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17/12/2018

Papá: ¡quiero ser piloto!

Juan A. José / Miércoles, 31 Octubre 2018 - 11:45

En muchos casos, el incipiente gusto por la aviación se arraiga y hasta transforma en toda una vocación, orientando nuestro destino profesional hacia todo lo que vuela. Pero también estamos quienes llevamos la turbosina en las venas desde muy pequeños. O como diría Antoine de Saint-Exupéry: “soy de mi infancia como soy de mi país”.

Naturalmente, en el universo de opciones, la más aeronáutica de las profesiones es la de piloto aviador, a la que es común que aspiren muchos jóvenes, cuyos padres eventualmente terminan cimbrados hasta lo más profundo de sus carteras cuando escuchan ese contundente: “Papá, ¡quiero ser piloto!”... pues resulta que yo también le salí a mis padres con ello.

Así, tuve la fortuna de contar con su apoyo y recursos hasta que llegué a obtener la licencia de piloto privado. Luego, y al comenzar a cursar el comercial, decidí que lo mío no era la piloteada profesional sino el vuelo deportivo, lujo que mis progenitores no me podían conceder por lo que me invitaron a tomar una nueva decisión de carrera, misma que, por cierto, también sufragarían. Es así que terminé estudiando una carrera universitaria en Turismo, a la que desde un primer día di un enfoque aeronáutico, ingeniándomelas para estar lo más cerca posible de los aviones y los aeropuertos, pero sin desempeñar las funciones de aviador. Sin embargo, aquel conocimiento aeronáutico me ha servido (y sigue sirviendo) de mucho.

Derivado de mi propia experiencia, me he dedicado a invitar a los jóvenes a no frustrarse pensando que una fructífera carrera aeronáutica solamente tiene que ver con estar al mando de un avión. Eso intenté recientemente en el marco de un taller sobre el tema que impartí para Aeronacional y la crecientemente popular cafetería Skyline.

Entre otros futuros aeronáuticos, tuve el privilegio de conocer a Adriano Mejía, un adolescente de apenas 13 años de edad convertido en todo un experto en aviación. Y digo privilegio porque Adriano me regaló mucho al hacerme recordar esos ayeres en los que, a su edad, luché por aprender más y más sobre lo aéreo.

Volviendo al tema, la aeronáutica es tan basta y generosa que en ella caben un sinnúmero de profesiones, muchas inimaginablemente vinculadas a ella a primera vista. En serio, hay cabida para todos: para el que todo es materia de un ingeniero; para ese abogado en potencia; para el humanista; para el que entiende de números, economía y finanzas; para el político; para el gran administrador; para el que construye; para el comunicólogo; para el amante de la logística; para el de las computadoras, y hasta para el que la biología es lo suyo.

Necesitamos especialistas en lo aéreo de todas las profesiones: desde ingenieros aeroespaciales para apuntalar el desarrollo de la industria mexicana; médicos certificadores de personal técnico aeronáutico; controladores de tránsito aéreo; abogados para la reglamentación; administradores y contadores para controlar recursos; constructores de aeropuertos, y hasta honestos y competentes funcionarios, que diseñen e implementen políticas públicas en materia aeronáutica.

Es más; muchos grandes capitanes en activo son técnicos, ingenieros o licenciados en diversas especialidades, complementando ambas profesiones. Esta combinación resulta particularmente valiosa a la hora en la que las circunstancias pudieran poner el peligro el mantener la licencia aeronáutica, debido por ejemplo, a razones de salud. De la misma manera muchos aeronáuticos que, por las razones que sean, no han podido hacerse de una licencia, ejercen con éxito variadas profesiones.

Lo cierto es que hay vida en el aire más allá de la cabina de vuelo. Y también que ese “papá, ¡quiero ser piloto!” bien puede convertirse en un muy oportuno: “papá, ¡quiero hacer una carrera aeronáutica!".

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