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Home Opinión Café Espacial

El espacio y el nuevo orden global

Fermín Romero by Fermín Romero
6 febrero, 2026
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El viejo orden mundial, que está resquebrajándose, fue instaurado sobre las bases del derecho internacional público y las Naciones Unidas (siglo XX), en un momento en que el poder de las potencias (Estados) era indudable. Hoy, en un contexto de desarrollo tecnológico vertiginoso, el mundo se encuentra en evolución constante. En foros globales como la reunión anual del Foro Económico Mundial / World Economic Forum – WEF (fundado en 1971 en Davos, Suiza, por el alemán Klaus Schwab -bajo el nombre original de Foro Europeo de Gestión-, con el objetivo inicial de ayudar a las empresas europeas a adoptar mejores prácticas de gestión), reconocido como uno de los espacios de discusión global más influyentes, congrega líderes políticos, CEOs de grandes empresas, pensadores y científicos para abordar desafíos mundiales urgentes sobre economía, política y retos sociales; convirtiéndose en el centro de debate de élites y plataforma de cooperación público-privada que marca la agenda internacional, influyendo en estrategias corporativas y políticas gubernamentales.

 

El WEF 2026, abordó temáticas relativas al crecimiento económico, el cambio climático, la inteligencia artificial (IA), la sostenibilidad y la cooperación en un contexto geopolítico inestable. Lo más relevante es que ha sido el epicentro de un choque de visiones -que evidencian una fractura sistémica- que prefigura el futuro del desarrollo espacial. Por un lado, el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, ha advertido sobre la “ruptura del orden mundial” y la desaparición de la “grata ficción” de un sistema basado en reglas universales; al tiempo que clama por un nuevo orden internacional basado en reglas para evitar un “mundo de fortalezas”.

 

Ante una super potencia en decadencia (Pax Americana), Carney propone una “autonomía estratégica” para las potencias medias, donde la soberanía ya no es aislamiento, sino resiliencia tecnológica y acceso a recursos críticos. Por otro lado, la actitud de Donald Trump ha afianzado un modelo de “paz a través de la fuerza” y pragmatismo económico, donde los activos territoriales y estratégicos —desde Groenlandia en la Tierra hasta el espacio cislunar— son vistos como nodos de una red de intereses nacionales y comerciales, más que como bienes comunes de la humanidad. La postura trumpiana —centrada en la soberanía nacional, la seguridad económica y la adquisición de activos estratégicos— marca así el tono de la nueva geopolítica. En este entorno, el espacio ultraterrestre dejo de ser un laboratorio científico para convertirse en el nuevo tablero de ajedrez de la hegemonía mundial, perfilando el ocaso del orden internacional vigente y proyectando a nuevos actores estatales y privados, como los pilares de un nuevo orden global -en ciernes- en los ámbitos de la política internacional, geopolítica, seguridad y defensa, economía, comercio y espacial, entre otros.

 

Con este contexto, la revolución del NewSpace ya no es una promesa silenciosa, sino el motor de un nuevo orden global. La transición de una exploración espacial liderada por el Estado a una industria off-world masiva ha creado una paradoja, mientras las capacidades tecnológicas se democratizan a través de las empresas privadas, la gobernanza del espacio se fragmenta en bloques ideológicos y económicos. De manera que estamos presenciando el fin de la infancia de la humanidad en el espacio, ante el surgimiento de una economía cislunar que no solo busca el conocimiento, sino la hegemonía operativa y normativa. En la arquitectura de poder actual, La Luna, ha dejado de ser el satélite romántico para convertirse en el “séptimo continente” con codiciados recursos estratégicos. Con el NASA Artemis Program (liderado por los EE. UU.) y la ILRS (liderada por China y Rusia), se ha convertido en el primer territorio de soberanía extendida de la astropolítica, donde la seguridad, la gestión del tráfico espacial (STM) y la minería de recursos no son solo desafíos técnicos, sino las nuevas herramientas de diplomacia y coacción en el siglo XXI. En la Luna, la geografía dicta la política, el control de los puntos de paso y los depósitos de recursos volátiles definirán quién ostenta la hegemonía en el nuevo orden global post Davos 2026.

