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26/10/2021

De calificaciones, descalificaciones y daños colaterales, aunque anunciados

José Medina Go… / Domingo, 30 Mayo 2021 - 19:50

La semana pasada México fue objeto y sujeto de un profundo daño a su imagen aeronáutica. Esto no debe sorprender a nadie, desde hace semanas se venía avisando. De hecho, en esta misma columna semanal se hizo mención y dedicamos al menos dos entregas para su reflexión. Lo mismo en otras columnas de opinión, espacios informativos, otros medios y espacios. Como en otros penosos y lamentables casos de la vida nacional contemporánea, las señales y mensajes estaban, las voces de alerta se emitieron, y las autoridades aparentemente no hicieron nada. Pero después tratar de denostar y disminuir la situación justificando la irresponsabilidad con mediocridad es un profundo insulto a la nación y a nuestro sector aeronáutico de una manera flagrante.

Desde hace dos semanas la Administración Federal de Aviación (FAA), tras haber concluido su auditoría a las autoridades aeronáuticas mexicanas como parte de su Programa de Evaluación de Seguridad de la Aviación Internacional (IASA) determinó que las entidades responsables de la materia en nuestro país habían incurrido en al menos 28 deficiencias en elementos críticos para la Seguridad Aérea. Éstos son parte de los acuerdos internacionales de la OACI, y algunos de ellos ya habían sido determinados en la auditoría del 2010. Es decir, no sólo no se atendieron diez observaciones críticas, sino que se adjuntaron dieciocho adicionales.

Desde hace meses que numerosas autoridades internacionales, actores nacionales, especialistas y académicos señalaban con urgencia la necesidad de atender estos problemas antes de la auditoría, o al menos estar preparados para ella. Pero ésta no fue una prioridad de la actual administración. La decisión fue no hacer nada, o al menos muy poco y muy tarde. A la mejor usanza de la actual administración: dejar que la sorpresa nos sorprenda. El resultado fue el esperable, es decir, una descalificación Categoría 1 a 2. Lo anterior es profundamente grave, y sin duda golpeará a nuestro sector por años, aunque algunos actores -voluntaria o involuntariamente- digan lo contrario.

Actualmente las autoridades mexicanas se encuentran buscando alternativas para revertir esto, y esperemos las encuentren. Pero realmente hay muy poco que hacer ya. En columnas anteriores el suscribiente ha discutido este tema y sus implicaciones, entonces evitaré ser repetitivo. Sin embargo, en esta entrega llamo la atención a la postura del titular del ejecutivo federal, la cual en vez de dar una guía y lineamiento -esperando y esperable desde su alta investidura- fue todo lo contrario, aunque congruente con su “estilo” y capacidades: la descalificación, la burla, el escarnio público, transferir responsabilidades a otros, aceptar nada, admitir nada, minimizar el tema, descartarlo, y argumentar una salida con característica mediocridad argumentativa.

Esperaríamos al menos un reconocimiento de la gravedad del tema, de sus implicaciones estratégicas. Pero no, el titular de la actual administración actuó como es propio de su personalidad. En primer lugar, señaló que “no es un asunto grave”. El sólo decir esto indica clara e incontrovertiblemente que no tiene ni idea del tema, ni de las consecuencias nacionales e internacionales del mismo. O no le importan. El caso es que exhibió un profundo desprecio al sector y desarrollo aeronáutico al categorizar que esta calificación se debe “a factores externos, y a las aerolíneas extranjeras”. Esto nos muestra que simple y llanamente no dimensiona las implicaciones de esta decisión en uno de los sectores más trascendentes para la homologación, desarrollo y conexión de México con la comunidad internacional.

Lo anterior se complementa y confirma cuando afirmó que esta decisión no afectaría a las aerolíneas mexicanas ya que ellas “están enfocadas al mercado interior”. Esto nos muestra nuevamente la “visión” que tiene el titular del ejecutivo en torno al presente y futuro del país: introspectivamente miope, obtusamente astigmático, mediocre y trascendentemente limitado. Sin duda algunos lectores (reales o “virtuales”) criticarán esta descripción informada al defender al titular del ejecutivo al considerarla “neoliberal”, “conservadora” o con otro calificativo propio del discurso descalificador oficializado. Pero pido al lector reflexivo (al real) que considere y pondere la incontrovertible realidad que México es parte de la comunidad internacional, y que se ha demostrado una y otra vez que el futuro del país esta en la vinculación global.

Este paradigma lo tenemos claro desde hace más de tres décadas. Pero lo que vemos con la retórica presidencial es justificar con una marcada mediocridad discursiva las fallas e incapacidades de la actual administración. No es posible ya transferir la responsabilidad a otras administraciones (ya llevamos casi treinta meses del actual gobierno) ni apuntar a malhechas teorías conspiracionistas desde el exterior, o desviar la atención a supuestos beneficios de particulares, o en su defecto rechazar al exterior para “mejor quedarnos al interior”, y así evitar la crítica y el señalamiento de algo que en su momento se dijo, pero no quisieron (por decisión deliberada o desconocimiento) hacer nada.

Descalificar a la FAA, el resultado de la auditoría IASA, y despreciar/denostar/minimizar el tema no representa un daño menor. Demuestra una vez más las prioridades y procesos cognitivos del titular del ejecutivo. Sus declaraciones mostraron su valorización, jerarquización e importancia que le da al sector aeronáutico. Su “estrategia” no se concentra en el desarrollo de manera coherente con la tercera década del siglo XXI, sino con la de hace sesenta o setenta años, y aun eso es cuestionable. No se trata de descalificaciones e insultos denostativos fundamentados en un discurso ideológico, o en exaltar una figura personal demeritando a todos aquellos que no opinan como él. Se trata de construir un entorno permisivo que le permita a México desarrollarse en el entorno internacional contemporáneo. Pero deliberada y sostenidamente el titular del ejecutivo y sus allegados parecen emprender el camino opuesto.

Las consecuencias de la calificación IASA, de la FAA y de OACI tendrán profundas implicaciones para el sector aeronáutico nacional y para la proyección de México de manera integral en el corto, mediano y largo plazo. La descalificación presidencial y la argumentación ofrecida representan no sólo un daño a la imagen de México ante el mundo, sino también un profundo insulto al sector aeronáutico nacional. Nuevamente nos queda claro que desde la presidencia no se reconoce el gran valor de la aviación, ni se le identifica como uno de los grandes promotores y pilares del futuro del país. No se entiende la relevancia que tiene como motor y catalizador del desarrollo integral, ni de vinculación global.

Es así como una calificación llevó a una descalificación. La descalificación llevó a la minimización. La minimización llevó a la denostación. Y ésta llevará a daños colaterales adicionales a los propios de la Categoría 2. Pero veremos cómo ante lo obvio y evidente habrá quienes defiendan una introspección nacional y un aislacionismo injustificado tendiente intención de la “sustitución” del exterior. No por conveniencia estratégica, sino mediática; y no para el bien nacional, sino para evitar la crítica. Son dignos exponentes (y a las pruebas nos remitimos) que su mejor defensa es el ataque, la denostación, la minimización y el insulto; por que argumentos sustentados no tienen.

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