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09/08/2020

Entre drones “asesinos” y el poder aéreo internacional

José Medina Go… / Domingo, 12 Enero 2020 - 16:54

El 03 de enero de este recién inaugurado 2020 causó sorpresa y conmoción internacional la noticia que Qasem Soleimani, Mayor General del Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos y Jefe de la Fuerza Quad (unidad titular de operaciones clandestinas y extraterritoriales) de la República Islámica de Irán fue asesinado en el Aeropuerto Internacional de Bagdad, Irak, aproximadamente a las 01:00 hrs., tiempo local. Por si esto no fuera lo suficientemente trascendente, de carácter oficial se informó que su muerte fue producto de un ataque específico de Estados Unidos, autorizado por el presidente Donald Trump y por medio de un misil tipo Hellfire lanzado desde un Vehículo Aéreo No Tripulado (Drone) cuya misión era específicamente dar muerte a este importante actor iraní.

No es función, tema, ni interés del suscribiente en esta columna realizar un análisis político-ideológico de este suceso, ni reflexionar sobre las implicaciones de este ataque en territorio iraquí, o coadyuvar en las incuantificables consideraciones y aportaciones académico-analíticas al escenario prospectivo del Medio Oriente como producto de este trascendente incidente. Tales reflexiones se reservan para un espacio más oportuno y permisivo; sin embargo, si es pertinente y prudente comentar sobre las implicaciones de este ataque en el entorno aeronáutico global.

No es nuevo ni sorpresivo que los Estados Unidos empleen esta tecnología de esta manera. De hecho, es casi un paradigma ordinario en el ámbito militar contemporáneo que una aplicación de estos vehículos es la realización de ataques a blancos terrestres. Esto no es nuevo tampoco, de hecho, encontramos el primer uso de este tipo de conceptos desde la Segunda Guerra Mundial, cuando los V-1 y V-2 de la Lüftwaffe de la Alemania Nazi arremetieron contra blancos británicos, entre ellos la ciudad de Londres. Ese fue el inicio conceptual de los misiles balísticos, pero también de los ataques a blancos terrestres por medio de vehículos aéreos no tripulados.

En la década de 1960 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos desarrolló aeronaves no tripuladas para fines de reconocimiento y adquisición de inteligencia. Algunas de ellas fueron supersónicas (Programa D-21) y otras se concibieron para ser potencialmente artilladas. El concepto operacional era innovador, pero complejo: una aeronave que pudiera ser pre-programada o controlada vía remota por radio u otro tipo de sistemas de direccionamiento podría ser muy eficiente en combustible, podría tener mayor alcance y autonomía, requería menos equipamiento y podía desarrollar maniobras complejas al no tener un piloto humano abordo, y por la misma razón no exponía al piloto ante los riesgos inherentes al vuelo de combate o clandestino.

En sí la idea es muy atractiva para los tomadores de decisiones de los Estados modernos, ya que evita el potencial costo político de poner personal militar en riesgo, o de desplegarlo con todo costo logístico-administrativo que esto implica. En el caso de misiones de reconocimiento y de adquisición de inteligencia la relación costo-beneficio es positiva; pero en misiones de ataque aire-tierra entramos a un terreno totalmente diferente. Existe un debate ético-moral sobre quién, cómo y de qué forma se realiza el ataque, ya que la decisión última no necesariamente la tiene el piloto, y eso es potencialmente riesgoso.

En el caso de la muerte de Soleimani lo acontecido es sin duda un asesinato político. El drone y el misil fueron sólo los instrumentos empelados, pero el hecho es esencialmente el mismo: se usó una tecnología que hace menos de un cuarto de siglo era una mera fantasía para llevar a cabo la extrema terminación de un objetivo político-militar. El ataque del 3 de enero no fue algo improvisado, y representa el clímax de más de un cuarto de siglo en el desarrollo de tecnología de ataque aéreo por vehículos no tripulados.

Desde mediados de la década de 1990 ya había despliegues operacionales de los drones tipo Predator, aunque su misión era exclusivamente adquisición de inteligencia y apoyo visual en un teatro de operaciones. Con el inicio de las operaciones militares en Afganistán (2001) e Irak (2003) el concepto de los drones militares se transformó sustancialmente. Al reconocer que muchos blancos específicos de ocultaban en regiones montañosas de difícil acceso, y que en ocasiones un ataque aéreo sólo era posible si una aeronave permanecía al acecho en estación por largas horas -aspecto que era impresionantemente costoso y desgastante en términos de combustible, mantenimiento y personal especializado- se consideró que el uso de Predators artillados y armados con misiles Hellfire (designados Reaper) era mucho más viable y eficiente. Este es el inicio del uso contemporáneo de este tipo de aeronaves para operaciones de combate en el siglo XXI.

Hace un cuarto de siglo esta tecnología y su empleo eran cosa de ciencia ficción, de especulación y se consideraba “cosa de películas”. Ahora es un instrumento al alcance de cualquier Estado e incluso de actores privados particulares. Estas “maravillas tecnológicas” se han convertido en “maquinas de matar” ordinarias e inventariadas en las Fuerzas Armadas, y mientras que indudablemente tienen muchos beneficios en el corto plazo, sigue en el mediano y largo plazo vigente el debate sobre su empleo y potenciales limitaciones.

La automatización de esta tecnología militar posee importantes repercusiones en el entorno bélico de este milenio. Vehículos aéreos no tripulados y con capacidades autonómicas y de decisión independiente no están muy lejos en nuestro porvenir, y sin duda cambian la relación de nosotros como seres humanos en la utilización y aprovechamiento del entorno aéreo. No se trata de adoptar una postura irreflexivamente moralista o de descalificación de estos recursos tecnológicos. Sin embargo, si debemos ser conscientes de sus implicaciones y lo que representa para el desarrollo global de la doctrina aeronáutica transnacional.

Lo ocurrido en Bagdad el 3 de enero no fue el primer ni el último ataque con esta tecnología. Sin embargo, si muestra clara y directamente los efectos del uso de estos vehículos para fines políticos de los Estados en el ámbito global. Los drones son ahora instrumento incuestionable de la proyección del Poder Nacional de los Estados, y ahora son instrumentos partícipes de las acciones de Política Internacional. Interesante será ver cómo se desarrolla esta tecnología. Esperemos su uso sea responsable y adecuado, por que de lo contario es posible veamos como se empleo sea llevado a cabo de manera ordinaria y con un concepto demasiado primitivo y no acorde al avance de los Estados modernos en este Tercer Milenio. 

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