
Nos podemos quejar mucho de la ineficiencia, incompetencia y otras cosas que se afirma, insisto, se afirma y no afirmo, prevalecen en el seno de la autoridad aeronáutica nacional, por décadas conocida como Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) hasta que le cambiaron de nombre. Quizás no falten motivos para reclamar al gobierno por ello. Lo que a veces se nos olvida es que no solamente la entidad que regula y supervisa a la aviación civil mexicana, sino virtualmente cualquier dependencia a nivel municipal, estatal y federal, históricamente se ha visto potencialmente plagadas de esos males —y peores, de hecho, son famosas por ello.
Esta entrega deriva de una reciente reunión con un entrañable amigo aeronáutico, cuyo nombre por obvias razones debo reservarme, en la que comentamos y recordamos nuestras historias aéreas, las cuales tienen en común que ambos tuvimos que dejar “la piloteada” por razones médicas. El detalle que me llevó al teclado y por ende a redactar el presente tiene que ver con unas horas de vuelo en bimotor que mi amigo tiene registradas en su bitácora desde hace decenas de años, las cuales me dice en realidad jamás tuvieron lugar.A ver si entiendo bien, —le dije… ¿Tienes horas de vuelo en un bimotor que jamás realizaste?
Así es… —me respondió. Resulta —me confeso, que por azares del destino su familia se relacionó con quien entonces era Director General DGAC, a tal grado que se estableció una relación de amistad. El hecho es que el alto funcionario ofreció ayudarle en sus aspiraciones para llegar a la cabina de una aeronave de aerolínea en calidad de piloto comercial para lo cual necesitaba “hacer horas”, arreglándole una cita con quien encabezaba los servicios aéreos de una dependencia federal que contaba con diversos modelos de aeronaves en su flota. El aspirante a aviador de altos vuelos de pronto se vio frente al susodicho quien atendiendo la recomendación que le acompañaba, efectivamente le ofreció ayuda para sumar horas en su bitácora, por ejemplo, unas muy bienvenidas y necesarias en un bimotor Beechcraft. Mi colega ya se veía en los controles de tan interesante aeronave. Unos días después recibió una llamada del funcionario en comento solicitándole se presentase en cierta hora y día en su hangar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para ver lo de sus vuelos en el bimotor. “Ni raudo ni perezoso” el originario de Culiacán, Sinaloa se apersonó en el lugar, ataviado con una camisa de aviador, corbata, charreteras con dos barras, los obligatorios lentes obscuros y la chamarra “a la Barón Rojo”, además de un maletín de vuelo, dentro del cual, estaban su flamante licencia de piloto aviador privado, cartas de vuelo, computador, plotter y su bitácora, la cual le fue requerida por unos minutos ¡Sorpresa! No tuvo lugar vuelo alguno, pero eso sí, el joven hombre del aire salió con una carta de la dependencia en la que se dejaba tan claro que había volado cierta cantidad de horas en el “Bicho”, mismas que habían sido anotadas y eventualmente validadas por la Comandancia de la DGAC en su bitácora con las que podría acreditar una experiencia que en realidad jamás acumuló.¿Y qué hiciste? —pregunté.¡Nada! ¿Qué podía hacer? —respondió quizás con razón.Lo cierto es que ahí quedaron sus horas en bimotor producto del “favor” que un antaño director de la autoridad aeronáutica le consiguió “por cuate”, acciones que no se puede definir de otra manera que como irresponsables actos de corrupción de todas las partes. Dicho en pocas palabras: De impoluta, la aviación civil mexicana de “los viejos tiempos” tampoco tenía nada. “Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”