 

El derecho y la diplomacia espacial, la astropolítica, la seguridad y defensa, la STM, la economía y comercio espacial global, la economía cislunar, las bases lunares de los EE. UU., China y Rusia, India y UAE, además de las estaciones espaciales privadas, los centros de datos en órbita, el turismo y la minería espacial, entre otros aspectos del desarrollo de las actividades en el espacio profundo en este nuevo orden en construcción; plantean el ocaso definitivo del sistema actual. El orden internacional nacido en 1945, aquel que veía al espacio ultraterrestre como un “bien común de la humanidad” bajo el Tratado del Espacio Exterior (OST) de 1967, está colapsando ante una realidad más pragmática, agresiva y comercial, la nueva carrera espacial, el ascenso de la industria off-world y la revolución silenciosa del NewSpace; que prefiguran un complejo escenario para el futuro inmediato de la exploración espacial, a partir de los siguientes aspectos:

 

  1. La revolución del NewSpace y la industria off-world

La revolución silenciosa del NewSpace ha dejado de serlo. En 2026, la industria off-world ha desplazado el centro de gravedad de las agencias estatales hacia el capital privado de las empresas mediante los siguientes sucesos:

-La democratización del acceso al espacio: La miniaturización de los satélites y la reutilización extrema de naves (liderada por SpaceX y Starship) ha bajado los costos a niveles donde los centros de datos en órbita y la manufactura en microgravedad ahora son económicamente viables.

-La soberanía privada: Empresas con enfoque en la comercialización del espacio como Vast Space (con su estación Haven-1, la primera estación espacial comercial del mundo, prevista para ser lanzada -en un Falcon 9 de SpaceX- en mayo de este año, está diseñada para albergar hasta cuatro astronautas, realizar pruebas tecnológicas y de soporte vital, además será precursora de futuras plataformas habitacionales comerciales en órbita baja) y Axiom están prefigurando un escenario donde el “territorio” en la órbita baja terrestre (LEO) es propiedad corporativa, desafiando la noción clásica de la jurisdicción estatal.

 

  1. Astropolítica y seguridad: el “Golden Dome” y la militarización del espacio

La seguridad espacial ha pasado de la observación de la Tierra (EO) a la defensa activa. El proyecto estadounidense “Golden Dome” del Pentágono (el cual he analizado en una colaboración previa) simboliza la transición hacia una arquitectura de defensa que integra satélites con interceptores cinéticos y ciberseguridad avanzada.

-Uso dual: En este nuevo orden, la distinción entre un satélite comercial de comunicaciones y un activo de inteligencia o defensa en el espacio desaparece.

-Disuasión cislunar: La capacidad de controlar el espacio entre la Tierra y la Luna (espacio cislunar) es ahora el equivalente moderno al control de las rutas marítimas en el siglo XIX.

 

  1. La economía cislunar y la carrera lunar

La Luna es el primer puerto de la economía de las “aguas profundas” del espacio. Aquí, el conflicto entre modelos de gobernanza es evidente:

-Artemis (NASA + Socios): El modelo basado en los Acuerdos de Artemis (con más de 60 socios entre los que destacan algunos estratégicos como Canadá, Japón, India y los Emiratos Árabes Unidos), busca crear “zonas de seguridad” y promover la interoperabilidad, en la exploración y explotación de los recursos lunares.

-ILRS (China + Rusia): La coalición alternativa -con 12 socios- que desafía el liderazgo occidental, proponiendo una base lunar permanente que prioriza la autosuficiencia tecnológica y el control territorial estratégico.

-Minería y utilización de recursos in situ recursos / In Situ Resources Utilization (ISRU): La extracción de Helio-3 y hielo de agua no es solo una meta técnica; es el detonante de una futura crisis en el derecho espacial. La pregunta obligada que platea esta reflexión es: ¿Quién tiene derecho a reclamar un cráter rico en recursos si el OST de 1967 prohíbe la apropiación nacional? Más adelante hallaremos algunas respuestas preliminares.

