
En la nueva carrera espacial y el NewSpace la distinción entre el espacio orbital y el espacio profundo plantea una reflexión relevante para repensar la gobernanza espacial contemporánea. La tesis según la cual el verdadero dominio espacial termina en la órbita geoestacionaria y que, por debajo de ese límite, el espacio constituye una extensión funcional de la infraestructura terrestre resulta particularmente provocativo. Sin embargo, desde una perspectiva crítica del Sur Global, esta interpretación requiere ser complementada con una discusión sobre las desigualdades de poder, la apropiación tecnológica y la concentración de capacidades espaciales en un reducido grupo de Estados y corporaciones. Esta reflexión plantea que el espacio orbital se ha transformado efectivamente en un espacio de explotación económica, militar y política, pero que los actuales debates sobre gobernanza suelen ignorar las asimetrías estructurales que caracterizan el orden espacial global. Mientras la cooperación científica continúa siendo necesaria para la exploración del espacio profundo, la construcción de un régimen legítimo de gobernanza orbital (basado en los principios fundamentales del derecho espacial vigente) exige incorporar principios de justicia espacial, equidad tecnológica y representación efectiva de los países del Sur Global.
Durante gran parte del siglo XX, el espacio exterior fue concebido como una frontera científica asociada a la exploración, la hegemonía, seguridad y militarización, el conocimiento y el prestigio nacional. Esta narrativa, influenciada por la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, proyectó una imagen del espacio como patrimonio común de la humanidad. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, con el ascenso de nuevos actores en la nueva carrera espacial -China y las grandes corporaciones espaciales- el carácter de las actividades espaciales ha experimentado una transformación sustancial.
Analizar este contexto, más allá del concepto space domain / dominio espacial (surgió de la evolución de la doctrina militar y geoespacial de los EE.UU. a principios de los años 2000, a partir de diciembre de 2019 ha sido adoptado por fuerzas armadas y agencias internacionales como la OTAN), permite identificar correctamente un fenómeno central, el espacio orbital ya no solo constituye una esfera de exploración, sino también un espacio de explotación económico comercial. Las órbitas terrestres se han convertido en infraestructuras críticas para las telecomunicaciones, la navegación, la observación terrestre, la vigilancia estratégica, la proyección militar y las actividades económicas. En contraste, la Luna, Marte y el espacio profundo -por ahora- continúan siendo territorios predominantemente exploratorios.
No obstante, la cuestión central no radica únicamente en diferenciar explotación y exploración. Desde la perspectiva del Sur Global, el problema fundamental consiste en determinar quién explota esos recursos orbitales, quién define las normas que regulan su uso y quién se beneficia directamente de esta nueva faceta de la economía espacial.
El espacio orbital como extensión de la infraestructura terrestre
La propuesta de considerar que el verdadero dominio espacial termina en la órbita geoestacionaria resulta conceptualmente provocadora. Desde una perspectiva funcional, existe una fuerte argumentación para sostener que los satélites en la órbita baja terrestre (LEO), media (MEO) y geoestacionaria (GEO) forman parte de la infraestructura material de la civilización terrestre.
Como lo señalo frecuentemente en colaboraciones previas, los sistemas GPS permiten el funcionamiento de redes financieras, cadenas logísticas y sistemas de transporte global. Los satélites de observación terrestre (EO) proporcionan información esencial para la agricultura, la gestión de recursos naturales y la respuesta ante desastres provocados por fenómenos naturales. Las constelaciones de comunicaciones sostienen internet, telefonía y transmisión de datos a escala planetaria.
En este sentido, hoy por hoy el espacio orbital puede interpretarse menos como un ámbito separado de la Tierra y más como una prolongación tecnológica del sistema económico global. La infraestructura orbital constituye ya una capa adicional de la infraestructura terrestre, comparable a los cables submarinos, puertos, aeropuertos o las redes energéticas.
Sin embargo, lamentablemente esta integración funcional también supone una integración de desigualdades. La infraestructura espacial y terrestre global no se distribuye de forma homogénea. La gran mayoría de los satélites en órbita, capacidades de lanzamiento, centros de control, estaciones terrenas y recursos tecnológicos se concentran en un conjunto limitado de actores (Estados y empresas) ubicados principalmente en América del Norte, Europa Occidental y algunas economías asiáticas desarrolladas.
