
México se asoma al espacio con una visión clara y ambiciosa. El desarrollo de una constelación de satélites dedicados a la observación de la Tierra representa un paso decisivo hacia la autonomía tecnológica y el fortalecimiento del desarrollo nacional. Iniciativas como la Misión Ixtli, impulsada desde finales de 2024, ilustran este avance. Bajo el liderazgo de instituciones académicas y con el respaldo de entidades federales, este proyecto promete monitorear el territorio con precisión inédita, abriendo puertas a soluciones prácticas en agricultura, gestión de desastres y sostenibilidad ambiental. Es un esfuerzo colectivo que une conocimiento y voluntad para transformar datos orbitales en beneficios tangibles para la sociedad.
La Misión Ixtli, cuyo nombre evoca en náhuatl la idea de “ojos para ver”, surge como un hito en el Programa Espacial Mexicano. Investigadores y estudiantes de la UNAM y el IPN, junto con el Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE) y la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), diseñan cuatro satélites modulares tipo CubeSat (Dos 6U y dos de 16U). Los nanosatélites operarán en órbita baja heliosíncrona, para permitir una cobertura continua del territorio nacional. La Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI) proporciona el soporte financiero inicial de 100 millones de pesos para 2025, con proyecciones de incremento que aseguran su viabilidad. Este enfoque en tecnología propia reduce la dependencia de fuentes de información externas al generar imágenes multiespectrales en visible e infrarrojo, esenciales para decisiones informadas.
El impacto en el sector agrícola será importante. En regiones como el Bajío o el noroeste, donde la sequía y las plagas afectan cosechas, estos satélites ofrecerán datos en tiempo real sobre la salud de los cultivos y la optimización del riego. El Laboratorio Nacional de Observación de la Tierra (LANOT) de la UNAM, respaldado por la SECIHTI, ya procesa imágenes de satélites como GOES-East para detectar quemas agropecuarias e incendios, con algoritmos que identifican puntos de calor en minutos. Imagínense que podamos extender esto a una constelación nacional: predicciones precisas que eleven rendimientos en un 20-30%, según estimaciones de proyectos similares en la región. Esto no solo fortalece la soberanía alimentaria, sino que empodera a productores locales con herramientas accesibles, fomentando cadenas de valor sostenibles y equitativas.
En la prevención de desastres, la constelación actúa como un escudo invisible. México enfrenta huracanes en el Pacífico, inundaciones en el Golfo y erupciones volcánicas como las del Popocatépetl. La Misión Ixtli, con su capacidad para revisar áreas específicas en ciclos cortos, proporcionará alertas tempranas con resolución alta, cubriendo el 79.8% de la demanda nacional en imágenes satelitales. Colaboraciones previas, como el nanosatelite GXIBA-1 que muy pronto lanzará la UPAEP, demuestran el potencial: monitoreo de cenizas volcánicas cada cinco minutos o detección de deslizamientos en Chiapas y Veracruz. Estos avances salvan vidas, protegen infraestructuras y aceleran la recuperación, convirtiendo vulnerabilidades en fortalezas.
La seguridad nacional y el monitoreo ambiental ganan un aliado crucial. En un contexto de cambio climático, los satélites rastrearán deforestación en la selva Lacandona o la migración de especies marinas, integrando datos con el Sistema Satelital Mexicano (MexSat). Proyectos como AztechSat-1, desarrollado por la UPAEP y coordinado por la AEM en colaboración con la NASA, han probado esta integración al transmitir información entre satélites, un precursor de capacidades más amplias. Aunado a lo anterior, también se prevé el lanzamiento del Sistema de Comando y Manejo de Información (SCMI), desarrollado por el Laboratorio de Instrumentación Electrónica de Sistemas Espaciales de la UNAM en colaboración con la AEM, integrado en el nanosatélite GuaraníSat-2 de la Agencia Espacial del Paraguay. Todos estos esfuerzos generan un ecosistema de datos soberanos, accesible para planeación urbana y protección de recursos hídricos, impulsando un desarrollo inclusivo.
El Programa Espacial Universitario (PEU) de la UNAM juega un rol pivotal, formando equipos multidisciplinarios que fusionan ingeniería, geofísica y ciencias ambientales. Seminarios como el Universitario del Espacio, inaugurado en 2025, reúnen a expertos para refinar diseños, incorporando patentes mexicanas en cámaras y algoritmos. La SECIHTI enfatiza la utilidad práctica: desde telemedicina en zonas remotas hasta exploración minera responsable. Estos esfuerzos no solo construyen satélites; cultivan talento. Estudiantes que hoy ensamblan prototipos en laboratorios de la Facultad de Ingeniería mañana liderarán innovaciones globales, atrayendo inversión y posicionando a México en la economía espacial emergente.
Pero esto no es todo. Bajo la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT), que integra MexSat y AEM desde enero de 2025, se centralizan servicios para maximizar impacto. Un satélite geoestacionario complementario, planeado para antes de 2030, extenderá conectividad a comunidades aisladas, cerrando brechas digitales y habilitando educación remota.
Este panorama inspira confianza. La Misión Ixtli demuestra que México posee el ingenio para observar su propio destino desde el espacio. Con un primer nanosatélite como prueba de concepto, seguido de la constelación completa, se vislumbra un futuro donde datos precisos guían políticas efectivas. Beneficios en salud pública, como el rastreo de enfermedades transmitidas por vectores como el dengue o la enfermedad de Chagas, o en urbanismo, con mapas actualizados de crecimiento en metrópolis, multiplicarán el bienestar colectivo. Es una invitación a la acción: instituciones, empresas y comunidades unidas en un proyecto que eleva al país.
En esencia, esta constelación no es solo tecnología mexicana en órbita; es una promesa de prosperidad. México, con su rica herencia científica, está listo para mirar hacia el cielo. Los satélites de observación de la Tierra iluminan un camino de innovación sostenible, donde cada imagen capturada construye un mañana más resiliente y equitativo. El espacio, una vez distante, ahora se convierte en herramienta cotidiana para el avance nacional.
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