 

  1. Gestión del tráfico espacial / Space Traffic Management System (STM) y derecho espacial

El vacío legal es el mayor riesgo para el nuevo orden global. Con miles de satélites en órbita y la proliferación de basura espacial, la gestión del tráfico espacial (STM) se ha convertido en una prioridad de seguridad y defensa nacional.

-Fragmentación Legal: Estamos pasando de un derecho internacional público uniforme multilateral a un sistema de “bloques” legales, donde las reglas -soft law- establecidas dependen de a qué alianza (Artemis vs ILRS) pertenezca el actor.

-Centros de datos y turismo: La aparición de infraestructuras críticas en órbita (servidores de datos que procesan IA fuera del alcance de leyes terrestres) plantea desafíos de soberanía y jurisdicción fiscal sin precedentes.

 

  1. La nueva hegemonía normativa

La profundización en las implicaciones legales de la minería espacial y el análisis del papel estratégico de los EE. UU. revela una transformación fundamental en la arquitectura de poder global, donde el derecho espacial está dejando de ser la aspiración del “bien común” para convertirse en un marco legal de competencia comercial y soberana. El núcleo del debate jurídico reside en la aparente contradicción entre la explotación comercial y el OST de 1967:

–El dilema de la propiedad: Mientras el OST prohíbe la “apropiación nacional” de cuerpos celestes, nuevas interpretaciones legales (promovidas por EE. UU. y seguidas por otros países) distinguen entre la propiedad del territorio (prohibida) y la propiedad de los recursos extraídos (permitida), cuestión similar al derecho de pesca aplicado en aguas internacionales (CONVEMAR).

–Fragmentación del derecho internacional: Al no haber un consenso global (ILRS vs Artemis), estamos pasando de un derecho espacial universal a un sistema de bloques jurídicos, donde las reglas de explotación dependen de las alianzas bilaterales y no de un tratado multilateral único de las Naciones Unidas. EE. UU. no solo lidera la tecnología, sino que está diseñando la arquitectura legal del nuevo orden global.

–Legislación nacional como estándar global: A través de la Commercial Space Launch Competitiveness Act  (2015), EE. UU. fue el primer país en otorgar derechos de propiedad sobre recursos espaciales a sus ciudadanos. Esto ha forzado a reaccionar, ya sea adoptando leyes similares o uniéndose a su visión, a Luxemburgo (2017) Law on the Exploration and Use of Space Resources; Emiratos Árabes Unidos- EAU (2019) Ley Espacial Federal; Japón (2021) Ley de promoción de las actividades comerciales relacionadas con la exploración y explotación de recursos espaciales; Alemania está desarrollando un proyecto de Ley Espacial Nacional (WRG); Australia, China, Rusia y varias naciones europeas están trabajando en sus propios marcos legales o participando en acuerdos existentes (Artemis e ILRS), que abordan el uso de estos recursos, entre otros. Si bien, estas leyes nacionales promueven la actividad comercial, operan en el contexto del OST de 1967, que prohíbe la apropiación nacional de cuerpos celestes, creando un debate jurídico sobre cómo la propiedad privada de recursos extraídos se alinea con la no apropiación de cuerpos celestes. En este ámbito, los  EAU (el Hub espacial emergente) han pasado de ser un actor regional a un pilar clave en la arquitectura de poder espacial; inspirados en el modelo de Luxemburgo, han creado un marco legal extremadamente atractivo para las empresas de minería espacial y NewSpace, posicionándose como el puente financiero y logístico entre inversión estratégica y agilidad regulatoria.

–El Programa Artemis como herramienta diplomática: Más allá de llevar la primera mujer a la Luna, Artemis es un instrumento de “soft power” que busca crear una coalición de naciones que acepten las normas estadounidenses de transparencia y propiedad privada, consolidando a la NASA como el nodo central de la economía cislunar. Bajo los Acuerdos Artemis (no solo son un tratado de cooperación, sino una suerte de estándar de software político), se introduce el concepto de “zonas de seguridad” para evitar interferencias perjudiciales entre misiones. Legalmente, esto camina por una línea delgada que podría interpretarse como una forma de control territorial de facto.