El problema de la gobernanza
El argumento de que la gobernanza se vuelve indispensable cuando aparece la explotación económica es ampliamente válido. El incremento exponencial del tráfico espacial, la proliferación de desechos orbitales y la creciente militarización del espacio hacen evidente la necesidad de mecanismos regulatorios más sofisticados. Sin embargo, la gobernanza no es un concepto neutral.
Gran parte de la literatura espacial contemporánea asume que la creación de normas internacionales constituye un proceso técnico orientado al interés colectivo. Desde una perspectiva crítica, las instituciones de gobernanza espacial suelen reflejar las relaciones de poder existentes. Quienes poseen capacidades espaciales avanzadas tienden a ejercer una influencia desproporcionada en la definición de estándares, procedimientos y prioridades. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿la futura gobernanza orbital será verdaderamente global o simplemente internacionalizará los intereses de las principales potencias espaciales?, y en ese sentido ¿gobernanza para quién?.
En la práctica, muchas de las reglas emergentes sobre gestión del tráfico espacial (STM), mitigación de desechos, seguridad orbital y utilización de recursos espaciales están siendo impulsadas por países que ya dominan el sector. Los Estados con capacidades limitadas suelen participar como receptores de normas más que como coproductores de ellas. Desde la perspectiva del Sur Global, una gobernanza legítima debe garantizar mecanismos efectivos de representación y participación para aquellos países que históricamente han permanecido al margen de la toma de decisiones espaciales.
Militarización y geopolítica orbital
La reflexión obligada subraya que las órbitas terrestres constituyen el “terreno elevado definitivo” / high ground para las operaciones militares modernas; afirmación resulta difícil de cuestionar. El concepto de dominio espacial, se refiere a la posición táctica o estratégica más alta que otorga control absoluto sobre el entorno inferior. En geopolítica, estrategia militar o teoría del poder espacial, dominar esa altura significa tener ventaja para observar, atacar, defender y restringir el movimiento de cualquier adversario.
Las capacidades espaciales son hoy esenciales para la vigilancia estratégica, el seguimiento de objetivos, la navegación de precisión, las comunicaciones seguras y la alerta temprana ante amenazas. Como consecuencia, el espacio orbital es un elemento central de las rivalidades geopolíticas contemporáneas. Sin embargo, desde una mirada crítica, la militarización espacial no puede analizarse únicamente como un problema técnico de seguridad. La superioridad espacial de ciertas potencias reproduce y amplía las jerarquías existentes en el sistema internacional. El acceso privilegiado a capacidades satelitales permite una ventaja significativa en los ámbitos económicos, científicos y militares. La acumulación de poder orbital opera, así como una forma contemporánea de concentración estratégica.
La militarización del espacio genera impactos directos e indirectos sobre los países del Sur Global, creando una dependencia tecnológica significativa. Esto implica que capacidades fundamentales para el desarrollo económico y las infraestructuras críticas nacionales, dependan de las redes satelitales controladas por las potencias y corporaciones espaciales; generando una nueva geografía de desigualdad más allá de la Tierra. En primer lugar, fortalece la concentración del poder estratégico en aquellas naciones que poseen capacidades avanzadas de vigilancia, sistemas de navegación, comunicaciones seguras y reconocimiento espacial. La insoslayable realidad actual muestra cómo los sistemas orbitales constituyen hoy componentes esenciales de las arquitecturas militares modernas, incluyendo alerta temprana de misiles, comunicaciones estratégicas y operaciones de inteligencia. Para diversos países del Sur Global, la dependencia de infraestructuras espaciales extranjeras genera nuevas formas de vulnerabilidad de la soberanía tecnológica; desde la carencia de imágenes satelitales fundamentales para el desarrollo nacional hasta la posibilidad de quedar sujetos a decisiones tomadas fuera de sus territorios y jurisdicciones.
Además, existe un efecto geopolítico más amplio. La competencia militar entre las grandes potencias puede trasladarse al espacio orbital y generar riesgos sistémicos para todos los usuarios del entorno espacial. La destrucción de satélites, los ensayos antisatélite o la proliferación de desechos orbitales afectan por igual a países con y sin capacidades espaciales propias. En consecuencia, los Estados del Sur Global suelen asumir los costos de la inseguridad orbital sin participar proporcionalmente en los procesos de decisión que la producen. Desde una perspectiva crítica, la militarización del espacio amplía las asimetrías internacionales porque convierte las capacidades orbitales en multiplicadores de poder económico, tecnológico y militar, reforzando la posición dominante de quienes ya ocupan lugares privilegiados dentro del sistema internacional.
