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23/05/2024

Viviendo bajo el reinado de la métrica

Juan A. José / Miércoles, 10 Abril 2024 - 01:00

Una de las facetas que más disfruto de mi labor profesional es la formación, o dicho de una manera coloquial: dar clases, proceso en el que otorgo al examen final una importancia mucho menor a otras variables, toda vez que desde mi opinión hay cosas más importantes académicamente hablando que contestar bien un cuestionario y obtener una métrica por ello. 

Hace algunos años, el finado y muy querido ingeniero José Villela Gómez, profesor de muchos lectores de A21, hoy día orgullosos veteranos aeronáuticos, me reprobó en un exámen.  Generoso, objetivo y flexible, como siento debe ser todo enseñante,  y sabedor que, por la razón que haya dado origen a mi mal resultado en la prueba no reflejaba mi grado real de aprovechamiento de la materia, buscó una manera alternativa de demostrar que era merecedor de una calificación aprobatoria. 

Dicho de otra manera, Villela le dio a la métrica el carácter y valor adecuados, algo que me temo ya no es el caso en todo tipo de ambientes, no solamente el aeronáutico, en tiempos los que la eficiencia parece ser la máxima aspiración de cualquier organización, tenga el fin que tenga, y en la que, cual robots, se vive bajo el reinado de la implacable métrica, a la que le brinda toda la confianza sin tomar en cuenta que la misma o la manera como es obtenida emana en realidad de ese imperfecto ser humano cuyo de desempeño monitorea, sin otro fin que controlarlo de tal manera que sus cifras se contrasten contra aquello definido como indicador que mide progresos más bien cuantitativos y no cualitativos en el actuar de algo o de alguien.

Recientemente tuve el privilegio de ver publicada una columna de opinión en la que expreso mi malestar ante lo que percibo es el creciente menosprecio del valor de la libertad de cátedra ante el incremento de la importancia que cumplir con el llenado de algún formato, supuestamente con carácter pedagógico, al que en realidad veo como un escollo regulatorio integrado con datos que serán empleados por quien sabe quien para medir el grado de cumplimiento en clase de lo planteado en dicho formato por parte del académico, dando como resultado la transformación del profesor, por más habilidades y experiencia que lleve al salón de clase, en ese simple instructor que con enorme facilidad puede ser reemplazado por una computadora que forme autómatas acostumbrados a medir y ser medidos, proceso en el que profesionales, caso por ejemplo del ingeniero Villela dejan de ser considerados como productivos, algo no solamente injusto sino erróneo si tomamos en cuenta que el dato no sirve de nada sin esa fina subjetividad que aporta la explicación por parte del experto, cuya extraordinaria habilidad en la materia que trata lo ha definido como tal.

¿De qué nos sirve un piloto que cumple con las métricas y realiza “eficientemente” su labor en base a ellas a la hora de que las mismas se convierten, ya sea por un problema técnico, mala generación, mala presentación o mala interpretación, en datos que en realidad no aportan nada para que una aeronave se mantenga en el aire o simplemente súbitamente desaparecen de una pantalla?

El dato enseña, pero el maestro explica; el dato certifica, pero el maestro comprueba en tiempo real lo que el papel pretende demostrar. De la misma manera, un aviador es algo más que un generador y procesador de información. Quien está a cargo de una aeronave la gobierna sobre ella aún sobre los datos que de ella emanen o los que la operadora le haga llegar, mismos que debe emplear como herramientas de decisión y claro está de blindaje ante ese posible error en el que queda claro el humano siempre puede caer.

Creo que se nos está pasando la mano en nuestra dependencia del dato obtenido de una computadora. Pero eso no es lo peor: la llamada Inteligencia Artificial en una de esas va a acabar con una parte en mi opinión muy importante de nuestra humanidad: la capacidad de pensar y razonar. Entonces sí que no seremos más que biologías mecánicas, siempre monitoreadas, siempre reguladas, siempre controladas y claro está: siempre prescindibles, a las cuales no hay libertad alguna que otorgarles.

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