 

El presente análisis del desarrollo espacial hacia una gobernanza de bloques, la economía y el comercio espacial -tras el WEF 2026- permite adelantar -en un ejercicio prospectivo- cuatro conclusiones fundamentales sobre el rumbo que tomará la humanidad en la próxima década:

  1. El fin del multilateralismo espacial clásico: El OST de 1967 ha quedado obsoleto ante la realidad de la minería y la ocupación permanente de la Luna, en principio. El futuro se regirá por una regulación de bloques. Países como los Emiratos Árabes Unidos (EAU) e India han comprendido que su relevancia no depende de las Naciones Unidas (UNOOSA), sino de su capacidad para ser nodos logísticos y financieros en estas nuevas alianzas. La legislación espacial del futuro será escrita por quienes asuman el dominio espacial, logren la capacidad de proteger su infraestructura espacial (consciencia de la situación espacial-SSA y sistemas de gestión de tráfico-STM) y consigan establecer las “zonas de seguridad” que otros se vean obligados a aceptar por la vía de los hechos.
  2. La empresa como actor soberano: La industria off-world alcanzará un nivel de madurez donde las corporaciones privadas operan estaciones espaciales y centros de datos en órbita con mayor agilidad que muchos Estados. Esto obliga necesariamente a redefinir el concepto de soberanía (de planetaria a cislunar); con ello, en el nuevo orden global el poder será hí La seguridad y defensa ya no dependen solo de ejércitos nacionales, sino de la protección de constelaciones privadas (activos espaciales) que sostienen la economía global, convirtiendo a las empresas y Estados en sujetos activos de la astropolítica.
  3. La Luna como el nuevo “Heartland” geopolítico: Siguiendo la teoría del Heartland (corazón continental) de Halford Mackinder (1904), aplicada al universo, quien controle la economía cislunar controlará el acceso al sistema solar profundo. Las bases lunares de la NASA y la ILRS no son solo laboratorios; son puertos comerciales y puestos de vigilancia. La competencia por el hielo de agua en los polos lunares será el primer conflicto por recursos fuera de la Tierra, definiendo si el nuevo orden será uno de coexistencia competitiva o de exclusión mutua. Esta teoría sirvió de justificación para la expansión territorial de las grandes potencias y el dominio estratégico de los recursos en Eurasia e influyó en estrategias durante la Guerra Fría y sigue siendo un marco clave para entender la geopolítica en Eurasia.
  4. La estabilidad como servicio, no como derecho: Como se percibió en los debates del WEF 2026, la estabilidad internacional ya no se presenta como un bien común, sino como un servicio transaccional. En el espacio, esto significa que la seguridad contra colisiones, la limpieza de los desechos espaciales y la defensa ante ciberataques satelitales serán gestionadas por aquellos que posean la tecnología superior, cobrando en influencia o recursos el acceso a un entorno espacial seguro.

 

La reunión del WEF 2026 ha quedado marcada en la historia no como una simple cumbre de líderes o conferencia de negocios, sino como el acta de defunción del orden multilateral (sistema internacional) del siglo XX y el nacimiento de una era de realismo económico-político transaccional. En este escenario, el espacio ha dejado de ser una frontera científica para convertirse en el pilar estructural de la nueva arquitectura de poder global incentivando el despertar del realismo espacial, la astropolítica. En este orden en ciernes, el futuro del NewSpace no será la utopía cooperativa que soñaron los pioneros de las Naciones Unidas. Será un escenario de realismo astropolítico, donde el éxito dependerá de la integración de tres factores: el poderío militar (seguridad), la capacidad de extracción de recursos (desarrollo tecnológico e innovación espacial) y la agilidad de los actores privados (con base en el poder económico). A partir del 2026, el espacio ya no solo es el cielo sobre nosotros, sino la base material de nuestra supervivencia económica y militar. Aquí la pregunta no es si el orden internacional cambiará, sino quién escribirá las reglas de convivencia en la Luna, con miras a los asentamientos humanos previstos para la explotación de recursos.