El papel de las empresas privadas en la explotación espacial
Las empresas privadas se han convertido en actores centrales de la explotación del espacio orbital. A diferencia de la etapa inicial de la carrera espacial, dominada casi exclusivamente por agencias gubernamentales, el actual ecosistema espacial se caracteriza por una creciente participación corporativa en actividades de lanzamiento, telecomunicaciones, observación terrestre, navegación, procesamiento de datos, infraestructura orbital (mega constelaciones, estaciones espaciales privadas y centros de datos) y transporte espacial. El propio ecosistema institucional estadounidense refleja la estrecha relación entre el gobierno federal y las compañías comerciales, las cuales proveen servicios estratégicos para defensa, comunicaciones, inteligencia y exploración espacial.
Desde una perspectiva económica, estas empresas no exploran el espacio principalmente por motivos científicos, sino para capturar valor a partir de recursos orbitales específicos. Las órbitas terrestres funcionan como plataformas privilegiadas para la generación de servicios de conectividad global, vigilancia geoespacial y transmisión de datos. Asimismo, la microgravedad constituye un recurso productivo con potencial para aplicaciones en biotecnología, medicina y nuevos materiales.
Sin embargo, desde la óptica del Sur Global, la expansión de las corporaciones espaciales plantea interrogantes importantes. La concentración de capacidades tecnológicas en un número reducido de empresas ubicadas en países desarrollados puede generar nuevas dependencias estructurales. Muchas naciones carecen de acceso autónomo al espacio y se ven obligadas a adquirir servicios satelitales, datos geoespaciales o capacidades de lanzamiento en mercados dominados por actores extranjeros. Como resultado, la comercialización del espacio corre el riesgo de reproducir desigualdades económicas preexistentes en lugar de democratizar el acceso a los beneficios tecnológicos.
Espacio profundo, cooperación o futura competencia
El espacio profundo requiere actualmente de cooperación internacional más que gobernanza. En términos generales, esta distinción posee cierta lógica. La Luna, Marte y otros destinos aún permanecen en una fase predominantemente exploratoria. Las misiones científicas continúan siendo la actividad principal, y la cooperación internacional sigue desempeñando un papel fundamental. No obstante, existe el riesgo de asumir que esta condición será permanente.
La historia nos muestra que los espacios considerados fronteras científicas suelen transformarse posteriormente en escenarios de competencia económica y estratégica. Los océanos, la Antártida y numerosos territorios terrestres nos ofrecen ejemplos muy ilustrativos.
La creciente atención hacia los recursos lunares, agua congelada, minerales estratégicos y futuras actividades industriales sugiere que el espacio profundo podría reproducir dinámicas de competencia observadas previamente en el espacio orbital. Por ello, una agenda verdaderamente inclusiva debería anticipar desde ahora principios de equidad y acceso compartido, evitando que las futuras infraestructuras lunares o cislunares sean monopolizadas por un pequeño grupo de actores, con determinadas capacidades espaciales.
El riesgo de una nueva modalidad de colonialismo espacial
Uno de los aspectos menos discutidos en los debates sobre gobernanza espacial es la posibilidad de que emerjan formas de colonialismo tecnológico vinculadas al control de las infraestructuras orbitales. Históricamente, los procesos coloniales estuvieron asociados al control de rutas comerciales, recursos estratégicos y capacidades tecnológicas. En la actualidad, las órbitas terrestres representan un nuevo espacio donde estos elementos convergen.
La concentración de satélites, capacidades de lanzamiento y sistemas de procesamiento de datos otorga ventajas económicas extraordinarias. Empresas privadas y gobiernos pueden acumular enormes volúmenes de información sobre territorios, recursos naturales, actividades productivas y dinámicas poblacionales en todo el planeta. Desde el Sur Global surge entonces una preocupación legítima: ¿quién controla los datos obtenidos desde el espacio?, ¿Quién define las condiciones de acceso?, ¿Quién captura el valor económico generado por ellos?. Si las respuestas continúan favoreciendo exclusivamente a los actores ya dominantes, la expansión espacial reproducirá desigualdades históricas a través de nuevas formas tecnológicas.
