
No cabe duda que México es hermoso viéndolo desde cualquier punto de vista desde la tierra, el mar y claro está, el aire a bordo de una aeronave, espacio desde el que además se ve una geografía en la que uno pensaría reina la paz. A diferencia de otras naciones en las que una guerra declarada colma su espacio aéreo de nubarrones negros, la mexicana es una en la que su territorio pareciera, por lo menos desde el aire, en calma.
Todo México es una delicia para la vista y más desde la privilegiada perspectiva de un asiento de ventanilla en un vuelo a partir del cual se pueden distinguir esas montañas, ríos, lagos, barrancas, planicies, desiertos, volcanes, selvas, urbes y pintorescos pueblos que el país presume con orgullo. No importa qué lugar sobrevuele usted, a 10 mil metros de altitud no tiene de qué preocuparse que no sea de disfrutar cómodamente sentado del espectáculo que se le ofrece.
¡Pero cuidado! Que no se le ocurra circular por esas autopistas en los límites de los estados de Puebla y Veracruz, de un libramiento queretano, de parajes en Guanajuato, de la sierra sinaloense o de los campos tamaulipecos porque en una de esas esa paz que usted percibía desde su vuelo termina en la anarquía propia de un estado sin ley en el que los asaltos, las matanzas, los bloqueos, las balaceras, las extorsiones y las desapariciones son la norma. La eliminación de un capo (“El Mencho”), noticia que debido a los cierres temporales de los Aeropuerto de Puerto Vallarta Guadalajara por supuestos ataques, alcanzó los principales foros aeronáuticos globales, más allá de mucha cobertura mediática, realmente no va a cambiar nada.
Ese estimado lector es el México a ras de tierra, el que cada vez más personas preferimos sobrevolar en lugar de disfrutarlo por carretera, tal y como solíamos hacerlo en tiempos en los que nuestros padres nos llevaban de paseo.
Una pareja de amigos me compartió hace unos días su entusiasmo ante la decisión de cierto equipo de sumar a su nieta a una contienda deportiva en otro estado. Desgraciadamente también me compartieron que estaban tomando medidas para minimizar sus riesgos al recorrer ciertos caminos de ser asaltados, llevando consigo el menos valioso celular, una tarjeta de débito sin grandes fondos y viajar de día en caravana con otros familiares. Ese no es el México que por lo menos este columnista ve desde su asiento de ventanilla de avión, pero sin duda es el México real, es decir, al que los mexicanos, quienes residen en él y quienes lo visitan, deben enfrentarse cuando están con los pies en la tierra.
Creo que es tiempo de decir ¡ya basta! y hacer lo que esté en uno, comenzando por un voto electoral gubernamental responsable para que nuestra convivencia y nuestras labores profesionales y educativas no supongan un verdadero riesgo de muerte.
Si bien me encantaría pasármela volando y vivo de y para el vuelo, mi hábitat huele a tierra, a pasto, a río, a bosque, a roca, a mar, a campo o a arena. La verdad es que no me gusta vivir en donde reina la impunidad, el dolor y el miedo, tal y como estoy convencido sucede en aquellos planos que distingo en ruta por vía aérea hacia cierto destino.
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