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22/06/2021

No me puedo dar el lujo de dejar de volar

Juan A. José / Martes, 15 Diciembre 2020 - 17:16

Vuelvo a Lindbergh y a esa contundente declaración que nos regaló para tratar de afrontar condiciones complicadas como las que sin duda estamos viviendo: “No creo en tomar riesgos innecesarios, pero nada se puede lograr sin arriesgar algo”

No lo sé a usted estimado lector, pero a su servidor le han quedado perfectamente claras dos cosas en este inolvidable año 2020, “el de la pandemia”: la primera es que la magnitud de la amenaza de salud asociada al covid-19 es tal, que hasta nuevo aviso y muy posiblemente por un largo tiempo, con todo y la inminente llegada de una vacuna, los humanos nos veremos en la necesidad de seguir aplicando básicamente las mismas medidas de prevención de contagio que muchos de nosotros hemos adoptado en nuestras vidas personales y profesionales, atendiendo las recomendaciones de quienes verdaderamente saben de estos menesteres y que por lo menos, hasta ahora nos ha permitido no contagiarnos. La segunda es que la vida debe seguir lo más cercanamente posible a lo que era antes de la pandemia, con todo lo que ello significa en materia de riesgo a la salud propia y de terceros, condición invariablemente relacionada con el hecho de vivir.

Recupero lo que nos ha venido regalando en estos meses el que considero es uno de los más lúcidos pensadores modernos, me refiero al filósofo existencialista francés André Comte-Sponville quien intentando darle un sentido a las cosas humanas, tal y como suele hacerlo desde una perspectiva objetiva y por ende libre de dogmas, no cesa de llamar la atención hacia la necesidad de no dejar que ese pan-medicalísmo asociado a las cuarentenas en el que hemos colocado a la salud física se coloque por encima de necesidades tan importantes como la libertad, el amor, la justicia y la felicidad, lo anterior sin dejar de recordarnos la importancia de respetar y aplicarse hasta donde sea posible medidas preventivas como el confinamiento y la llamada “sana distancia”.

Debo confesar que conforme me entero de más y más cifras de contagios y leo cada vez con mayor frecuencia reportes que parecen validar la hipótesis que volar en un avión en estos tiempos supone un riesgo mayor de contagio de lo que la industria del aerotransporte quisiera admitir, también comprendo que el avión no es otra cosa que uno más de los numerosos focos de expansión del virus, por lo tanto, debe ser tratado como los demás, en particular cuando tomamos en cuenta que el virus simple y sencillamente nos puede llegar a casa por medio de una ventana o una puerta abierta al viento.

Dicho en otras palabras: ¿cómo justifico el prescindir de realizar actividades tan maravillosas como el turismo aéreo con tal de no contagiarme, cuando ello puede ocurrir derivado del hecho de recibirle la pizza al repartidor o abrirle la puerta de mi casa al plomero para que arregle esa fuga de gas cuya contención sale de mis capacidades personales?

¡Imposible hacerlo!

Nuevamente el “Águila Solitaria” (Lindbergh), lo dejó claro, prefería tener una vida corta y morir haciendo lo que amaba (volar), que una larga detrás de un escritorio o haciendo lo que no le agrada.

“Yo soy yo y mi circunstancia”, escribió Ortega y Gasset. Cada uno sabe lo que necesita y decidirá en consecuencia. Por lo pronto quien firma esta nota, pregonero del aerotransporte como el medio más seguro y siempre buscando que así se mantenga, necesito de alguna manera poder recuperar esa libertad que hasta comienzos del 2020 disfruté al subirme a un avión sin excesivas preocupaciones.

De ahí mi invitación a no dejar de volar, es decir a no dejar de vivir, con precaución sin duda, pero vivir.

Que el 2021 sea un gran año para usted y los suyos estimado lector o lectora. Se lo deseo de corazón.

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