
El mercado espacial se dirige hacia los 1.8 billones (millones de millones) de dólares en 2035. Un análisis reciente del Foro Económico Mundial y Deloitte identifica tres cambios que explican por qué esta fase de crecimiento se siente más sólida que las anteriores. Esas fuerzas abren espacio concreto para México y para la región. La diferencia está en si usamos lo que ya tenemos o seguimos comprando casi todo afuera.
Primero: el valor se mueve de los satélites hacia los resultados que producen. Las empresas que avanzan venden conectividad continua, datos listos para decidir y servicios de monitoreo. El cliente no quiere operar hardware; quiere soluciones. Eso genera ingresos recurrentes y amplía el mercado.
México puede entrar por esa puerta. La industria aeroespacial ya concentra cientos de empresas en clústeres de Querétaro, Baja California, Chihuahua y Nuevo León. Muchas fabrican componentes, ensamblan sistemas o desarrollan software de apoyo. Las universidades suman experiencia real: la UNAM, el IPN, el CICESE y la UPAEP han diseñado, integrado y operado satélites pequeños. Esa base sirve para construir las capas de software e inteligencia artificial que convierten imágenes y señales en decisiones de riego, detección de incendios, seguimiento de cultivos o cobertura en zonas sin fibra. El nearshoring de software espacial e IA no es una idea abstracta; es una extensión lógica de capacidades que ya existen y que los grandes operadores necesitan a costos competitivos y con huso horario compatible.Segundo: la soberanía se volvió un motor de demanda de largo plazo. Gobiernos y empresas buscan controlar sus propias capacidades de comunicación y observación. Una vez que se invierte, el gasto se mantiene en mantenimiento, ciberseguridad y actualizaciones.
México no parte de cero. La industria nacional ya produce partes y sistemas para la cadena espacial internacional. Las universidades han formado equipos que llevan satélites desde el diseño hasta la operación en órbita. Esa experiencia acumulada —en integración, pruebas, operaciones y análisis de datos— es el punto de partida para reducir dependencia. En el resto de Latinoamérica ocurre algo parecido: Brasil y Argentina operan sistemas propios y generan demanda regional de soluciones. El territorio, la biodiversidad y los problemas de agricultura, agua y desastres crean un mercado natural para aplicaciones desarrolladas aquí, no solo importadas.
Tercero: la velocidad. Las empresas comerciales iteran más rápido que muchas estructuras públicas tradicionales. Costos de lanzamiento más bajos, satélites más pequeños y desarrollo guiado por software optimiza costos y tiempos de desarrollo. Los gobiernos lo reconocen y compran cada vez más capacidad al sector privado.
Aquí la industria y las universidades mexicanas tienen que ajustar el ritmo. No basta con proyectos académicos de un solo satélite cada varios años. Se necesita formar ingenieros que dominen estándares industriales, ciberseguridad orbital, verificación rigurosa y, sobre todo, ciclos de desarrollo cortos. Los clústeres aeroespaciales ya trabajan con plazos de la industria automotriz y electrónica; ese mismo músculo se puede aplicar al espacio. Las universidades que ya han lanzado misiones pueden pasar de prototipos a productos que se vendan y se mantengan.
Estas tres fuerzas —servicios orientados a resultados, demanda de capacidades propias y velocidad comercial— están reordenando la inversión. El capital llega cuando hay modelos de negocio claros y proveedores confiables. México tiene industria establecida, talento formado en misiones reales y necesidad creciente de datos y conectividad. Latinoamérica tiene escala territorial y problemas que las aplicaciones espaciales pueden atender de forma directa.
En 2035 el mercado será enorme. La mayor parte de ese pastel se la quedarán quienes sepan vender soluciones, no solo componentes. México ya tiene las fábricas, los laboratorios y los equipos que han puesto satélites en órbita. Falta decidir si esos mismos equipos van a escribir el software que cobrará suscripción cada mes o si seguirán ensamblando piezas para que otros moneticen los servicios. ¿O tú qué opinas?
“Los artículos firmados son responsabilidad exclusiva de sus autores y pueden o no reflejar el criterio de A21”






