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23/10/2018

Aeropuertos: entre emociones encontradas

Juan A. José / Miércoles, 17 Enero 2018 - 11:25

En las terminales de transporte, tal y como sucede en los hospitales y templos, tienen lugar grandes bienvenidas y amargas despedidas.

En tiempos en los que los viajes de largo recorrido, que por cierto suponen los encuentros y las separaciones más entrañables, son realizados en su gran mayoría por vía aérea, dada la competitividad que ha logrado el medio o la carencia de los otros, los aeropuertos son el marco de momentos personales cargados de gran emoción.

¿Quién no ha ido, por ejemplo a recibir en una terminal aérea a ese familiar o amigo al que no se le ha visto en décadas, o a quién no le ha tocado dejar ir en ellas a alguien, sabiendo que quizás es para siempre, o derramado una lágrima de alegría o tristeza en sus salas de llegadas o de salidas?

Lo constato frecuentemente conforme recorro las instalaciones aeroportuarias en las que no me cuesta trabajo toparme con esos ojos rojos y rostros desencajados luego de abrazos y besos que se rehúsan a concluir, o con esas sonrisas de oreja a oreja en personas que por ahí portan un globo, tienen en sus manos un ramo de flores o portan un cartel que bien puede decir: ¡Bienvenido!

Sobra apuntar que los entiendo; y es que me ha tocado vivirlo personalmente esos años en los que me he visto forzado a aceptar la idea de tener a un hijo menor de edad residiendo en el extranjero, contando los días con ilusión que anticipan cada una de sus visitas y con desánimo conforme se acerca la hora de acompañarlo al vuelo que lo llevará de regreso a casa de su madre.

De esta manera, el aeropuerto, de por sí una instalación importante en mi vida, dada mi vocación profesional, cobra una nueva dimensión, definitivamente menos técnica y quizás más espiritual en el sentido emocional de la palabra.

Sin embargo, las emociones en los aeropuertos no solamente tienen que ver con personas a las que uno ve o deja de hacerlo; pasajeros, familiares o amigos de los primeros también disfrutan alegrías y orgullo en vuelos relacionados, digamos, con lunas de miel, merecidas o muy deseadas vacaciones, buenos negocios, becas, estudios en el extranjero, comisiones de trabajo, recepción de reconocimientos, peregrinajes, manifestaciones culturales, competencias o práctica de deportes.

En pocas palabras, las emociones colman los espacios aeroportuarios, y más aún, si tomamos en cuenta que a aquellas propias de la razón del viaje le podemos sumar las que se suman del simple hecho de volar, algo que tal y como hemos comentado con anterioridad en estos espacios, generan en el pasajero a veces mucho estrés, si no es que verdadero miedo.

En este contexto, el reto para un aeropuerto es ofrecer, tal y como sucede en hospitales, templos o lugares en los que hay situaciones similares, espacios seguros, eficientes y cómodos, en los que además se privilegie el respeto a la emoción del usuario, llámese pasajero o visitante.

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