 

En definitiva, el futuro del desarrollo espacial tras el WEF 2026 no es una extensión de la Guerra Fría, sino el inicio de una era espacial de colonización mercantilista moderna. La humanidad ha dejado de mirar a las estrellas con asombro para empezar a medirlas con el lenguaje del PIB espacial, la soberanía de datos y la autonomía estratégica. El Comando de la Fuerza Espacial (USSF) está extendiendo su vigilancia hasta la órbita lunar para proteger estos activos (defensa cislunar), enviando un mensaje claro, la economía espacial se defenderá con fuerza cinética si es necesario.

 

En ese esquema, si EE. UU. es la potencia militar y normativa, los EAU son el motor financiero y de innovación ágil, por lo que se prefigura una inminente y benéfica alianza. EAU está invirtiendo en tecnologías ISRU; saben que, en el espacio, la logística es destino. Quien provea la tecnología para transformar el polvo lunar (regolito) en ladrillos o combustible, será el socio indispensable de cualquier potencia. El nuevo orden global que se perfila a partir del WEF 2026 nos muestra un espacio polarizado, pero hiper comercializado. Mientras EE. UU. y China luchan por el control de los polos lunares, actores como los EAU aseguran que la infraestructura económica (el dinero, los datos y las leyes comerciales) pase por sus manos.

 

En este nuevo orden global, la exploración espacial ha pasado de ser un viaje de descubrimiento a ser un ejercicio de contabilidad y control territorial. Davos 2026 no es el fin del mundo, pero si el fin del mundo que conocíamos, donde el espacio era vacío. Ahora, el espacio está lleno de intereses, y el éxito dependerá de quién sepa navegar mejor entre el poder espacial de las potencias y el poder financiero de los nuevos centros de datos y minería off-world.

 

En este ejercicio prospectivo, pasamos de una visión de exploración espacial romántica a una de explotación sistémica en la que las consecuencias del nuevo orden global serán más visibles hacia 2030, cuando el pragmatismo triunfe sobre la ideología y la diplomacia espacial posibilite alcanzar un tratado internacional, producto de la necesidad de proteger las cadenas de suministro de los centros de datos en órbita y la minería espacial. La paz será entonces una métrica del retorno de inversión (ROI). El nuevo orden global que se perfiló en el WEF 2026 ha culminado en un sistema donde el espacio es la infraestructura crítica de la civilización. La revolución silenciosa del NewSpace habrá terminado y será el rugido de una economía que ya no dependerá exclusivamente de la gravedad terrestre. Las Naciones Unidas forjarán un desplazamiento del eje de la diplomacia espacial, manteniendo a la UNOOSA, pero el verdadero poder de resolución de conflictos posiblemente se trasladará a Nueva York, a través de una Organización Internacional del Espacio, apoyada en un sistema de organismos especializados entre los que destacan los responsables del arbitraje financiero (en EAU) y la coordinación técnica a cargo de las agencias espaciales más poderosas (NASA/CNSA).

 

Para el año 2040, con la consolidación de la clase off-world, nace una nueva identidad: el trabajador espacial y el ejecutivo orbital. Estas personas vivirán bajo las leyes del Tratado de 2030, que dará vida a la Organización Internacional del Espacio, más que bajo las leyes de sus países de origen, prefigurando una futura independencia política de las colonias espaciales. A partir de 2040, la Luna ya no será una estación de paso hacia Marte, será un asentamiento con una población permanente de técnicos, ingenieros, científicos y personal de soporte que no han pisado la Tierra en años. La dependencia de los suministros terrestres se reducirá en un 70%, gracias a la manufactura aditiva y la síntesis de agua. En ese contexto, surge la necesidad de una Constitución Lunar que regule a la primera gran aglomeración de bases interconectadas en el Polo Sur lunar, un documento que marcará el nacimiento de la soberanía cislunar y que servirá de base para los futuros asentamientos humanos en Marte.

 

“Los  artículos firmados  son  responsabilidad  exclusiva  de  sus  autores  y  pueden  o  no reflejar  el  criterio  de  A21”

Tags: Espacio

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