, sin contar con la infraestructura necesaria, sin tomar en cuenta el punto de vista especialistas de nivel mundial, y de los administradores de aerolíneas comerciales o de carga nacionales y extranjeras lo cual ha afectado las finanzas, la eficiencia operativa y la percepción internacional del sector aéreo Mexicano especialmente después de haber caído ya dos veces en la categoría 2. La toma de decisiones en el sector aéreo debería ser un objetivo compartido y no una estrategia unilateral impuesta sin balanceo ni consensos. En conclusión, nuestra aviación enfrenta un riesgo real que es el resultado de una cadena de malas decisiones y de la falta de una política de estado, sin dejar de lado una autoridad aeronáutica con reglas ya obsoletas, por demás ineficiente y hundida en la corrupción.
El compromiso con la eficiencia y seguridad que hoy mantienen nuestras aerolíneas Mexicanas es lo que ha logrado mantener un equilibrio más o menos sano hasta ahora en la industria aérea, aunque todos los días deben enfrentar por sí misma retos muy importantes de todo tipo para mantenerse, sobrevivir y desarrollarse.
La solución a todos los problemas de la industria aérea existe y requiere una visión conjunta entre gobiernos, autoridades del sector y empresas para recuperar la confianza, modernizar los procesos y priorizar la seguridad sobre cualquier otro interés. Solo mediante decisiones responsables y estratégicas que involucren de verdad a todos los actores de la aviación será posible garantizar el futuro de uno de los sectores más importantes de la economía nacional y que representa casi un 5% del PIB de México.
De varias maneras y por ahora como industria y como país estamos viviendo, y no solo en aviación, el resultado de las malas decisiones que se han tomado.
Hoy se pierden oportunidades, se crean conflictos constantes, la autoridad aeronáutica no despierta y se enfrenta y provoca todo tipo de problemas a los usuarios, no se aprende de los errores y se repiten ciclos indeseables.
En el futuro no muy lejano alguien deberá enfrentar las consecuencias de haber tomado malas decisiones en el sector aéreo de México y pagará por ellas, ojalá que no sean los pasajeros quienes deban hacerlo.
De entrada, y debido a que México ha violado los convenios bilaterales y acuerdos con Estados Unidos desde hace años, ahora nuestra industria aérea enfrenta nuevos problemas debido a la cancelación de 13 vuelos comerciales y de carga entre el aeropuerto Felipe Ángeles y la Unión Americana.
Nuestro gobierno no está de acuerdo (obviamente) con estas medidas pero debemos aceptar que son las consecuencias de la falta de una política aérea que ha sido suplicada, pedida y exigida.
Tristemente no se ve voluntad política para hacerlo y por eso nuestra industria sigue pagando las consecuencias de decisiones hechas por capricho o con el hígado.
México no es unas piñata de nadie, de acuerdo, pero si pedimos respeto al menos debemos ofrecer lo mismo y nuestro gobierno no ha respetado sus compromisos en materia de aviación.
Así estamos.
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