
Arrancar el año hablando de miles de millones de pesos destinados a aeropuertos suena bien.
Da sensación de empuje, de visión, de país que se prepara para despegar.
Pero en aviación —y en política pública— la inversión por sí sola no garantiza un buen aterrizaje.
Lo que define el resultado es dónde, cómo y para qué se invierte.
La semana dejó dos datos que, leídos juntos, dicen más de lo que aparentan: la ampliación del Aeropuerto Riviera Nayarit para pasaje y carga, y una inversión superior a ocho mil 641 millones de pesos canalizada por la Marina en aeropuertos del país, con el grueso concentrado en el AICM y la remodelación de la Terminal 1.
La primera lectura es clara: México está corrigiendo infraestructura que envejeció sin mantenimiento suficiente.
La segunda es estratégica: el país se prepara para absorber mayores flujos de pasajeros y carga en el corto plazo.
¿Mundial 2026? Es una hipótesis razonable. ¿Necesidad urgente de modernizar lo que ya no da más? También.
El problema es el enfoque. El AICM no se está transformando en un hub moderno; se está rehabilitando para seguir operando.
Es necesario, sí. Pero no es visionario.Mientras tanto, los aeropuertos regionales siguen rompiendo récords: Guanajuato superó los 3.3 millones de pasajeros, Guadalajara cerró con 18.7 millones y Cancún continúa sumando rutas como si el techo no existiera.
Puebla, por su parte, creció 16.66 por ciento en llegadas. El tráfico se mueve, el país vuela… Pero la planeación sigue fragmentada.
Ahí aparece la gran contradicción del sistema: volamos más, pero no necesariamente mejor.
En lo operativo, el AICM presume un dato sólido: puntualidad. Con un 86.55 por ciento de salidas a tiempo, alcanzó el tercer lugar mundial.
Es mérito de la operación, de la torre y del personal que sabe ordenar el caos.
Pero esa misma semana hubo vuelos cancelados, un apagón en Monterrey y nuevos ajustes a la Tarifa de Uso Aeroportuario.
Puntualidad récord, sí. Infraestructura frágil y costos crecientes, también.
El sistema aguanta por eficiencia humana, no porque la infraestructura esté a la altura. Y eso, en aviación, tiene un límite.
Cuando la TUA sube, alguien paga. Siempre. El pasajero lo ve en el boleto.
Las aerolíneas lo absorben parcialmente en márgenes cada vez más estrechos.
Aeroméxico cerró 2025 con una baja cercana al tres por ciento en pasajeros, aunque ya muestra señales de recuperación.
La ecuación es clara: más costos fijos y menor competitividad.
El mercado se mueve. Viva celebra diecinueve años y la llegada de su avión número cien.
Volaris sigue creciendo, pero bajo la lupa regulatoria. El problema es que el mercado avanza más rápido que el regulador.
Y hay un dato estratégico que pasó casi de largo: Pemex incrementó la producción de turbosina en un ciento nueve por ciento, impulsada por Dos Bocas.
Si se consolida, México podría reducir su dependencia externa en combustible aeronáutico.
La pregunta es si ese logro se traducirá en costos más bajos para las aerolíneas o si quedará como un éxito industrial sin impacto operativo.
Si el combustible baja pero la TUA sube, el beneficio se diluye. Y el pasajero vuelve a ser la variable de ajuste.
La fotografía es clara: México invierte, crece en pasajeros y presume puntualidad.
Pero sigue faltando lo esencial: una estrategia integral que alinee infraestructura, regulación, costos y experiencia del usuario.
Invertir sin plan de vuelo es despegar confiando en que el clima aguante.
A veces funciona.A veces no.
¡Queda Dicho!
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