El concepto de colonialismo tecnológico espacial se refiere a situaciones en las cuales el control de tecnologías, infraestructuras o datos espaciales permite a determinados actores acumular beneficios económicos y estratégicos mientras otros permanecen en posiciones de dependencia.
Un primer ejemplo se observa en el monopolio tecnológico sobre sistemas de navegación global. Aunque servicios como el GPS tienen cobertura planetaria, su infraestructura, desarrollo y control permanecen en manos de actores específicos. Millones de usuarios en los países en desarrollo dependen de sistemas sobre los cuales no poseen capacidad de decisión soberana. Un segundo ejemplo se relaciona con el control de los datos obtenidos mediante satélites de observación terrestre. Empresas y gobiernos que operan estas constelaciones pueden recopilar información detallada sobre territorios, recursos naturales, actividades económicas y cambios ambientales en países del Sur Global. La mayor parte del valor económico derivado de dichos datos suele concentrarse en quienes poseen la infraestructura tecnológica para capturarlos, procesarlos y comercializarlos. El tercer ejemplo corresponde a la distribución desigual de las posiciones orbitales y del espectro radioeléctrico. Aunque formalmente se consideran recursos internacionales, los países que llegaron primero al desarrollo espacial han ocupado históricamente las posiciones más valiosas y cuentan con mayores recursos para mantenerlas y expandir su presencia; mientras que los países emergentes no cuentan con capacidades de desarrollo para actualizar sus escasos activos espaciales. La compleja gestión de los recursos orbitales y espectro ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) muestra la creciente importancia estratégica de estos activos.
En conjunto, estos ejemplos sugieren que el colonialismo tecnológico espacial no implica necesariamente ocupación territorial directa, sino control de infraestructuras, conocimiento, datos y recursos estratégicos. Desde la perspectiva del Sur Global, el desafío consiste en evitar que la expansión humana hacia el espacio reproduzca las mismas relaciones de dependencia y concentración de poder que han caracterizado buena parte de la historia económica mundial.
Hacia una justicia espacial global
La principal limitación no reside en su diagnóstico técnico, sino en la ausencia de una dimensión política relacionada con la desigualdad internacional. Es correcto afirmar que la frontera relevante para la gobernanza se encuentra en torno a la órbita geoestacionaria, como también es razonable diferenciar el espacio orbital explotado del espacio profundo exploratorio. Sin embargo, cualquier propuesta de gobernanza debe reconocer que el espacio no es un entorno políticamente vacío. Las relaciones de poder, las asimetrías tecnológicas y las desigualdades económicas presentes en la Tierra también se proyectan hacia las órbitas.
Por esta razón, la discusión futura no debería centrarse únicamente en la gestión del tráfico espacial, la mitigación de desechos o la coordinación de infraestructuras. También debería abordar cuestiones de acceso equitativo, transferencia tecnológica, soberanía digital, distribución de beneficios y representación de los países periféricos.
En suma, la propuesta de entender el espacio orbital como una extensión funcional de la infraestructura terrestre constituye una perspectiva innovadora y útil para comprender la evolución contemporánea de las actividades espaciales. Efectivamente, las órbitas terrestres se han convertido en espacios de explotación económica, tecnológica y militar cuya gestión exige formas complejas de gobernanza internacional.
Sin embargo, desde una perspectiva del Sur Global, la discusión no puede limitarse a problemas técnicos de coordinación. La gobernanza espacial del siglo XXI debe enfrentar también desafíos relacionados con la distribución del poder, la justicia tecnológica y la inclusión de actores históricamente marginados.
Si el espacio orbital es hoy parte de la infraestructura crítica de la humanidad, entonces su administración no puede quedar determinada exclusivamente por quienes poseen mayores capacidades tecnológicas. La verdadera gobernanza espacial no consistirá únicamente en gestionar satélites y órbitas, sino en construir un orden espacial más democrático, equitativo y representativo. Solo entonces el espacio podrá ser concebido como un patrimonio genuinamente compartido (común de la humanidad) y no como una nueva periferia del poder global.
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